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COLUMNISTAS / oposiciones
sábado 23 febrero, 2019

De monstruos y narcisos

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por Samuel Cabanchik

De que lado estas. Hoy la dicotomía se define como grieta. Foto: cedoc perfil
sábado 23 febrero, 2019

Ambos tienen mala prensa; unos por su manifiesta fealdad, los otros, Freud mediante, por las consecuencias de la captura de su belleza. Pero más allá de su paradójica proximidad –paradójica por cristalizar más de una oposición entre sí: la de fealdad y belleza, pero también la de lo amenazante y lo amigable–, se encuentra otra, que solo se deja apreciar cuando se ejerce el pensamiento crítico.
El primer paso de esta crítica es aceptar el plural también del lado de Narciso, pues hay Narcisos, ya que cada quien carga con el propio. El segundo paso requiere ver la cara monstruosa de Narciso para hacerlo copular con los otros monstruos, tanto ajenos como propios. El aprendizaje espiritual encuentra aquí su paso decisivo: lidiar con el narcisismo del que somos responsables como con un monstruo.
Se trata de una política de la vida de dimensión individual y colectiva, ya que lo colectivo implica comunidad, y la comunidad exige que cada quien delegue en los otros sentimientos y esperanzas y, muy especialmente, aprenda a ampliar su poder a través del poder de sus prójimos. Por el contrario, donde la figura amable está siempre del lado de los nuestros y la monstruosidad es siempre ajena –a fortiori enemiga–, no hay comunidad posible.
Estas reflexiones potencian su pertinencia cuando se las proyecta sobre la escena del combate político, en el que los partidos se disputan legítimamente el dominio de las fuerzas realizadoras. En esa arena, en el vientre de cada partido se reconoce la carnadura de ambos símbolos: por eso hay internas. Y obsérvese que en el estado actual de la cosa política en la Argentina, las internas son mal tramitadas, hasta el absurdo de ese engendro que son las PASO.
El diagnóstico es el mismo: los sujetos políticos colectivos se empequeñecen y esterilizan al acometer la limpieza furiosa de la deformidad propia, para que la imagen narcisista se preserve. Pero lo monstruoso no es eliminado, sino expulsado hacia el cuerpo político ajeno, que entonces se constituye en enemigo. Y se sabe: a la larga, un combate en esos términos termina siendo siempre a vida o muerte.
Para muestra sobra un botón: los peronistas tienen sus gorilas; los demócratas, liberales y republicanos tienen en el peronismo el monstruo necesario para descansar con su narcisismo en paz. (Hoy esa dicotomía se refiere con el término grieta, y polariza entre kirchnerismo y antikirchnerismo).
Superar este estado de cosas es posible, deseable e incluso necesario. Tiene el costo que implica cortocircuitar monstruos y narcisos, que al principio llevará probablemente a lidiar con un síndrome de abstinencia. Pero el costo de no hacerlo lo conocemos y padecemos diariamente, cada vez con mayor agudeza y dramatismo. Si no nos disponemos a comprometernos en este duro trabajo sobre nosotros mismos, ningún esquema de política económica hará viable el desarrollo nacional. Por ello, a quienes aspiren a liderar un nuevo proceso político argentino a partir del próximo turno electoral, les cabe la máxima responsabilidad de hacer la tarea en su fuero interno, darle un golpe de Estado a su propio narcisismo, ver la monstruosidad en su rostro, y ver una mirada amigable en el ajeno.
Sin ilusiones, claro. Por el contrario, a sabiendas de que la lucha es cruel y es mucha, y que otras batallas más productivas vendrán después de esta primera y primordial. Ya lo cantaba Facundo Cabral: “Lo malo no era tan malo y lo bueno no era tan bueno/el hombre es solo una pieza con la que juega el Supremo”. En otros tiempos, no tan lejanos, hubiéramos podido agregar que en ausencia de Dios el Supremo es el Pueblo, pero hoy el ateísmo es tanto más de Pueblo que de Dios. Entonces, antes de convocarlo a transformaciones y sacrificios, es de ley empezar por casa. Aquí no cabe invocar ni al Pueblo ni a Dios, sino a la más modesta tarea de construir liderazgos esclarecidos por el pensamiento crítico, para practicar una política que facilite la vida comunitaria, con partidos en pugna, sí, pero ya sin polarizaciones suicidas.

*Ex senador, filósofo.


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