En el mundo existen muchos feminismos, con variadas tendencias dentro del movimiento social, distintos postulados del pensamiento político y diversos enfoques de la crítica cultural. No obstante, cada tendencia tiene una perspectiva específica para enfrentar la problemática de desigualdad y discriminación que viven las mujeres; por la “americanización”, una corriente se ha vuelto la hegemónica en la perspectiva con la que se analiza y aborda el tema del acoso. Se recordará que en los años 60, en el contexto del surgimiento de varios movimientos sociales, aparece en Estados Unidos el movimiento de liberación de la mujer. Desde los primeros años (1966-1968) en que las feministas estadounidenses se organizaron, la sexualidad se convirtió en un tema político de suma importancia. Por un lado, la libertad sexual de las mujeres fue una reivindicación sustantiva, y por otro, la violencia sexual se consideró el enemigo a vencer. Muy pronto, ya en 1971, las feministas discreparon respecto de qué significaban la libertad sexual y la violencia sexual, y esas agudas diferencias condujeron a una confrontación que se llamó las Sex Wars o “guerras en torno a la sexualidad”.
Simultáneamente, el reclamo a favor de la igualdad entre mujeres y hombres y contra la discriminación invadió el campo del derecho. Ciertas abogadas feministas empezaron a criticar el estatuto legal de las mujeres y desarrollaron argumentos que postulaban la importancia de otorgar un tratamiento igualitario. Y como Estados Unidos es una cultura con una larga tradición de litigio jurídico, muy pronto se presentaron demandas por la discriminación que había en comparación con los varones.
Tradicionalmente, los actos groseros, libidinosos y acosadores de muchos hombres con poder habían sido –y siguen siendo– la tortura de las mujeres que trabajaban para ellos. Todavía resulta muy difícil probar un acoso sexual en el trabajo, a menos que implique una agresión que deje huellas, como la violación. Pero los requerimientos verbales, incluso los manoseos o forcejeos, resultan casi imposibles de verificar. Es la palabra de la mujer frente a la del hombre. Por eso, muchas mujeres, en una decisión de sobrevivencia laboral y ante la posibilidad de perder el empleo, aguantan y callan.
En Estados Unidos, a principios de los años 70 y en plena efervescencia feminista, se empiezan a dar litigios de mujeres que habían sido despedidas del trabajo por negarse a los avances sexuales de sus jefes, así como de otras que habían abandonado sus empleos por esa razón. El combate contra el sexual harassment surge de la conjunción del activismo civil en contra de la discriminación en el empleo y de la lucha feminista contra la violencia hacia las mujeres. El concepto harassment, que se traduce como acoso u hostigamiento, no estaba todavía reconocido legalmente, por lo cual los requerimientos sexuales no eran considerados delito. Por ese motivo, cuando las primeras denuncias laborales fueron formuladas, la Comisión para la Igualdad en el Empleo (eeoc, por sus siglas en inglés) no asumió la defensa de las demandantes. Fue entonces cuando aparecieron las activistas feministas, muchas de las que se habían organizado en contra de la violencia hacia las mujeres y habían creado los primeros refugios para mujeres golpeadas, que acompañaron a las demandantes.
También hubo trabajadoras que por su cuenta buscaron a la floreciente organización feminista National Organization for Women (now). (...)
Muchas personas le dan el crédito a Catherine MacKinnon de ser la pionera de esta lucha, puesto que Sexual Harassment of Working Women, su libro publicado en 1979, fue sin duda un hito en el desarrollo de la jurisprudencia. Además, como abogada litigante ganó varios juicios, uno de ellos en la Suprema Corte de Justicia. MacKinnon sentó las bases teóricas de la jurisprudencia desde su postura feminista radical e instaló con fuerza la interpretación de que con el acoso se mantenía la relación de dominación patriarcal. A pesar de que la reacción inicial del mundo jurídico fue considerar esa definición como “una invención feminista”, en poco tiempo el planteamiento prendió con fuerza y el sexual harassment se sancionó dentro del ámbito laboral.
Pero MacKinnon fue más lejos y avanzó sobre otros temas además de la violación, que inscribía dentro de la violencia sexual: la pornografía, el acoso sexual, la prostitución y la trata. Esta abogada se convirtió en la ideóloga principal de lo que hoy se llama indistintamente feminismo de la dominación (dominance feminism) o feminismo radical. Esta perspectiva dio forma no solo a la conceptualización del delito de acoso sexual, sino también a gran parte de la protesta social y de la orientación de la lucha feminista. Esta tendencia feminista ha aportado el encuadre ideológico a los grupos de activistas que luchan contra lo que consideran distintas expresiones de la violencia sexual. MacKinnon sostiene que las mujeres son una clase oprimida, que la sexualidad es la causa de dicha opresión y que la dominación masculina descansa en el poder de los hombres para tratar a las mujeres como objetos sexuales. La influencia teórica, política y jurídica de esta autora ha sido inmensa, y ha ido potenciando un discurso mujerista y victimista respecto de la sexualidad, la violencia y la ley, en términos tales que definen a las mujeres víctimas de alguna agresión sexual como “sobrevivientes”.
*Autora de Acoso: ¿denuncia legítima o victimización?, Editorial Fondo de Cultura Económica, FCE (fragmento).