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COLUMNISTAS / opinión
domingo 12 julio, 2020

Dibujos por radio

La Pantera Rosa ejerce una crítica radical al modo de vida capitalista, al mundo contemporáneo.

Foto: Cedoc

La otra noche, en mi programa de radio favorito (Tiempo de show, en Radio del Plata, martes a viernes de 2 a 4 y sábados de 2 a 5 de la madrugada, conducido por Marcelo Neira), se eligió el mejor dibujo animado de la historia. Es habitual que hagan este tipo de encuestas o torneos, siempre sobre temas de música o cultura pop. La gente llama y vota por tal o cual. Y mientras la gente optaba por Los picapiedras, Los autos locos u otros por el estilo, yo pensaba que, a diferencia de las series de televisión, entre las que claramente prefiero las maravillosas de los años 60 y 70 (Star Trek a la cabeza –tarde o temprano terminaré escribiendo sobre el conflicto entre humanismo y cientificismo en el Capitán Kirk y el Señor Spock–, pero también Ladrón sin destino –manual absoluto de la elegancia– o incluso las inglesas como El prisionero o Los vengadores), antes que las series de las últimas décadas, carísimas, pretensiosas, filmadas solo con planos medios y hechas a partir de golpes de guión (de Lost en adelante nunca pude soportar más de un capítulo –o a veces menos– de cada una. Que a veces se piense que esos productos vienen a ocupar el lugar que habría dejado vacante el cine informa sobre la mediocridad intelectual y estética de nuestro tiempo); a diferencia de las series, venía diciendo, entre los dibujos animados no prefiero los de los 60 y 70 –que, aunque divertidos, los encuentro un poco ingenuos– sino los de los 90, como obviamente Los Simpson, The Critic (que no sacó ningún voto), o los trash Ren y Stimpy, o los aun más trash Beavis and Butt-Head. 

Sin embargo, la elección la ganó La Pantera Rosa y, como una excepción a mis gustos, estoy plenamente de acuerdo. Creada por el genial Friz Freleng, habiendo aparecido antes en los créditos de la película de Blake Edwards, ya en TV, bajo el nombre de El show de la Pantera Rosa, se emitió entre 1963 y 1980. En los años 90, yo escribía en el viejo y querido suplemento Cultura & Nación de Clarín (mi editora era Hinde Pomeraniec), y allí publiqué un largo artículo, “Pase después de Rosa”, el capítulo en el que la Pantera intenta cruzar la calle, cambiar de vereda. ¿Qué decía la nota? No lo recuerdo. No está en internet y por supuesto no la tengo. Pero puedo imaginarlo: La Pantera Rosa ejerce una crítica radical al modo de vida capitalista, al mundo contemporáneo. La vida cotidiana (hecha de relojes despertadores que no dejan de sonar, de reglas imposibles de cumplir, de calamidades de todo tipo) es inaceptable para una (o un: la Pantera es transgénero) inadaptada que no tiene ninguna intención de adaptarse. Entre su mutismo y una extraordinaria música compuesta por Henry Mancini para la película original, y desarrollada con diversas variaciones en el show de TV, el dibujo es una introducción a la negatividad, a la dimensión ética de decir no.

En el capítulo en cuestión, la Pantera intenta cruzar de vereda y no lo logra. Se disfraza de viejita para que los autos frenen, se pone alas de pajarraco, salta en garrocha, toma un curso, diseña un plan, lo intenta una y otra vez, pero fracasa. Hasta que finalmente lo logra y, cuando lo hace, se le cae un piano por la cabeza de un edificio cercano. Y ahí la vemos en primer plano, resplandeciente, sacando la cabeza entre el piano roto, entre absorta y feliz, compartiendo su enseñanza: cruzar es posible. Llegar no.


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