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Dominio y servidumbre

No sé si alguna vez habré escrito sobre esto pero el tiempo pasa, las columnas se suceden y el mundo no cambia tanto, mal que nos pese, aunque empeora lo bastante para que notemos alguna diferencia. Alguna vez, durante ciertos tímidos intentos por arribar a la noble condición de dramaturgo, conversé con uno de los empleados de la institución que los representa y me comentó la conveniencia de pertenecer a esta, lo que no era un privilegio sino un derecho y una necesidad. Entre sus beneficios –me comentó– a partir de una determinada edad el socio se hacía acreedor de alguna clase de beneficio económico, creo que lo llamó pensión. En aquel momento el comentario me sorprendió agradablemente, aunque por entonces yo estaba lejos de la edad mínima requerida para acceder a ese paragüitas protector, ese techito por si llueve mileísmo de punta. El empleado, sin que yo se lo preguntara, agregó: “Es que a los setenta años el socio ya no tiene más ganas de escribir”.

Ese comentario quedó impreso en mi memoria y es el objeto de esta columna. La certeza –ajena– de que en algún momento un deseo cesa. Esto me recuerda una anécdota que me contó alguien. Una persona pasaba todos los días ante la puerta de una casa donde un viejito sacaba todos los días su silla para tomar la fresca, y todos los días le preguntaba: “¿Cómo anda, don Antonio?”, y el viejito le contestaba: “Bien, como siempre, mi amigo”. Esto se repitió por años, hasta que un día el viejito contestó: “Bien, como siempre, pero ya sin ganas de…”. El astuto lector completará a gusto la frase. En este inédito despliegue asociativo paso a otro recuerdo. Hace años, al cumplir ochenta, el notable autor norteamericano Philip Roth –otro que, como Donald Trump, no ganó el Nobel– anunció que abandonaba la escritura porque ya no iba a escribir nada mejor que lo escrito hasta entonces. Dijo que era viejo y que se iba a dedicar a leer lo que le restara de vida, y a indagar en lo que llamó “la extrema vejez”. Falleció cinco años más tarde, no sabemos si considerando lo bastante extrema su investigación. Hace poco, Coetzee –que sí ganó el Nobel–, con cierta discreción, aseguró que ya no iba a escribir novelas extensas, aludiendo también a su edad y a la economía de las energías. Con su promesa de cercenar el tiempo ajeno en el momento que se le cante, la muerte y su hoz son grandes administradores. Aquí, en Argentina, ocurrió un caso que resulta sensible y delicado. Un escritor que en sus tiempos tempranos había alcanzado cierta notabilidad, que fue alabado por Cortázar, me refiero a Juan Martini, anunció que dejaba de escribir. Martini había atravesado el género policial y derivado en formas narrativas de cierto sesgo vanguardista. Dueño de una entonación personal, no gozó sin embargo del prestigio que disfrutaron algunos de sus colegas. En sus últimos años de escritura había comenzado a publicar en una editorial independiente de tamaño mediano, y padecía la indiferencia del público. El anuncio del abandono fue tal vez un grito desesperado, un pedido que no tuvo respuesta. Hoy leo que Julián Barnes, que también cumplió ochenta y tampoco ganó el Nobel, aunque rasguñó las altas esferas ligándose el Booker Prize, comunicó que dejaba de escribir porque ya había dicho todo lo que tenía para decir. Ese aviso me sorprendió: es la primera noticia que tengo de que un escritor posee un quantum de contenido, un pozo del que se extraen gotas de agua poco a poco y que en algún momento se termina. ¡Y yo que creía que existe un deseo de escribir que lleva a que un autor descubra la forma y el sentido de lo que hace mientras lo va haciendo! Qué subdesarrollado…

Hace unos años, cuando sobrevivía editando libros ajenos (ensayos, investigaciones históricas de corto plazo, biografías no autorizadas), le propuse al director de una editorial un proyecto de urgente necesidad: se trataba de que algún especialista escribiera una especie de análisis o tratado de los argumentos empleados por los Estados Unidos para justificar sus proyectos políticos y económicos desde su surgimiento como nación y hasta nuestros días. El tributo que la hipocresía rinde a la virtud. El director editorial descartó la idea diciéndome: “Dejá que de eso se ocupen los propios norteamericanos”.

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Ese modelo de libro, que hubiese sido tan útil en otros tiempos, se ha vuelto innecesario ahora que Trump decidió que el nuevo orden planetario depende de su voluntad y de –chiste– su moral. Eso me hizo pensar en la extrañeza de que existan personas que piensan su obra como una ofrenda al mundo sientan, en determinado momento, que ya no pueden dar más, mientras que existen otras deslenguadas y brutales que creen que la sumisión ajena es una fuente perpetua de placer personal.