Dentro de las tres próximas semanas, el tenis argentino se jugará dos cartas de esas que no se dan fácilmente en una misma temporada. El Masters y la final de la Copa Davis, dos de las cinco competencias anuales que consiguen que el hincha argentino se atornille a su silla durante horas, como si éste hubiese sido siempre su deporte favorito. Hasta me animaría a decir que un buen resultado en ocasiones como las citadas le dan al tenis atributo para ser tapa, mire usted, hasta por encima del derecho de admisión a los barras de Laferrere en un partido de la C.
Mal acostumbrados como somos, condenados al éxito como nos auguraron, los argentinos comparamos 2006 con 2005 y 2004 y nos parece un año que sólo se salva con Nalbandian repitiendo el título del Masters o liderando al equipo a un histórico éxito en Moscú.
Sin embargo, aun cuando la comparación deja a la actual como una temporada anémica respecto de aquellas otras dos tan abundantes en gloria, el que está por concluir sigue siendo un buen año de tenis para los parámetros históricos de nuestro deporte. Y si se ganara la Davis, pasaría a ser un mojón único en cualquier repaso de un siglo de tenis en nuestro país.
Sin embargo, estar en la final (de una temporada o de una Copa) no significa estar cerca del título. A veces, es el techo; destacado, pero techo al fin.
El muy buen primer semestre de Nalbandian contrastó notablemente con lo que rindió desde Wimbledon hasta hoy. Su tenis, el mejor del medio, le permite sacar adelante partidos, pero su intensidad está un escalón debajo de lo que necesitaría para ir un poco mas allá. En todo caso, no es casual que, pese a haber sido muy selectivo con su calendario (es el que menos torneos disputó en el año entre los 40 primeros jugadores del ranking), la concentración y la resistencia no le hayan alcanzado sino para ganar un título oficial.
A punto tal el año del cordobés está partido en dos que sólo jugó 19 partidos oficiales desde fines de junio, exactamente la mitad que en el primer semestre.
Sin embargo, con talentos como David hay que ser muy prudentes a la hora de la sentencia. Es un fenómeno de esos que tiende más a sorpresas positivas que a negativas. Por eso, me atrevo a la siguiente lectura: tanto su presente como su pasado cercano obligan a ser muy conservadores con un pronóstico de victoria tanto en el Masters como en la Davis (nuestro destino en Moscú está atado indivisiblemente al rendimiento del hombre de Unquillo). Pero hace apenas cuatro meses, su tenis era una real amenaza tanto para Federer como para Nadal, a quien tal vez enfrente oficialmente en Shanghai por primera vez en su carrera. En consecuencia, me animo a concluir en que hay tantas dudas sobre cómo rendirá si contemplamos su campaña desde Roland Garros hasta hoy, como certezas sobre su capacidad para derrotar a los mejores, cosa que viene haciendo con mayor o menor frecuencia en lo que va del siglo: eso podrá suceder en China si Nalbandian es capaz de recuperar la velocidad y la constancia que acompañaron a su enorme capacidad técnica y estratégica desde aquellas muy buenas dos semanas en Australia (perdió la semifinal con Baghdatis) hasta el abandono ante Federer cuando ambos buscaban la final de París.
A propósito de la capacidad de recuperación de David, hasta estos últimos meses estaba claro que el muchacho levantaba ostensiblemente la puntería cuando la ocasión era de las grandes. David es, por lejos, el más consistente de la Legión, en lo que se refiere a llegar lejos en los Grand Slams. Como ese perfil se distorsionó un poquito en los últimos meses (tercera rueda en Wimbledon, segunda en el US Open y sólo pasó dos ruedas en uno de los tres últimos Masters Series), pondremos la cabeza en Shanghai y en Moscú a la espera de ver mucho más al Nalbandian de la primavera europea o del verano australiano que al de un final de año que, de la mano de su enorme talento, podría ya no ser para el olvido.