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COLUMNISTAS / PANORAMA / OPCION 2019
sábado 10 noviembre, 2018

Dos mundos lejanos

Sin muchos puntos de contacto, dos modelos de gestión no lograron soluciones pendientes.

por Carlos De Angelis

RUMBOS DIFERENTES Foto: DIBUJO: PABLO TEMES

Una postura sostiene que el mérito es el principal valor para acceder a los logros y beneficios económicos, también que las cosas se deben pagar por lo que valen –como la energía–, y que no se puede vivir por encima de las posibilidades. Asimismo, desde aquí se plantea que en definitiva el mercado es mejor asignador de recursos que el Estado y se deduce que solo la inversión privada puede sostener el crecimiento “legítimo”. Como parte de este punto de vista es necesario combatir a las “mafias enquistadas en el Estado”, y éste debe pasar a ocuparse de cosas específicas como seguridad o justicia. También se sostiene que el país no puede estar aislado, por el contrario, debería estar fuertemente conectado con el mundo para venderle lo que mejor hace, como los alimentos. Filosóficamente desde esta postura se cree que se debe mirar el futuro sin anclarse en el pasado, así como desprenderse de toda carga populista y un largo etcétera de planteos desde esta óptica.

El país debe vivir “con lo nuestro”, es decir ser autosuficiente en la mayor cantidad de bienes y servicios posibles

La otra postura plantea, por el contrario, que el Estado es el reparador de las injusticias sociales porque el gran problema son las inequidades y la concentración del ingreso en pocas manos. El país debe vivir “con lo nuestro”, es decir ser autosuficiente en la mayor cantidad de bienes y servicios posibles. Por lo tanto, el Estado debe ocuparse de áreas donde los privados no llegan, como el desarrollo de tecnologías o la investigación científica. Consecuente con su tradición política, aquí se entiende que el factor principal de crecimiento es el consumo masivo. También de este paradigma se sostiene que se deben combatir los monopolios en los medios de comunicación, que el país debe vivir alejado de las “relaciones carnales” con los Estados Unidos, vinculándose con países parecidos a la Argentina y preferentemente lejos de organismos multilaterales de crédito como el FMI. Desde esta forma de ver el mundo se sostiene que hay una continuidad histórica de los movimientos nacionales-populares que se debe reivindicar, incluso de orden latinoamericano y un largo etcétera de ideas que se deducen de estas premisas.

Antítesis. Las dos posiciones expresadas aquí parcialmente –cada uno podrá agregar o quitar componentes–plantean proyectos distantes de país, no se trata de una discusión de grado. Para usar la metáfora de los neurocientíficos, ambas propuestas activan diferentes circuitos cerebrales y conexiones sinápticas, lo que hace que sus adherentes plenos –un 25% de la ciudadanía para cada proyecto– propongan “batallas culturales” para convencer al otro 50% de las bondades de cada modelo de país.

Sin embargo, buena parte de la sociedad no adhiere plenamente a ninguna de las dos posturas. Entiende, por un lado, que no es posible que un sector extendido de la población viva a través de planes y ayudas sociales a lo largo de varias generaciones, pero tampoco comprende cómo la tercera parte de la población hundida en la indigencia y la pobreza haría para sobrevivir sin ayuda estatal. También parte del espacio no alineado cree que el Estado no puede ahogar a los privados con más impuestos, pero al mismo tiempo piensa que debe existir una presencia fuerte estatal hasta para hacerse cargo de servicios privatizados en los años 90, como la energía, o controlando a los empresarios que, como se comprobó en los casos de los cuadernos –o sus fotocopias–, lejos de competir libremente no dudan en cartelizarse para distribuir los recursos de la obra pública de manera conveniente. Curiosamente, muchos de este importante grupo no seducidos por los dos grandes mundos de ideas sostienen que los paros no solucionan nada, pero demandan que los representantes sindicales reclamen por los derechos de los trabajadores, en especial por el salario, y reniegan por lo tanto de los sindicalistas-empresarios.

La cuestión es que ambos modelos de país han tenido la posibilidad de plasmarse como gobierno, el kirchnerismo desde 2003 a 2015 y ahora el macrismo de 2015 a 2019

La cuestión es que ambos modelos de país han tenido la posibilidad de plasmarse como gobierno, el kirchnerismo desde 2003 a 2015 y ahora el macrismo de 2015 a 2019. Ninguna de las dos expresiones políticas pudo evitar la devaluación drástica de la moneda, reducir la alta inflación, o lograr una baja importante de las familias en situación de pobreza. A esta altura es claro que desde el macrismo la postura fue demoler el recorrido de la gestión anterior bajo el paraguas de la “pesada herencia”, aunque el resultado haya significado el aplastamiento del consumo, pero sin avistamiento de las inversiones masivas que el país requiere. Una ventaja –no despreciable– para el discurso electoral de Cambiemos será la necesidad de mayor tiempo para ver el fruto de sus políticas.

De la recesión a la depresión. En el plano de la marcha de la economía los números que arrojó el Indec para septiembre de 2018 muestran que la recesión pega muy fuerte, incluso más allá de lo esperado por el gobierno nacional, que pasó a proponer un bono para fin de año, pero que resultó muy resistido por las centrales empresariales. La caída del estimador mensual industrial del 11,5% con respecto al año anterior se profundiza en sectores claves en términos de empleo, como el textil (-24,6%), la metalmecánica (-20,5%) o el automotriz (-15,7%). Es un país que se achica bruscamente y que promete unas austeras Navidades. La falta de un horizonte de reactivación hace avizorar problemas en la recaudación y dificultades para cumplir con el “déficit cero” planteado por la gestión macrista como el gran objetivo para su último año.

El país de las singularidades, del Papa argentino, de Messi y Maradona, ha construido un problema más profundo: no hay proyecto económico ni de país que pueda resultar exitoso y sustentable en el tiempo

Sin embargo, más allá de la preocupación e inquietud por la situación económica, la “calle” muestra otro fenómeno inusual, que es una suerte de “depresión colectiva”. El país de las singularidades, del Papa argentino, de Messi y Maradona, ha construido un problema más profundo: no hay proyecto económico ni de país que pueda resultar exitoso y sustentable en el tiempo. No hay edificio que se pueda legar a las próximas generaciones, que en muchos casos presencian una movilidad social descendente.

La polarización extrema muestra su rostro más amargo: la imposibilidad de llegar a acuerdos mínimos o al menos trazar a grandes rasgos metas a alcanzar en un plazo de, digamos, cinco años. Más allá del mundo al que se pertenezca, deben preocupar a la clase política las búsquedas futuras de un sector creciente: los descreídos.

*Sociólogo (@cfdeangelis).

 


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