No se leen muchos libros en la playa. Al menos en San Clemente. Así lo confirma Arenales, nuestro librero amigo que ahora tiene tres locales, ya que se quedó con el de usados que abandonó la competencia. Según él, las historias de amor, la autoayuda y la política e historia argentinas son los géneros favoritos del turista. En febrero, agrega, bajan aun más las pretensiones y aparece el público que no compra libros sino revistas viejas. Hoy vi a una mujer leyendo a Jorge Amado y me pareció que esa repentina irrupción de los 60 era lo más sofisticado que iba a encontrar en materia de literatura durante la caminata playera. A menos que el libro forrado que intercambia sigilosamente cierto matrimonio maduro fuera de Joyce y no las Memorias de una princesa rusa, como supuse en un principio. Pero no logré averiguarlo.
Ante ese panorama dominado por Stephenie Meyer, Felipe Pigna y Paulo Coelho, la figura de Cáceres brilla por la excentricidad de sus preferencias. Se trata de un ex guardavida sesentón, que también supo ser buzo y marinero. Cáceres se pasa todo el día en la playa y muchas veces se lo sorprende leyendo mientras fuma en pipa, dos costumbres que van quedando anticuadas. El resto del tiempo se dedica a contar o a inventar historias de catástrofes naturales y de animales salvajes. Su mayor pasión son los tiburones y uno juraría que cuando aparece en el diario la noticia de que a alguien le han rebanado una pierna en La Florida, Cáceres sonríe con indisimulable satisfacción. Este año ha traído sólo tres libros y los lee una y otra vez: Moby Dick, de Melville; Tarzán, de Edgar Rice Burroughs, y Tempestades de acero, de Enrst Jünger. Este último es una primera edición en castellano que su padre militar le dejó de herencia. Pero con esa selección reducida está muy por arriba del gusto medio en estas costas.
Decido que tengo que regalarle un libro a Cáceres y por eso me doy una vuelta por la librería, donde Arenales me vende una edición vieja de Barón Biza que también recibió como herencia. Pero encuentro un tesoro que sirve perfectamente a mis propósitos: un exhibidor con saldos de los años cincuenta correspondientes a la vieja editorial española Juventud y, entre ellos, una decena de libros de James Curwood, sexta edición de obras publicadas por primera vez en los 20. James Oliver Curwood (1878-1927) fue un periodista americano, aficionado a la caza y a los desolados paisajes de Canadá y Alaska, que empezó a publicar sus historias en 1907 y se convirtió en el escritor mejor pago de su época. A su temprana muerte (lo mordió una víbora) tenía treinta novelas y un castillo francés (hoy museo) que se hizo construir cerca de Chicago. Se hicieron más de doscientas películas con guión de Curwood o basadas en sus libros. La más conocida hoy es El oso, un bodrio dirigido en 1988 por Jean-Jacques Annaud, basado en la novela The Grizzly King (1916), una de las primeras en las que Curwood se empezó a arrepentir de haber matado en su tiempo animales salvajes y se transformó en un fanático de la conservación ambiental. El rey de los osos (así se llama en castellano), que cuenta la interacción entre una familia de osos y una partida de cazadores, es el regalo ideal para Cáceres: una muy agradable visita al zoológico de la imaginación. La prosa de Curwood sabía habitar esos enormes espacios abiertos, donde sus historias de animales alternaban con otras de argumento policial o romántico. Es un género perdido y, volviendo al cine, conviene notar que el período mudo fue mucho más audaz y eficiente para filmar la naturaleza que el sonoro: esos lugares siguen allí, pero han dejado de formar parte de nuestro imaginario. De hecho, Werner Herzog es uno de los pocos cineastas contemporáneos que no se siente perdido entre montañas, osos y bosques.