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sábado 9 febrero, 2019

El año 3000 nos encontrará vivos o pelotudos

Después de filmar quilombos grosos en Siria, Irak, Afganistán, Yemen, Congo, Nicaragua y Venezuela, los del National Geographic que produce “Live life” –título que los piratas seguramente chorearon del clásico Viva la vida de Palito Ortega–, vinieron por algo aún más fuerte: el Newells-Central allá, en Rosario.

por Carlos Ares

Jujuy. El diputado Fuenzalida apoyó la consulta sobre la reelección del gobernador. Foto: cedoc

Después de filmar quilombos grosos en Siria, Irak, Afganistán, Yemen, Congo, Nicaragua y Venezuela, los del National Geographic que produce “Live life” –título que los piratas seguramente chorearon del clásico Viva la vida de Palito Ortega–, vinieron por algo aún más fuerte: el Newells-Central allá, en Rosario. El partido finalmente se jugó en la cancha de Arsenal de Sarandí. Sin público, sin insultos, sin muertos. Un garrón.

Pero a estos tipos nada se la baja. Tenían el dato de que en la quiniela de la Copa Argentina podía salir un All Boys-Chicago, el 17 y el 18, la desgracia y la sangre, juntos a la cabeza, y se les dio. Felices estaban, con los colmillos afuera, cuando los que manejan el bolillero removieron los sesos y decidieron aplicar un método bien argento: zafar del problema en lugar de resolverlo. La matanza quedó en suspenso.

El perro les tapaba el dueño a los gringos. Necesitados de merca dura, leían Página/12, los editoriales de La Nación, escuchaban a Víctor Hugo Morales, a Morales Solá. El líquido cefalorraquídeo del guionista borboritaba cuando se puso a escribir. El locutor bilingüe del equipo leyó en alta voz: “La grieta social que atraviesa Argentina, un país situado en el culo del mundo...”. Perdón, borren eso. Un grato recuerdo interfirió en la escena. El ex gordo Alfredo Casero doblaba, con comentarios pedorros en tono neutro, documentales random que pasaban en el programa Cha-cha-cha. Va de nuevo. Pongamos al relato la voz de Arnaldo André, nuestro Morgan Freeman. De paso vemos qué onda en Paraguay.

“Dos bloques de dimensiones antárticas, congelados en el pasado, estaban a punto de quebrarse. Las ráfagas gélidas del odio impedían los intentos de reparación. De un lado y del otro quedarían millones de argentinos separados para siempre, reclamando un último abrazo, aleteando como pingüinos. Nunca más podrían salir a picar unas sardinas juntos, a tomar una cerveza, ni a socorrerse en las malas, por temor a morir ahogados en el encrespado mar del debate o en la solitaria y fría noche de sus temores y prejuicios...”

El Señor, recogido en su infinita paciencia, se hartó de escuchar semejante gilada y le ordenó al muerto de Lázaro: “Levantate y andá a explicarles, el sol les quemó la cabeza”.

Y Lázaro Fuenzalida, encarnado en un diputado por Jujuy que apoyó la consulta sobre la reelección del gobernador en pleno enero para que hubiera menos participación, les aclaró la confusión: los “vivos” son los peronistas, los otros son “pelotudos” que no existen.

Los tipos observaron con sus catalejos. Millones de pelotudos se amontonaban en el desierto bajo una sombrilla amarilla con la térmica encima de cuarenta. La mayoría se consumía afuera del círculo rojo de sombra. En un oasis cercano, el aparato de aire acondicionado estaba a 18 grados, y los vivos se paseaban entre las palmeras. Barrionuevo se colgaba de Lavagna, Lavagna de Moyano, Moyano de Massa, Massa de Urtubey, Urtubey de Pichetto, Pichetto de Aníbal Fernández, Aníbal de Alberto, Alberto de Cristina y Cristina de Parrilli, un pelotudo infiltrado para que no los acusen de discriminar. Scioli no tenía de dónde agarrarse y esperaba abajo.

“Che”, dijo el camarógrafo, tratando de salvar los viáticos,” ya que estamos podemos hacer una de vivos contra pelotudos”. El jefe dudó, revisó sus apuntes. Los “vivos” eran pocos pero controlaban todo desde hacía más de treinta años. Tenían sindicatos, feudos provinciales, clientela fija en el Conurbano. “No da, es muy despareja, volvemos para el próximo Boca-River”, dijo, y ordenó la retirada.

Ante la evidencia de que lo podían acusar por el reparto de bolsos en los conventos y la que se lleva la Iglesia, el vivo de Dios pidió declarar como arrepentido. El juez, otro vivo, se negó a ir al cielo y le mandó decir por el fiscal que bajara a su despacho. En esas están los vivos. Mientras tanto, los pelotudos esperan que alguna vez se haga justicia. Allá o acá.

*Periodista.


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