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COLUMNISTAS / opinion
domingo 28 junio, 2020

El año del ningún lado

Triángulo. Fernández, Larreta y Kicillof prorrogaron los tiempos de angustias. Foto: NA

El tiempo es uno de los promotores predilectos de la modernidad y sus formatos moldean prácticamente todo a lo que le otorgamos algún sentido. Nuestros cuerpos se adaptan a la simultaneidad que los relojes justifican en obligaciones establecidas, desde los horarios para comer, hasta el tiempo socialmente establecido para dormir, incluyendo a los que no respetan esos esquemas aceptados, justamente como casos llamativos. De modo que el tiempo moldea lo considerado normal (y lo desviado). Y el tiempo no solo marca momentos de ocurrencia, sino el inicio y el final, del episodio indicado como necesariamente esperado, porque en nuestra era, es importante terminar algo, para ocuparse de aquello indicado como lo siguiente. Si el presente no es vivenciado como una secuencia en la que se pueden introducir cambios, es decir como una oportunidad que siempre ofrece algo diferente en cada ocasión, puede sentirse que se vive en el detenimiento y no en la intervención del mundo. La cuarentena insiste en suspender ese presente, porque nunca termina.

Ninguna sociedad del mundo, cuya herencia provenga de la concepción europea de la evolución, incluso las que tienen mejores niveles de vida, deja de pensar en qué hacer para que el tiempo del mañana sea mejor al del presente. Esa temporalidad de un tiempo actual con defectos, y un futuro siempre pensado como optimizable, necesita de una idea de paso del tiempo, porque el tiempo es lo que ocurre mientras hacemos cosas sobre él, y su transcurrir es el escenario en que verificamos los cambios. Pero con la cuarentena, con la eterna expansión de un tiempo interminable, con la actualización de un presente que se renueva cada quinces días, el paso del tiempo se expone insistentemente al impedimento de su mutación. Siempre estamos en un “hoy” eterno, y encima sobre ese presente no podemos hacer nada para cambiarlo. El tiempo no pasa.

Para el gobierno nacional la gestión está prácticamente en suspenso, ya que el coronavirus obra como el freno obligado a las operaciones posibles de movimiento en el presente. Otra vez Argentina se ofrece con una dirigencia que lamenta no poder hacer lo que su voluntad preferiría, ya que existen limitaciones recurrentes que hacen que el presente no pueda transcurrir como el espacio de acción y cambio, y esas limitaciones, como siempre, se ubican en el entorno, es decir en el lado exterior del mundo. Para Macri eran los años de peronismo, para Alberto Fernández es la deuda de Macri y para Kicillof es Vidal y su supuesta tierra arrasada, que han conformado o conforman, influencias que anulan la acción sobre el presente y la posible evolución hacia el futuro. Con la cuarentena, el gobierno ha logrado convertir a casi toda la sociedad en un escenario parecido a cómo la política dice sentirse: atada en sus extremidades. Así, como una perfecta representación, Kicillof termina el video de los anuncios sin hacer anuncios, solo como un comentarista de la realidad, para la cual ha hecho cosas para someterse a la afectación de una causa de males, que no tiene cura.

En este tiempo de quietud solo una persona acciona, avanza y arrasa. Su vínculo con el coronavirus es solo supuesto, ya que no ha expresado comentarios, como si justamente eso confirmara que la pandemia es solo para quienes quieren detenerse en ese presente eterno, mientras el mundo es el lugar en realidad de su transformación, en el momento que sea, sin importar las excusas. Acumulación de cargos e influencias, dominación en el Senado y reconocimiento público a su liderazgo han sido el escenario de fondo de un mundo que solo Cristina Fernández mueve y adapta a su gusto y tacto, mientras las escalas formales superiores de los gobiernos solo agregan camas ante la geometría movediza de una curva obsesiva de contagios.

Las sociedades no se orientan hacia la búsqueda de alguna misión de equilibrio, es decir hacia la estabilidad de sus operaciones. En realidad combinan ambos estados, en los que los equilibrios llevan a desequilibrios, que luego necesitarán búsquedas de nivelaciones nuevas para volver a desequilibrarse. Pueden tomarse los pagos como ejemplo, que una vez que se efectúa un pago no se sabe cuándo se producirá el siguiente, o también en los procedimientos del sistema del derecho, de que a pesar de que se orienta sobre la base de normas, los resultados de los juicios siempre son inciertos. Es decir, los elementos que la sociedad ha producido para fijar procesos, son también los condicionantes de sus dudas hacia el futuro. La política no sabe el resultado de las elecciones futuras y si bien toma decisiones para dar certezas, nunca está segura de cómo serán tomadas por la opinión pública. Por estos días, Cristina Fernández parece la única persona, como el corona virus, cuyas operaciones no están basadas en la incertidumbre o en la combinación de equilibrio y desequilibrio, sino solo en la certeza de una seguridad que ofrece, aumento de poder y pánico en un caso, y aumento de contagios en el otro. Para todos los demás, están las dudas, la quietud y los comentarios. Este viernes 26, esa actitud y pasividad han sido confirmados por un tiempo más.

Mientras nadie se encuentra en ningún lado, porque no hay posibilidad de enlace, de acción y de modificación, el sistema político detiene al mundo para que todo sea puro presente rutinario, mientras la única corona real, ejecuta sus movimientos observando desde fuera la batalla que ocurre, debajo, allí, entre los mortales.

*Sociólogo.


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