COLUMNISTAS
Friedman e impuestos

El costo del progresismo

La política impositiva de la Argentina en un paralelismo con la versión estadounidense en la semana del fallecimiento de uno de los economistas más representativos de dicho país: Milton Friedman, premio Nobel de Economía y padre del monetarismo.

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En todos los discursos de los candidatos presidenciales en los Estados Unidos, el tema de los impuestos siempre mereció un tratamiento privilegiado. Es que en ese tipo de economías, asentadas y previsiblemente dinámicas, ciudadano y contribuyente es un sinónimo. Normalmente la gente intenta que lo que tenga que pagar sea lo menos posible y que lo que reciba a cambio de parte del Estado recaudador sea lo máximo disponible. Cualquier semejanza con el movimiento de los petroleros patagónicos es mera coincidencia.
La inflación post convertibilidad trajo un resultado que no es novedoso: forma parte de todos los libros de Economía que muchos estudiantes, entre ellos la actual ministra y el presidente del Banco Central, releyeron en sus años mozos. Ante escalas impositivas “progresivas” en donde los que ganan más van pagando sucesivamente más –porcentualmente– de sus ingresos, la inflación de sus salarios nominales hace que cada vez se paguen –también porcentualmente– más impuestos a las ganancias.
De otra manera no se podría explicar cómo el líder de los trabajadores organizados pida para que se eleven los mínimos no imponibles, demostrando su capacidad de adaptación a un mundo por entonces desconocido para las huestes cegetistas. Escuchar a Hugo Moyano hablando de deducciones especiales y de voracidad fiscal es como darle la bienvenida a la representación de la clase media argentina, que cada vez más entra en la normalidad capitalista de tener que pagar impuestos sobre sus ingresos, claro que con una contraprestación diferente de parte del Gobierno que fija sus gastos.

Paradojas. Como inscribiendo una curiosa paradoja, estos hechos afloraron a la superficie nuevamente en la misma semana que moría el Premio Nobel de Economía 1976 y padre del monetarismo, Milton Friedman (1912-2006)(1). Doctorado en Columbia, libró una batalla sin cuartel contra el pensamiento hegemónico en los claustros y en la política de su iniciación profesional: el keynesianismo intervencionista. “La inflación es la única forma de impuestos que se puede imponer sin legislación”, ya anticipaba sobre la otra cara de su enemigo número uno: el Estado con complejo de pródigo. Tomado como símbolo del resurgimiento de las políticas neoliberales, Friedman se constituyó para economistas jóvenes en el tótem de la reacción a las políticas de bienestar. Sin entender el contexto en el que vivió (alta inflación, desequilibrios monetarios de magnitud, desempleo creciente), la etiqueta tarda poco en llegar.
En la Argentina, la aplicación de políticas desregulatorias en nombre de sus enseñanzas pareció introducir a su “escuela” en la misma bolsa de Martínez de Hoz, Alemann, Menem o Cavallo. Los controles de precios (en sus formatos: “sugeridos”, “acordados”, “cierre del registro de exportaciones” o “negociación de cuotas de embarque”) parecen darle la razón con que la inflación se convierte en un cáncer institucional. Salvo que sus recomendaciones eran un tanto más racionales y duraderas.

Oxígeno. La efervescencia por escaparse al control oficial bulle por todos lados. Las terminales automotrices piden que les den oxígeno en sus listados 2007. Obvio que ni hablar del tema cupos con Brasil y mucho menos de revisar los aranceles de importación, un arma más que eficaz para mantener a raya los precios de una industria que casi recuperó su nivel récord de actividad. Los harineros hacen malabarismo para cerrar la brecha entre el precio interno del trigo, los internacionales y cumplir los compromisos. El Mercado Central, testigo de las alzas estacionales de productos frescos, ya recibió la visita de los fiscales de la inflación cero.
El desajuste de los precios relativos de los últimos meses quizá pudo haber contribuido al último regalo a Milton: el pase de SanCor a las filas del capitalismo salvaje, foráneo y materialista; quizá la única salida para mantener vivo el emprendimiento de miles de productores argentinos.
Intentando explicar el péndulo de las políticas económicas en la Argentina, nada mejor que una buena combinación de irracionalidad burocrática, inflación contenida e intervención creciente para mirar con simpatía al ogro de Chicago que sentenció: “Los gobiernos nunca aprenden. Sólo la gente aprende”.

(1) https://www.friedmanfoundation.org/