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COLUMNISTAS / opinion
domingo 30 abril, 2017

El enigma de Emmanuel Macron

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Jean-Paul Enthoven

Optimista. Su discurso positivo sedujo a Francia. Foto: Cedoc Perfil
domingo 30 abril, 2017 Frente a su increíble juventud, frente a su audacia de conquistador, se piensa evidentemente en el joven Alcibíades, cuya precocidad saludaba el propio Sócrates. O, mejor aún, en Bonaparte en Pont d’Arcole, cuando de pronto la gloria tuvo ganas de posarse sobre su hombro...
Porque al fin y al cabo, quién hubiera creído hace un año que este desconocido podría: 1) llegar a la cabeza del primer turno de una elección presidencial con serias posibilidades de ganar el segundo, 2) pulverizar al Partido Socialista, que, después de haberlo vilipendiado, se ve obligado a pedir que voten por él, y 3) desgarrar una derecha donde una mitad lo sostiene, mientras la otra se deja tentar por una alianza de facto con Marine Le Pen...
¿Cómo pudo ocurrir esta absoluta improbabilidad? ¿Cómo llegó hasta aquí este OPNI (objeto político no identificado)? Aquí algunas precisiones...

Recordemos, por empezar, que este joven siguió el itinerario que la República reserva a sus mejores hijos: orígenes modestos, escolaridad impecable, Escuela Nacional de Administración, Inspección de Finanzas, sólidos estudios de literatura y filosofía. Cabe notar, y no es desdeñable, que Emmanuel Macron fue asistente del gran intelectual Paul Ricoeur, cuya obra aún inspira toda una corriente humanista-cristiana. Y además, con un detalle bastante novelesco: siendo adolescente, el muy joven (17 años) Emmanuel se enamora de su profesora de Literatura, Brigitte Trogneux, ya casada, madre de familia y veinte años mayor que él. Se casa con ella, la adora y sólo ve por sus ojos –algo que a la gente intriga y conmueve–.

De entrada, este “niño-ogro” tiene, además, el sentimiento de no haber nacido por casualidad en una Francia enferma y pesimista. Quienes lo conocieron entonces –entre ellos, “hombres influyentes” como Jacques Attali o Alain Minc– se sintieron impactados por el increíble aplomo que le hace decir, sin la menor ironía: “Seré sin duda presidente de la República”. No entenderíamos nada del personaje si olvidáramos que le rinde culto a Juana de Arco, quien antes que él se sentía igualmente “llamada” a salvar el reino…

A partir de ahí todo se encadena: este superdotado se hace notar ante Nicolas Sarkozy por medio del Informe Attali, que recomendaba un centenar de reformas de inspiración liberal (de las cuales no se llevó a cabo ninguna); François Hollande lo descubre entonces y lo convierte en su consejero, luego en secretario general adjunto del Elíseo a una edad en que generalmente los más ambiciosos sólo están en sus primeras armas. Muy pronto, EM (cabe notar que estas iniciales se encontrarán pronto en el movimiento En Marche! [“¡En Marcha!”], que fundará en 2016 y será su trampolín electoral) comprende que el presidente Hollande, demasiado veleidoso, no reformará el país lo suficientemente rápido. No porque no haya tenido la intención, sino porque sólo dispone en el parlamento de una mayoría frágil y “contaminada” por legisladores surgidos de la vieja izquierda francesa. Hombre apurado, Macron se dará una vuelta entonces por el Banco Rothschild, lo que le permitirá en pocos meses embolsar grandes bonos (cuatro millones de euros) que servirán más tarde para financiar una parte de su campaña. Las elecciones se acercan, Hollande vuelve a llamar a su niño querido, lo nombra ministro de Economía, pero ya es tarde: Francia está demasiado bloqueada como para aceptar las reformas que se imponen. Y este “bloqueo” se ve en la dificultad para hacer aprobar la “Ley El-Khomri”, aunque sea bien tímida, destinada a “hacer más fluido” el mercado del trabajo. Macron lo comprendió. Renuncia. Se lanza a la aventura solitaria. Nadie le da entonces ni una sola chance de lograrlo.

Hay que decir que su ideología, de inspiración centrista, nunca tuvo buena reputación bajo la V República. En Francia, desde 1958, se es de derecha o de izquierda –y nada más–. Por otra parte, el sistema electoral de las legislativas –mayoritario a dos vueltas– favorece esta situación. Ahora bien, Macron tiene la gran audacia de pretender que esta división ya es del pasado: que de ahora en adelante, con el ascenso de los populismos –en Holanda, en Italia, en Alemania, en la Inglaterra del Brexit– la partición verdadera ya no es entre derecha e izquierda sino entre “soberanistas” y “mundialistas”. Por un lado se quiere salir del euro, levantar barreras aduaneras, liberarse de reglas presupuestarias inevitablemente restrictivas; por otro, se apuesta por un mundo abierto, más liberal, “globalizado”, resueltamente optimista y moderno.

Esta nueva división, está claro, atraviesa a todos los partidos tradicionales. De ahí la apuesta de EM: reunir a los reformadores, sean de derecha o izquierda. Y gobernar juntos.
¿Se puede ganar esa apuesta? Por el momento se puede suponer –incluso aunque nada se puede dar por descontado, hasta tal punto Francia es un país caprichoso–. Y el joven que la encarna es una quimera demasiado extraña como para acunarse en fantasías. Sin embargo, Macron –con la juventud del canadiense Trudeau, más la seriedad de la alemana Merkel, más la habilidad del italiano Renzi, más el reformismo del ex canciller Schroeder, más la seducción del inglés Tony Blair– puede lograrlo. Este “niño-ogro” tuvo, hasta ahora, una suerte asombrosa. Y parece bien decidido a reconciliar a su país con el optimismo, la alegría, el entusiasmo.

Las malas lenguas freudianas definen así la próxima vuelta de la elección presidencial: “Una mujer que mató a su padre contra un hombre que se casó con su madre”. De
semejante ecuación todo puede surgir, incluso lo mejor.

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