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COLUMNISTAS / discursos
sábado 25 enero, 2020

El Estado violador

por Pola Oloixarac

Alberto Fernández y Mauricio Macri. Foto: Hugo Villalobos / NA.

“El Estado opresor es un macho violador” canta el hit del verano, de poderosa visión. Yo agregaría que es un macho aburrido, repetitivo, bastante gagá, con problemas de aprendizaje y signos de evidente Alzheimer. Cambian los gobiernos, pero el compromiso estatal con la mediocridad permanece intacto. Si Presidente Miau había conquistado el voto en 2015 con visiones de futuro amigables al capital y la innovación, para luego chapotear en un pantano de medias tintas y promesas incumplidas, el Presidente Cuis parece feliz de pisar el acelerador de un De Lorean destartalado directo al pasado, de 2020 al año 2013.

El “cristinismo con bigotes” aterrizó entre nosotros. Llegó en forma de festival de impuestos, permisos para importar, varios tipos de cambio que benefician la bici financiera, creación de cargos absurdos en el Estado, medidas que castigan la economía del conocimiento a contramano de lo que sucede en el mundo, batalla cultural a tope (la gran innovación de Cristina, ya común en el mundo). El sector productivo solo puede estar contento si forma parte del oligopolio de amigos que ensamblan electrodomésticos en Tierra del Fuego, garantía de encarecer esos bienes al máximo. La magna Córdoba, con su tradición ingenieril-automotriz-aeronáutica, hubiera hecho un De Lorean con más puntería, un Pulqui II hacia un pasado un poco más digno.

El Estado es un macho represor, y muy celoso, que quiere una Argentina aislada. La cubre con un trapo negro de medidas anquilosadas, anticuadas y ridículas como una burka. Gordos barbudos ven esto y aplauden, sienten el éxtasis de la representación política. Se reprime la innovación, se castiga la iniciativa privada; la Argentina de burka es incapaz de sostener reglas claras a largo plazo y solo puede ahuyentar al Occidente racional, que preferirá a Chile incendiado, o Brasil y su comandante bananero loco.

Una persona con una carrera científica debería ganar bastante más que un sueldo mínimo; para eso, el Estado debería generar incentivos a compañías privadas que empleen a esas personas; no castigarlas. Sin un proyecto real para que la ciencia genere y distribuya valor en la sociedad, la ciencia es solo circo; el circo moderno para la clase media. Un poquito de plata y todos contentos. Pero los científicos se han plegado al discurso planero para poder ser escuchados; nadie mira el problema de base. “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía”; el violador eres tú.


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