COLUMNISTAS
RENE FAVALORO

El “hacedor de vida”

Querido y agradecido por muchos, envidiado por otros tantos en las internas de la profesión, olvidado por los que tenían obligación de no olvidar, atormentado por eso que él sintió como un gran desprecio, René Favaloro se suicidó hace nueve años, un 29 de julio.

default
default | Cedoc

Querido y agradecido por muchos, envidiado por otros tantos en las internas de la profesión, olvidado por los que tenían obligación de no olvidar, atormentado por eso que él sintió como un gran desprecio, René Favaloro se suicidó hace nueve años, un 29 de julio.

Hombre al fin, con sus grandezas y sus defectos Favaloro siempre tuvo vigencia como un ícono de la anticorrupción pero bastante más después de muerto, siguiendo el devenir institucional y la degradación de los responsables del país. Fui uno de sus miles de pacientes aunque no le pude perdonar por algún tiempo su autoliquidación y precisamente con un tiro certero en el corazón, ese organismo imprescindible que como cirujano ayudó a preservar, a darle un fuerte aliento vital.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Favaloro fue, para mí, un “hacedor de vida” y una mano maestra en frenar las desventuras del destino. Me operó en dos oportunidades, a “corazón abierto”, con el método por él creado y perfeccionado, el bypass aorto coronario, una revolución quirúrgica que dio vuelta la historia de la medicina en la segunda mitad del siglo XX. Como es sabido las enfermedades cardíacas son una de las principales causas de muerte en la Argentina y en los países desarrollados. Favaloro no las definía como “enfermedades individuales” sino como “dilemas sociales”.

La carga genética importaba. El tabaquismo, la obesidad y la ausencia de ejercicios eran decisivos en el desencadenamiento de la enfermedad pero en tanto no cambiaran los elementos generadores de estrés no se derrotaría esa patología coronaria. ¿Qué se hacía con “salvar” al paciente coronario si continuaba viviendo en un país sin rumbo, donde las decisiones del poder eran imprevisibles, si los salarios estaban sumergidos, si la inflación, la desocupación, la realidad económica terminaban acorralándolo? Es en esas cuestiones donde me transformé en un proveedor de estadísticas e informes económicos que me pedía periódicamente para avalar sus presentaciones en público. Desde ese lugar dejé mi traje de paciente en el perchero y pude conocer y dialogar en distintos momentos mano a mano con un médico sensible, de gran presencia física, de verbo fácil, inquieto por los sucesos públicos, respetuoso del equipo profesional con el que trabajaba con intensidad todos los días, de enfermeras y mozos que lo atendían en los restaurantes. Era un “contenedor”, un médico que “protegía” respetuosamente con autoridad moral y conocimiento del espíritu humano.

Cada uno de los discursos que pronunció Favaloro, en todas las entrevistas periodísticas que se le hacían, en sus apariciones por televisión, en su participación en los congresos internacionales donde siempre era un invitado de lujo, jamás dejó de tener presente la “carga de la problemática social” entre sus pacientes. Esto daba a sus palabras un vigor y un valor que el Estado nacional pocas veces le reconoció.

Dejó cuatro cartas póstumas. Tres de ellas fueron editadas en una recopilación del historiador Ricardo de Titto en un libro reciente y la última –liberada por el juez que actuó en el suicidio– circuló por Internet. Todas expresan un dolor enorme, un desamparo inaudito. Y tienen el sentido de una “carta abierta” a la sociedad argentina.

En una de ellas escribe, siguiendo palabras de Atahualpa Yupanqui: “Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento. No puedo cambiar. No ha sido una decisión fácil, pero sí meditada. No se hable de debilidad o valentía”. En otra, dirigida al entonces titular del Poder Ejecutivo, Fernando de la Rúa, le dice, desde la “desesperación” y la “depresión” que la “Fundación” que lleva su nombre y que fundó, “está al borde de la quiebra”, no tiene contactos con empresarios y necesita 6 millones de pesos para subsistir. En la tercera explica que se le adeudan 18 millones de dólares, que es maltratado por empleados de obras sociales cada vez que reclama, que “me he transformado en un mendigo”.

Favaloro sabía en detalle de la corrupción del sistema de salud, de los “retornos”, de los “acomodos”, de otras indecencias, y se resistió a participar de esa juerga donde es el país entero el que sale perjudicado. Una realidad despiadada para su concepción del oficio. Se mató abrumado y sin que pudiera encontrar la salida.

Comprometido con el destino nacional, rechazó ofertas millonarias para radicarse en el exterior junto a su equipo. El empecinamiento no fue retribuido.


*Periodista y economista.