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EL CASO PALERMO, UN OPTIMISTA EN LA CATASTROFE

El mejor de los mundos posibles

El avasallante carácter argentino que enfrenta la adversidad con la cabeza bien en alto tiene más que ver con una íntima convicción: sentirse parte de una estirpe única en el mundo, de un reducido grupo de elegidos. El optimista parte de cierta resignación, de la aceptación del límite; el argentino simplemente no concibe la derrota.

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“Esa maldita peste era una cosa indispensable en el mejor de los mundos posibles (...), pues de los males particulares resulta necesariamente el bien general.”

Del filósofo Pangloss en “Cándido, o el optimismo”, de Voltaire (1694-1778)


El pueblo que inventó el tango y adoptó el blues como propio es soberbio pese a su eterna melancolía; muy seguro de sí mismo, ganador. Pero no necesariamente optimista.

El avasallante carácter argentino que enfrenta la adversidad con la cabeza bien en alto tiene más que ver con una íntima convicción: sentirse parte de una estirpe única en el mundo, de un reducido grupo de elegidos. El optimista parte de cierta resignación, de la aceptación del límite; el argentino simplemente no concibe la derrota. El optimista se ilusiona con la posibilidad de un futuro venturoso; el argentino lo descuenta, lo cree parte de su destino y por lo tanto, se condena al triunfo. Debe demostrar, siempre. Camina en punta, como las buenas bailarinas.

Martín Palermo es un optimista. “Del gol”, lo bautizó poéticamente Carlos Bianchi, cuando lo dirigía; “de la vida”, se entusiasmó Perfumo, hace días. En su vida le pasó de todo. Divorcios escandalosos, desgracias personales, lesiones gravísimas. Alguna vez hizo un gol con su rodilla destrozada y volvió con otro, aún en recuperación, para sellar un histórico 3 a 0 que dejó afuera de la Copa a River. En España, en pleno festejo y por culpa de una barra de contención que no aguantó el peso de los hinchas del Villarreal, se quebró tibia y peroné. Jugando para la Selección contra Colombia, en el Sudamericano de 1999, erró tres penales en un mismo partido. Nunca más lo llamaron. En pocos días podía tomarse revancha de esa humillación: Basile lo iba a convocar para su equipo. Pero no. Una vez más se rompió los ligamentos, en la Bombonera. Ay.

En los dos últimos años, además de romper récords con sus goles, se casó por segunda vez, sufrió la muerte de un hijo recién nacido y se divorció.

El sonríe, sin embargo. Jura que volverá, que seguirá haciendo goles para la historia, que ninguna adversidad podrá vencerlo.

Palermo es un optimista porque se sabe bien lejos de la virtud maradoniana. Palermo es obstinación, oídos sordos frente a la burla, esfuerzo puro pese a sus evidentes limitaciones. Ganó muchos títulos en Boca, sí, pero nada con la Selección. Nunca jugó un Mundial y su paso por Europa fue gris: no le salió ni una. Singular ídolo para un país que se sueña acomodado en los Olimpos.

Ser optimista no tiene buena prensa. Gottfried von Leibniz –matemático, teólogo, jurista, epistemólogo y político alemán–, fue el gran filósofo optimista del siglo XVII y, la verdad, la historia no lo trató demasiado bien, pese a ser uno de los grandes intelectuales de su época. Fue un hombre dedicado y honesto, pero opacado por sus contemporáneos Descartes y Spinoza. Le faltó carisma, como a Zidane, Hillary Clinton, Lavagna o Laura Fidalgo. Para colmo guardó en los cajones sus mejores pensamientos y, gracias a imprudentes discípulos como Christian Wolff, se popularizaron sus trabajos más sencillos y discutibles. Fue el puching ball del siglo XVIII.

En Teodicea afirmaba: “Las cosas no pueden suceder de otro modo, porque estando todo hecho para un fin, todo lleva necesariamente hacia el fin mejor” y justificaba la imperfección del mundo alegando que Dios había elegido para nosotros “el mejor de los mundos posibles”. ¿Ah sí? Pues en un mundo donde ya maduraba la Revolución Francesa, esa frase fue fatal. Los vanguardistas pronto competirían entre sí para ver quién decía peores cosas sobre él. Voltaire, con su irónica novelita Cándido (1775) lo mandó al horno, como Morales a Jaime. Para ridiculizarlo, inventó a Pangloss, su alter ego; el pensador que insistía en ver sólo el lado bueno de las cosas mientras le sucedían las desgracias más terribles.

Los argentinos –me animo a decir– siempre más cerca del contestatario Voltaire que de Leibniz-Pangloss, sin embargo se identifican con este Palermo tan lleno de fe. ¿Por piedad? ¿O será porque a un ganador repetido sí se le permitimos la dulce ingenuidad del optimismo? Quiero decir, ¿le perdonaríamos ese optimismo a un perdedor? Por ejemplo a Llop, el hombre que sonríe en la catástrofe, insólitamente victorioso por un empate sobre la hora contra Independiente. Entonces, compatriotas, a Palermo ¿lo queremos por optimista... o por infalible?

Boca, inteligentemente, decidió no contratar a nadie para reemplazarlo. El peso de las inevitables comparaciones podría aniquilar al goleador más capaz llegado de afuera. Para los chicos del club no será fácil, y eso lo sabe mejor que nadie Alfredo Moreno, hoy en México. El pobre Boselli se fue a Estudiantes para jugar y ahora habrá que ver cómo superan ese síndrome de abandono los novatos Veltri y Noir. Carne de diván.

“Martín, como te dije, vamos a peleársela al destino, que sepa que sos vos el que decidís cuando vas a dejar de golear”, le escribió en carta pública y atacado por un exceso de determinismo Bianchi, su viejo técnico. Apuesto a que podrá hacerlo. No por omnipotente, ni por vanidoso. Por argentino, nomás. Esa gente rara, única; muy capaz de llevarlo a Maradona a la Feria del Libro de Frankfurt si hay que ganar, con Gardel, Evita y el Che como bandera. Que así no podemos perder, qué Goethe ni Goethe.