Cuando Diego se hizo cargo de la Selección, nos pusimos de su lado inmediatamente. Creíamos que peor que el ciclo de Basile no podía haber nada; que ese Maradona que viajaba ilusionado para contarles su plan a los jugadores y para transmitirles el amor por la camiseta que él había lucido como nadie, era lo mejor que le podía pasar al equipo.
Empezó bien. Argentina le ganó 1-0 a Escocia hace casi un año, jugando de manera sólida; sin embargo, comenzaban los primeros cortocircuitos, cuando Maradona pidió que lo acompañara Ruggeri y Grondona se negó.
Aquel Diego estaba mejor que el de hoy y supo aceptar esa negativa. Pero tragó saliva y siguió. Incluso, en el 1-0 siguiente a Francia, en el que debe haber sido el mejor partido del equipo argentino bajo su conducción. Desde esta columna dijimos que “había equipo”. Y llegó el primer partido por los puntos: 4-0 a Venezuela.
Parecía que todo andaba sobre ruedas. Eran tiempos en los que las viudas de Basile se llamaron a silencio, tapadas por voces excesiva e injustificadamente eufóricas. Argentina estaba armando un equipo y la victoria contra la Vinotinto servía como aliciente.
Pero llegó un momento clave: el 1-6 con Bolivia, a partir del cual Maradona dudó todo el tiempo y de todo lo que lo rodeaba. En algunos casos, de manera justificada. Los planes, la previa y los cambios del partido con Bolivia fueron impresentables. Y todo lo anterior pareció caer en saco roto, salvo el 3-2 a Rusia en un amistoso.
El Waterloo de Diego fue Bolivia. La goleada lo deprimió, lo sumió en días y días de encierro y mal humor, y empezó a ver enemigos inexistentes. ¿Esperaba acaso que la prensa lo tratara con dulzura después de perder 6-1?
Desde entonces, nada fue igual. Muchos jugadores miraron con desconfianza al DT y las internas de los tiempos de Basile retomaran intensidad. Eso es algo que Maradona no le perdona al periodismo, aunque tiene experiencia y sabe que la información “siempre” sale desde adentro. Ninguno de nosotros piensa en cómo perturbar la armonia de un grupo. Algunos, porque no les da el pinet. Otros, porque tenemos cosas más importantes que hacer en nuestros ratos libres.
Se perdió con Brasil y Paraguay dando pena, y se les ganó injustamente a Perú y a Uruguay. Maradona hizo dos cambios difíciles de explicar, tan difícil de explicar como la permanencia de Messi en cancha. Argentina ganó en el Centenario sin patear al arco, más allá de pensar en la buena estrella del entrenador: Bolatti entró por quien no debía salir, Higuaín, y metió el gol de la victoria.
De lo que Maradona dijo apenas terminó el partido en el Centenario y en la conferencia de prensa, se dijo mucho y se seguirá diciendo. Pero, al margen de los exabruptos, hay una cuestión conceptual errónea en la que Diego –al igual que Basile con su célebre “vos sos contra”– cae con facilidad. No todos somos como Martín Arévalo o Marcelo Palacios, que le decimos que todo está bárbaro cuando vemos que se derrumba; ni lloramos emocionados porque nos da una exclusiva. Quien escribe esto lloró en el Azteca cuando Diego le marcó el gol a los ingleses en 1986, pero nada lo inhibe para denunciar que no tenemos plan de juego. Peor: había un equipo bárbaro al comienzo del ciclo y no queda nada. El festejo de los jugadores en Montevideo dio vergüenza. Celebraron un cuarto puesto, luego de una victoria que debió ser mas holgada si el equipo fuera un equipo, si los cambios hubiesen sido acertados y si Messi dejara de ser jugador de Play Station o de un programa de cable de los domingos a la tarde llamado Futbol de España.
Es falso que los periodistas “tienen que tirar del mismo carro”. Es obvio que queremos que Argentina vaya a los mundiales, que gane, que juegue bien y que no haya nada para discutir. Pero cuando no juega bien, se dice y punto. Nuestro trabajo es ese y no pedirles camisetas a los jugadores, como tantas veces se confunden algunos que creen hacer periodismo.
Ahora necesitamos de tipos como Verón, capaz de pararse frente a la locura triunfalista y reclamar replanteos e introspecciones. Necesitamos al Maradona del comienzo de la gestión, no a éste, contagiado por la estupidez bilardiana de creer que somos enemigos. Bilardo es un entrenador fenomenal y pudo haber sido de utilidad en este ciclo. Pero aportando su capacidad, no contagiando su lado más oscuro.
Y necesitamos un equipo que juegue bien. Jugando así, como jugamos desde Bolivia para acá, no le vamos a ganar a nadie. Teníamos un equipo que se diluyó en menos de un año.
Llegó el momento de madurar y de abrir los ojos. No hay enemigos. Hay aduladores, hay ventajeros y hay periodistas que hacen su trabajo con dignidad. Lamento profundamente que a Diego sólo le molesten los del tercer ítem.
El momento de madurar y abrir los ojos
Cuando Diego se hizo cargo de la Selección, nos pusimos de su lado inmediatamente. Creíamos que peor que el ciclo de Basile no podía haber nada; que ese Maradona que viajaba ilusionado para contarles su plan a los jugadores y para transmitirles el amor por la camiseta que él había lucido como nadie, era lo mejor que le podía pasar al equipo.