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El orden del discurso

1-11-2020-Logo Perfil
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La otra noche, en la televisión, ocurrió un hecho ciertamente significativo (al menos para los que pensamos que la circulación de discursos en los medios masivos de comunicación tiene cierta relevancia social). Un periodista, Horacio Pagani, se calzó los anteojos, frunció el ceño y leyó lo que en ese mismo momento aparecía escrito al pie de la pantalla. Era una frase suya, acababa de decirla y la cita era textual; no obstante, la vio y la sintió ajena. Pidió que la quitaran. La quitaron.

Para mí tenía razón. Pero no solamente a causa de un efecto de traspaso de la oralidad a la escritura, de la volatilidad a la fijación, como adujo el propio Pagani, sino también, y acaso más, por un efecto de subrayado (que bien puede producirse al interior de un formato escrito). Como sabemos por la escuela, para la comprensión de un determinado texto es preciso subrayar sus ideas principales. Pero la tendencia en este tiempo es subrayar, en cambio, las frases de más impacto, las frases prometedoras de algún escándalo.

Subrayar las ideas principales de un texto es lo que nos permite seguir su secuencia argumentativa. Y eventualmente, si no estamos de acuerdo, refutarlo, rebatirlo. Cada vez con más frecuencia, sin embargo, las críticas a un determinado texto se formulan sin hacer ninguna referencia concreta a su contenido ni a su desarrollo. Todo eso que nos enseñaron cuando nos enseñaron a leer queda completamente de lado. Al no poder seguir la línea de análisis de un planteo, lo único que se percibe es bardo (A le saltó a B, A salió a matar a B, A bardeó a B). Y ante la penosa impotencia para dar una discusión, lo único que queda es bardear (bardear a A).

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La tendencia va en aumento y por eso fue muy valioso el gesto de Horacio Pagani. Tocó eso que en su momento Michel Foucault llamó “el orden del discurso”: maneras de pensar (y de actuar). Dispositivos de poder: ni más ni menos.