COLUMNISTAS
EL CINE Y LAS PASIONES

El patriota

¿Por qué estaría más justificado el patriotismo en el caso de los deportes que en el arte? Ganar un partido de fútbol, una copa, la Libertadores o el Mundial produce en todos una algarabía sin límites.

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¿Por qué estaría más justificado el patriotismo en el caso de los deportes que en el arte? Ganar un partido de fútbol, una copa, la Libertadores o el Mundial produce en todos una algarabía sin límites. Aun en una casa, solo frente a un televisor, sin salir a la calle ni ir al Obelisco, los gritos de gol tienen la misma intensidad que en el tablón. Como lo decía aquella película: es la fiesta de todos.

¡Argentina! ¡Argentina! ¿Cuál es la razón por la que la venta del cuadro de un pintor argentino en millones de dólares o un premio Asturias a un escritor o el Oscar a una película no despierta en mi caso personal el mismo fervor nacional?

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Las explicaciones son pobres. Dicen que ganar en el fútbol es fundamental. Lo es gritar gol y dale campeón. En el arte no se le gana a nadie si no es a la adversidad, que no es lo mismo que un adversario. Salvo que se enmascare la normal adversidad con un adversario.

Ganarle a un equipo más poderoso, de mejor juego, con jugadores más talentosos, es un halago, una gran alegría. Por ejemplo, el triunfo de Argentina contra Brasil en el Mundial de Italia fue de ese calibre. Todo el partido peloteados y Maradona se la pasa a Caniggia y boom. Nadie se deprimió porque no lo merecíamos.

Utilicé un plural. Escribí nosotros, no dije el equipo de Bilardo. Ese nosotros me falla en el arte. Nosotros no ganamos la nominación de El secreto de sus ojos, la ganó Campanella y su elenco. Ni siquiera “ellos”, los peruanos, ganaron la otra nominación por La teta asustada, la película de Claudia Llosa. La tiene ella con su grupo. El día del Oscar me gustaría que ganara la peruana –no me funciona en este caso la libido del hincha– desde mi punto de vista, una hermosa película con una actriz conmovedora como Magali Solier.

Por lo que sé, no la han exhibido en nuestros cines. De haber sido argentina, con un guión basado en una historia del altiplano en la que se muestra la fuerza de las leyendas en la vida de algunos personajes, posiblemente tampoco habría tenido gran repercusión salvo en festivales de cine independiente. Lo que a nosotros nos gusta –uso el plural– es el cine de clase media urbana, esa famosa clase que la misma clase media dice aborrecer y que cree apropiarse de lo que llama cultura popular.

Cuando vi la película argentina me parecía que estaba bien. Si fuera el vicepresidente diría en su particular lenguaje: me gustó no mucho. Al modo del típico cine que pretende gustar y hacer pensar, el guión necesitó para redondearse la entrega de un mensaje de esos que satisfacen a la clase media. La Triple A, la maldita Policía, los jueces corruptos, un crimen sexual, el impacto necesario para que al decir de los semiólogos, el “paratexto” –lo que se necesita para asegurar la presencia del film en el mundo, su recepción y consumo, es decir el ámbito comunicacional– esté en consonancia con la ideología cultural dominante articulada alrededor de esta musa nacional llamada Memoria.

Por supuesto que para lograrlo la película tiene que estar bien hecha. Y a mi entender, lo está. En especial por el lado de Darín, ya que no me sorprende como a muchos que Francella sea un buen actor. Lo ha demostrado en el grotesco televisivo salvo en las adaptaciones de series yanquis y por su excelente labor en la mexicana Rudo y Cursi.

Los promotores de la película dicen que han sabido congeniar el buen cine con el gusto popular. Pasa con el arte popular lo mismo que con la literatura gauchesca, que evocando palabras de Borges, era una literatura de las elites urbanas que inventaron un idioma sobreimpreso sobre el gaucho, así como la cultura popular es la proyección de un puritanismo de clase media sobre el pueblo.

Esta forma de expresión no la vi en La teta asustada, en donde los personajes son gente de pueblo que la directora no intentó completar con alusiones a Sendero Luminoso, a la escabrosidad de Montesinos más los desfalcos de Fujimori. No hizo falta.

La historia tenía la fuerza suficiente para defenderse sola.

Por mi flaca memoria cinematográfica, volví a ver la película rumana Cómo celebré el fin del mundo, una bella película sobre los últimos días de Ceaucescu, a través de la vida de una familia y los personajes de una ciudad de provincia. Allí, están todos los ingredientes del nacionalismo rumano, país en el que nací: su megalomanía, la búsqueda permanente del rumano famoso, la identificación con los héroes de la patria, la fabricación de la leyenda nacional de un gran país acorralado por enemigos eternos, la educación basada en gestas entonadas por himnos patrióticos, todo esto encarnado por el gran Ceaucescu y su gorro de piel.

Doroteea Petre, la actriz principal, se roba la película y deja la estela imaginada por el director Catalin Mitolescu de un pueblo que luego de adorar a su líder termina cantando: Olé Olé Olé… Ceaucescu ya se fue…

En todas partes se cuecen habas. Claudia Llosa está contenta porque el mundo se enterará de que en el Perú se hace buen cine, al tiempo que señala que sólo la televisión peruana no ha comprado los derechos adquiridos del film en toda Latinoamérica. No puede evitar defenderse contra ciertas críticas recibidas que la acusan de haber degradado la vida indígena al mostrar a los pobladores de Manchay –lugar en el que se desarrolla la historia– como gente torpe y huachafa, algo así como de mal gusto.

Sigo la producción del cine nacional, me interesa, de las artes es de la que más cerca estoy. No sólo del llamado cine experimental sino del cine comercial que tiene logros meritorios en películas recientes como Un novio para mi mujer y Motivos para no enamorarse, con las divinas Valeria Bertucelli y Celeste Cid.

Así que, no se trata de comercial o no comercial o de arte o mercado o de otras polaridades de un arcón desvencijado. Me refiero a otra cosa. Hablo de no adular al público y de la autocomplacencia. De las películas que hizo Campanella me gustó El mismo amor, la misma lluvia, una historia de amor con Soledad Villamil y Ricardo Darín, sin mensajes a la diosa Memoria y sin el sentimentalismo deprimente de Luna de Avellaneda.

El filósofo francés Vicent Descombes, en uno de sus últimos libros, dice que la democracia no puede sostenerse por sí misma. Este intelectual ilustrado, crítico de la posmodernidad y de su postulado del fin de los grandes relatos, cree que las sociedades necesitan reverenciar algo que esté por encima de ellas. Algo así como una misión, un destino, una nueva trascendencia que aún no tiene nombre. La Holanda de siglo XVII, esa gran república de Vermeer, Rembrandt y Spinoza, se decía heredera del pueblo hebreo elegido por Dios. Los cantos de Walt Whitman celebraban a la democracia norteamericana como creadora del hombre del futuro.

Para muchos, así como la democracia, tampoco el cine puede sostenerse por sí mismo. La pasión argentina que nos invoca un más allá es más deportiva. Pechito López, Messi, Campanella, Del Potro, Dios… digo Diego, en fin, son lo que se identifica como lo nuestro, entelequia plural de la que descreo como de toda trascendencia colectiva que puede conducir a la necedad y al fanatismo.


*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).