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sábado 28 septiembre, 2019

El profeta de Jerusalén

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sábado 28 septiembre, 2019

Si no me equivoco, el algoritmo nace como arte combinatorio de manos de Ramón Llull y sus tarjetas teológico-filosóficas, que proporcionan verdades elementales o soberanos disparates. En sus comienzos, más bien parecía un mecanismo para producir repertorios sintácticos. El actual, en cambio, produce la ilusión de una oferta de combinaciones inagotables (como si fuera un mecanismo que ha absorbido las infinitas variaciones en el cuento La biblioteca de Babel). Pero esa ilusión se revela pronto como la de una serie de reiteraciones. El algoritmo postula la oferta bajo el supuesto de que el deseo es un algoritmo en sí mismo, sometido solo a su propia limitación deseante. Se adelanta a toda búsqueda para ofrecer lo que el humano buscador ha detectado o consumido con anterioridad. Sin embargo, cada tanto, algo escapa a esa rigidez, y aparece algo nuevo. En este caso, YouTube me ofreció hoy a un charlista español que pretendía ilustrarnos sobre la vida, obra y profecías de Juan de Jerusalén.

Era tan flojo el video y tan interesante el asunto, que busqué al personaje por internet. Aquí lo tenéis.

 Juan de Jerusalén nació en Francia, alrededor del año 1040. Anticipándose algunos siglos al sincretismo bélico-religioso de los jesuitas, volviéndolo epigonal, fue uno de los fundadores de la Orden de los Templarios, acto que precedió un año a su propia muerte, ocurrida en 1120. En un manuscrito del siglo XIV se lo califica de santo entre los santos y prudente entre los prudentes. Solía internarse en el desierto, tal vez para buscar el secreto nombre de Dios en la variable escritura de sus arenas. Según el manuscrito, que no menciona el calor, la sed, la incomodidad, “estaba en la frontera entre la tierra y el cielo”. También aprovechó su estancia en Jerusalén para reunirse con rabinos, sabios musulmanes, cabalistas, místicos, prácticos en la adivinación, en la astrología y en la numerología. Lo variado de esos encuentros no impidió que en los momentos menos felices de su libro, Protocolo secreto de las profecías, que habría plagiado el propio Nostradamus, se despache contra quienes no comparten su fe en el que murió en la cruz y resucitó al tercer día.

Luego de morir, el viento de la historia pareció borrar su nombre, y el destino mismo de su obra cortejó el olvido. Pero en el transcurso del siglo XX, las SS se invitaron a visitar Varsovia y allí descubrieron un ejemplar de su libro en una sinagoga local y decidieron enviárselo a Adolf Hitler, coleccionista planetario. Tras la caída del nazismo, el libro desapareció nuevamente y fue descubierto en los archivos secretos de la KGB tras la caída del Muro. Un anacronismo permite imaginar que, de haber existido una copia en manos de la predecesora zarista, la Ojrana, un texto como ese habría servido como modelo de escritura para el clásico libelo antisemita sobre los Sabios de Sion. Pero únicamente nos permite forzar la conjetura la presencia en el título de la palabra “protocolo”.

En cualquier caso, si uno se despoja de esa rémora conceptual que supone defender el valor del Protocolo secreto de las profecías examinando al enemigo contra el que se lanza, podrá apreciar que esa obra interviene el futuro diseñando su forma y su trayectoria. Luego de cada punto y aparte, cada frase del texto comienza con este encanto rítmico: “Cuando empiece el año mil que sigue al año mil”. El resultado no le va muy por atrás al de su homónimo, el autor del Apocalipsis. “Veo y conozco lo que será. Soy el escriba”, dice Juan de Jerusalén. Y dice que ve nuevos continentes y guerras tan numerosas como las cotas de malla de hierro que llevan los caballeros de su orden, tejiendo nuevos reinos, pobres sublevados, cosechas ardiendo, y el hombre habrá conquistado el fondo de los mares y de los cielos y será como una estrella en el firmamento y habrá adquirido el poder del sol y se creerá dios, y cuando caigan los muros levantados por los emperadores el imperio no será más que agua cenagosa. Y cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el hombre estará frente a la entrada sombría de un laberinto oscuro.

Y esto es ahora.


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