sábado 01 de octubre de 2022
COLUMNISTAS La lengua argentina

El silencio de la sirena Cristina

07-02-2022 10:50

Se sabe que el silencio es la ausencia de ruido. O de habla. De la materialidad del sonido, en fin, sobre todo cuando dos o más personas se encuentran. Cuando hay gente.

Se lo ha estudiado desde distintas perspectivas. Por caso, la perspectiva cultural, la perspectiva léxica, la perspectiva interpersonal.

Desde la perspectiva cultural, diversos estudios se concentran en la gestión del silencio en la conversación por parte de distintas sociedades. Parece claro, en todo caso, que las culturas latinas tienden a sentir el silencio como algo mucho más incómodo que las nórdicas.  

Con respecto a la perspectiva léxica, el silencio puede concebirse como un continuum entre dos extremos: el tabú y el vacío. El tabú impide el habla, la sanciona (a lo sumo, acepta el eufemismo). El vacío borra la posibilidad de la palabra, se inviste de inefable (mientras existen “huérfana” o “viudo”, no hay palabra para nombrar a quien ha perdido un hijo o una hija).

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En cuanto a la perspectiva interpersonal, se da la ominosa circunstancia de la prohibición de hablar. O siquiera la sugerencia del silencio. Como en el famoso poema de Neruda –hombre hoy tan cuestionado en su país de origen–, “Me gusta cuando callas, porque estás como ausente”.

Entre numerosos trabajos lingüísticos que se han ocupado del tema, quiero mencionar aquí el muy erudito texto de Michal Ephratt The functions of silence (o Las funciones del silencio). Aunque la autora toma el concepto de silencio para analizarlo según las conocidas seis funciones del lenguaje de Roman Jakobson, seguiré su propuesta de manera bastante libre en vistas de mi objetivo. Que es, lo adelanto desde ya, ofrecer una hipótesis acerca del silencio de nuestra vicepresidenta ante el acuerdo que el Gobierno está llevando a cabo con el FMI.

En primer lugar, debe admitirse que, muchas veces, el silencio informa. Porque, cuando la regla es hablar, el silencio es comunicativo. ¿Un ejemplo? El saludo mudo que Cristina Fernández le dedicó a Mauricio Macri cuando Alberto Fernández asumió como presidente. Un silencio elocuente que disparó andanadas de discursos.

En segundo lugar, es claro que, otras veces, el silencio expresa sentimientos. Porque, ante una emoción fuerte, suelen faltar las palabras. ¿Un ejemplo? La entonces presidenta de la Nación que acariciaba incesante y silenciosa el féretro cerrado de su marido. Un silencio contenido y, en un punto, conmovedor.

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Y, en tercer lugar, el silencio que hace quien habla para dar lugar a que responda quien escucha. ¿Un ejemplo? Acá es un poco más difícil dar un ejemplo de Cristina Fernández, porque quienes vivimos en la Argentina tenemos la impresión de que es más dada al monólogo que al diálogo. Aunque puede pensarse que sus cartas –ella ama el género epistolar– son una especie de apertura a la conversación.

En algún sentido, el silencio actual de la vicepresidenta tiene un poco de estas tres funciones que señala Ephratt. Está cargado de significado: todo el mundo espera que hable e imagina qué es lo que va a decir. Está cargado de sentimiento: ella se encuentra en tensión entre su imagen histórica y la imagen que le impone su investidura. Y está cargado de conversación: da que hablar y mucho. Su silencio incomoda, no tiene nada de inefable, nadie le ha prohibido hablar.

Pero tengo para mí que la respuesta se encuentra en otro lugar: un hermoso cuento de Franz Kafka. En El silencio de las sirenas, el checo contradice el mito y sostiene que Ulises no solo se amarró al mástil para no enloquecer con el canto de las sirenas, sino que, además, taponó con cera sus oídos, ignorante de que las sirenas no le cantarían.

“Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas”.

Quizás, en un país kafkiano como el nuestro, después de tanto criticar sus soliloquios en cadena, nos pasa como a Ulises y no podemos soportar el silencio de Cristina. Y a ella, en realidad, no se le antoja hablar de esto.

*Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.

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