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El sol no sale en Viganella

16-4-2023-Logo Perfil
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Hay ciertos rincones de la Tierra que nadie elige para vivir: son lugares habitados casi exclusivamente por los que nacieron allí y sueñan con irse a otro lado. Estuve un tiempo en Trondheim, en el centro de Noruega, y es pintoresco ver el sol de junio descender lentamente hasta el horizonte para volver a elevarse otra vez, como dibujando una continua longitud de onda. No tengo problemas para dormir con luz (de hecho hay noches que me duermo con la luz del velador encedida, dándome en la cara). Los nativos de Trondheim toleran esos tres meses de luz continua, que van de mayo a julio, con resignación, pero hay gente que en esa misma situación la pasa muy mal. Comprendo por eso a los habitantes de Viganella, una pequeña aldea piamontesa emplazada entre montañas (tiene 300 habitantes), que desde noviembre hasta comienzos de febrero no puede ver la luz del sol, y sufren por eso.

No es que en Viganella no haya día entre noviembre y febrero: el cielo es azul y el sol ilumina desde arriba a las nubes, dotándolas de esa panza gris que ayuda a adivinar su volúmen; lo que ocurre en Viganella es que entre noviembre y febrero los rayos del sol no llegan a la aldea. El sol sale y se desplaza, pero siempre detrás de las montañas. Eso fue así hasta hace dieciocho años, cuando un señor llamado Pier Franco Midali tuvo una idea revolucionaria: llevar el sol a Viganella.

La idea era simple, pero requería de todas las inteligencias y de mucho dinero: construir un gran espejo que, emplazado a 500 metros por encima de la aldea, reflejara la luz del sol durante el invierno, iluminando la plaza pública. Hicieron falta muchos cálculos y la suma de 100 mil euros (Midali nunca aclaró de dónde los sacó) para construir una gran estructura de aluminio montada sobre un armazón que, dotada de un motor, permitía que el espejo girase, siguiendo el recorrido del sol en el cielo, redirigiendo la luz solar hacia la aldea. Hicieron falta siete años para concretar el proyecto, y finalmente, el 11 de noviembre de 1999, el primer día en que el sol debía desaparecer de la vista de los aldeanos, el espejo ambicioso empezó a funcionar. Hasta noviembre del año pasado. No era la primera vez que hacía falta o cambiar alguna pieza del complejo artefacto, pero siempre habían sido piezas fácilmente hallables. Sin embargo esta vez el espejo no se movió durante todo el invierno: un componente electrónico se había roto y tardaron meses en reponerlo.

Viganella es una aldea demasiado pequeña para permitirse ciertos lujos, como personal de mantenimiento de un espejo. No tienen un médico fijo, los enfermos tienen que esperar, si pueden, a que el doctor haga su visita semanal; los fieles pueden ir a misa una vez cada quince días: no hay un párroco fijo en la aldea. De hecho, Midali, que en el pasado fue intentente de Viganella, es un poco el factotum de la aldea: es aquel con quien se puede contar y en quien se puede confiar, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de la población es demasiado anciana para llevar a cabo ciertos trabajos. 

El domingo pasado el mecanismo volvió a accionarse, el espejo de aluminio volvió a tomar posición y la luz del sol volvió a reflejarse en la plaza, donde los habitantes de Viganella, algunos periodistas y muchos curiosos venidos de todas partes de Europa asistieron a la llegada del sol, otra vez iluminando la plaza. Solo iluminando: la luz reflejada no emite calor, pero para a la gente de Viganella la cosa le da igual. Hombres, mujeres, perros y gusanos volvieron a disfrutar del sol acabando el invierno.

Es una sensación que para los que vivimos en otras condiciones, con otro decorado, bajo el impacto de otro clima, resulta difícil de imaginar. Es como si el sol se apagara y solo pudiéramos ver su reflejo dejado por su paso en el firmamento. No hay modo de imaginar que algo así resulte agradable.