Entre nosotros lo reveló Pomelo: la quintaesencia paródica de la transgresión rockera. Y antes que él, o junto con él, Charly García; pero no en la versión álgida del descontrolado berreante ni tampoco en la versión sosegada de la momia murmurante, sino en la conjunción integrada de ambas versiones, dos caras de la misma moneda, o dos monedas con una misma cara. Y antes que ellos, por qué no, Carlos Menem, el dos veces presidente argentino, la tarde en que recibió a los Rolling Stones emplumado en un traje amarillo patito que lanzó a Keith Richards al rincón apagado en el que nunca imaginó estar: el de la discreción.
Aquí ya lo sabemos: la revulsiva contracultura del rock no es revulsiva ni es contracultura. En Italia, al parecer, acaban de establecerlo. La edición local de la revista Rolling Stone eligió a la estrella rockera del año. ¿Y quién ganó? Ganó Silvio Berlusconi. ¿Berlusconi, el premier, el líder conservador, el empresario, el poderoso? Berlusconi, sí. Que no toca ni canta ni integra ninguna banda (ninguna banda musical, por lo menos); pero que ha sido votado por unanimidad como star rock de 2009 por razones claramente esgrimidas: “su furia vital, su estilo de vida inimitable”.
Por supuesto que el rock and roll es más que música, es todo un estilo de vida. Pero sorprende comprobar, como lo han hecho de manera conjunta los integrantes de la ítala Rolling Stone, que tal estilo de vida se verifica en Berlusconi mejor que en nadie: las noches de Rod Stewart empalidecen por comparación y al lado de la Villa Certosa del Cavaliere, parece un juego de niños (dicho esto sin ironía) la mansión administrada por Michael Jackson.
¿Importa suponer que en las largas noches de ragazzas y Camparis don Silvio se habrá inclinado por un Domenico Modugno para el amor, por un Adriano Celentano para la fiesta? No importa, claro que no importa. Berlusconi ya es la estrella de rock del año allá en Italia. Y esta visión rockera del poder en pleno deja pendiente la pregunta por las formas posibles de un posible contrapoder: qué sería, cómo funcionaría, dónde se alojaría, en qué podría consistir.
El último rockero
Entre nosotros lo reveló Pomelo: la quintaesencia paródica de la transgresión rockera. Y antes que él, o junto con él, Charly García; pero no en la versión álgida del descontrolado berreante ni tampoco en la versión sosegada de la momia murmurante, sino en la conjunción integrada de ambas versiones, dos caras de la misma moneda, o dos monedas con una misma cara.