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BIANCHI, SU CONTRATO Y UNA GUERRA DE GUERRILLAS EN DEFENSORES DE MACRI

El Virrey está desnudo

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“Aún en el banquillo de los acusados es siempre interesante oír hablar de uno mismo.”

Albert Camus (1913-1960), El extranjero (1942):  Meursault reflexiona en el inicio del Capítulo IV.

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Impecable traje italiano, gemelos de oro, corbata de seda, bronceado de golf; el gerente se movía con cierta incomodidad en la todavía precaria oficina de la antigua planta impresora de la calle Azopardo donde La Prensa –el diario que Amalia Fortabat acababa de comprar en 1994– funcionaba luego del brillante negocio inmobiliario que sus anteriores dueños, Reynal y Agote, hicieron con el histórico edificio de Avenida de Mayo. El hombre venía de Loma Negra y yo de Playboy, que dejé para ser secretario de redacción del diario de Amalita. Cosas que hace uno. Quería ser parte de un histórico duelo entre viudas que nunca se produjo.

Intentaba ser cordial y lo era; esa gente con clase que pueden decir o pensar cosas espantosas sin perder el estilo. Ser destinado a ese galpón que algo tenía del clima opresivo de Brazil, la película de Terry Gilliam, no era el sueño de su vida. Pero ahora necesitaba saber cómo funcionaba ese monstruo que había comprado la señora. Y, amablemente, me saltó a la yugular.

–¿Asch, cuántas líneas por día escriben sus redactores?
–No sé. ¿Por?

Tenía la idea de pagar por producción. Es decir, por línea escrita. ¡El sueño de cualquier egresado de la Pitman! Abrí la boca, sin emitir sonido. Mi estupor debe haberlo desalentado, porque enseguida cambió de tema. Se preocupó por la disciplina. “¡Cuando llegué, toda la redacción estaba leyendo el diario!”, se indignó. Le expliqué que ésa era, justamente, parte del trabajo, y eso lo serenó. Entonces me pidió que improvisara una lista de viajes que se podían hacer en el año y qué incidencia, creía yo, podrían tener en las ventas. Traté de no ser irónico. Fallé.

–Bueno, si se muere el Papa, hay que ir a Roma; si no, no. Mire, los viajes dan prestigio, pero, el prestigio, un diario lo gana con el tiempo. Que por desgracia siempre será excesivo para cualquier administración. Pero no se deprima. ¡Un buen caso policial puede duplicarnos la tirada, je!
Sonrió irónicamente. Ambos sabíamos que la filosa punta de un iceberg nos esperaba en un rincón helado del mar editorial. Clarín casi que ni se esforzó, como sí lo hizo –y mucho– con Perfil, en 1998. En este diario, el enemigo estaba adentro.
¿Y en Boca? ¿También el enemigo está adentro?

Eso cree su presidente, Angelici, furioso con el traidor que filtró a la prensa el contrato de Bianchi. Ganar 2 millones de dólares anuales en estos tiempos suena medio indignante. Pero, tratándose de un negocio que mueve fortunas como el fútbol y un técnico con tantos pergaminos, en fin: no parece una cifra tan extravagante. En 2009, cuando Bianchi era mánager –contrato que también se hizo público–, ganaba casi lo mismo y la cifra no difiere de lo que cobran otros colegas exitosos fuera de Europa. El problema es que Boca tuvo un año muy malo y alguien tuvo la idea de calcular cuánto le costó el chiste al club. Fueron 50 partidos dirigidos, con 65 porotos sumados sobre un total de 150, lo que da: ¡30.769,23 dólares por punto! Buen título. El gerente de La Prensa se hubiese infartado.

¿Sospechosos? Uno, tan a la vista como en La carta robada, de Poe. El tesorero del club, Jorge Sánchez Córdoba; presidente del Banco Finansur, cuyo 70% es propiedad del Grupo Indalo, de Cristóbal López; a su vez, dueño de C5N, donde Eduardo Feinmann dio la primicia eufórico, papeles en mano. Pero, como tesorero y periodista son muy amigos y no lo niegan, la pista pierde algo de fuerza, por obvia.

Angelici se siente víctima de una operación política interna destinada, ¡oh paradoja!, a desestabilizar a Bianchi, un técnico que ni él ni Macri, su jefe político, jamás quisieron. Y, para colmo de males, el ex dirigente Carlos Giardino se tomó en serio la frase del presidente “En Boca no hay secretos” y ahora exige que se hagan públicos los contratos con Nike, Barcelona, La Candela y El Museo de la Pasión Boquense. Oh, no.

Ramón Díaz se ufana de no tener amigos; sólo socios y compañeros de trabajo. Bianchi cultiva otro estilo. Perfil bajo, cortés, pero distante, su ironía es más refinada, aunque a veces se le suelta la cadena, como cuando dejó solo, abrumado y balbuceante a su presidente en plena conferencia de prensa. Macri jamás le perdonó esa humillación.

Boca es clave para su proyecto político. El mismo lo reconoció, según consta en Wikileaks, en un almuerzo con la ex embajadora americana Vilma Socorro Martínez, donde confesó que si su gestión como jefe de Gobierno le sumó un 10% de votantes-país, el 90 restante se lo debe a Boca. Por eso, Angelici.

Que ahora, pobre, quedó atrapado en un campo de batalla, víctima de un sofisticado movimiento de pinzas digno del genio de Von Clausewitz. Debe salir a apoyar “a muerte” al técnico que le encantaría despedir en junio, cuando una cláusula le permita al club dar por finalizado unilateralmente el contrato. “Tiene un enemigo en el club”, advirtió Angelici, misterioso. Bianchi, irónico o distraído, la dejó pasar. “No creo tener enemigos, aunque nadie tiene unanimidad”, dijo; mientras los dirigentes hacen cola para criticarlo off the record, por casi todo. Sin el apoyo de la gente, ya lo habrían asado a la parrilla.

El presidente confía en el tesorero amigo de Feinmann y mira de reojo al resto de su comisión directiva. Nadie confía en nadie y cada cual atiende su juego. Se habla –y esto sí es exótico– de una interna política entre facciones del PRO de Capital. Los demás, peronistas o por serlo, se arriman donde más calienta el sol, esperando lo que se viene.

¿Riquelme? Ah, sí. Sigue lesionado. Volverá cuando quiera y, cuando decida hablar, provocará otro tsunami.

Sucede cíclicamente, como algunos fenómenos naturales.