martes 24 de mayo de 2022
COLUMNISTAS Opinión
29-04-2022 23:55

Guzmán y la curva de Phillips

29-04-2022 23:55

El pleno empleo representa el núcleo del pacto keynesiano, la base sobre la que se asentaba el Estado de bienestar, que se desarrolló durante la era de oro del capitalismo occidental. Para John Maynard Keynes el pleno empleo era una condición necesaria para lograr un verdadero equilibrio económico, que se tornaba en político cuando creaba las condiciones indispensables para garantizar una paz social duradera y estable.

Keynes sostenía que el pleno empleo aseguraría un aprovechamiento eficiente de los recursos humanos, productivos y de inversión y, lo que es prioritario en el clima de posguerra en el que el intelectual británico impulsó sus teorías, alejaría la posibilidad de nuevas crisis del sistema económico y financiero, como el Crack del 29 y la posterior Gran Depresión.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y en medio de la Guerra Fría, la mayor parte de los gobiernos de Europa y de Estados Unidos establecieron el objetivo de alejar la inestabilidad macroeconómica y el malestar social, implementado políticas keynesianas para promover el ideal de pleno empleo como motor que maximizaría la riqueza del país y de los ciudadanos, a la vez que alejaría el fantasma de cualquier tipo de estallido anticapitalista.

Pero la asfixia del sector público y la repetición de agudas crisis inflacionarias durante los setenta pusieron fin a la pax keynesiana cuando se demostró que la caída en la tasa de desocupación no era suficiente para contener elevados índices de precios. Llegó entonces el turno de propuestas de corte liberal y antikeynesianas, que cuestionaron el tamaño del Estado (big government) y empezaron a aplicarse de la mano de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en Gran Bretaña y en Estados Unidos para contener, principalmente, la escalada inflacionaria que, aseguraban, era producida por el desmedido gasto del aparato estatal.

El neoliberalismo se alimentó de los fracasos keynesianos, a medida que el debate sobre la relación entre empleo e inflación obligó a redefinir el paradigma.

No se trata, es bueno aclararlo, de un debate histórico o abstracto. Está menos alejado de la coyuntura argentina de lo que se supone: la relación empleo-inflación representa un eje de discusión central y prioritaria para el presidente Alberto Fernández y su ministro de Economía, Martín Guzmán.

Es que, si se observan los últimos y positivos índices de trabajo registrado, la economía argentina parece demostrar una clara señal de recuperación. En cambio, si el análisis se concentra en los altísimos niveles de inflación acumulada en los últimos años, la panacea se desdibuja.

Esta misma semana, por caso, Guzmán sacó a relucir las frondosas estadísticas de recuperación que ostenta la economía argentina en los últimos meses, para seducir al círculo rojo en un exclusivo encuentro realizado en el hotel Llao Llao por un centenar de encumbrados empresarios argentinos. Las cifras sobre reactivación se sucedieron en la presentación del ministro durante la cena de los CEOs reunidos en Bariloche. Pero a la hora de los postres, se acumuló una serie de reclamos centrados, principalmente, en el proyecto de impuesto a la renta inesperada y en la falta de un ancla gubernamental contra la inflación.

Se está generando empleo genuino por primera vez desde 2008

Según datos oficiales, la economía argentina se ha recuperado del embate de la pandemia en términos de creación de puestos de trabajo. De acuerdo al último informe publicado por el Indec, en los primeros meses de este año se consolidó un proceso de crecimiento del empleo privado, un fenómeno que se viene observando desde la finalización de la crisis desatada en Argentina cuando las restricciones por el confinamiento atentaron contra el mercado laboral.

Las cifras del Sistema Integrado Previsional Argentino (Sipa) muestran que en febrero el empleo creció un 0,5% en variación mensual, lo que significa que 29 mil personas se convirtieron en asalariados. Además, la cantidad de trabajo registrado del sector privado resultó un 0,9% superior (51 mil puestos más) en relación a la situación de febrero 2020, cuando la irrupción del Covid no había comenzado a manifestarse.

Lo alentador es que la tendencia positiva se viene registrando en las últimas mediciones. En los últimos tres meses, 80 mil personas accedieron a un empleo formal y en los últimos doce meses se crearon 210 mil empleos en el sector privado. No quedan dudas: el mercado de trabajo empieza a mostrar claros síntomas de haber superado la pandemia.

Por otra parte, y quizá esto es lo más positivo, se está creando trabajo genuino por primera vez desde 2008. En este sentido, debido a la fuerte expansión interanual del empleo, que superó al crecimiento de la participación de la población en el mercado de
trabajo, se produjo una reducción de 4 puntos porcentuales de la tasa de desempleo, que alcanzó al 7% en el trimestre. Es un valor inferior al verificado en el cuarto trimestre de 2019 y es uno de los índices más bajos de la serie en los cuartos
trimestres desde 2003.

El problema, por lo tanto, no parece ser el empleo para la Argentina actual. El problema, claramente, es la inflación. Desde 2018 y hasta 2021, la inflación acumulada argentina fue de 179,94%, lo que representa un promedio anual del 45% en un lustro. Mientras que para este año, las proyecciones del Banco Central pronostican un aumento del índice de precios que podría superar el 60%.

La inflación acumulada desde 2018 es de 179,94%, un 45% promedio anual

La encrucijada de la economía argentina plantea un sendero de pleno empleo que convive con altísimos niveles inflacionarios. Por lo que Guzmán debería estar atento al dilema que en teoría económica se conoce como la Curva de Phillips.

En noviembre de 1958, el economista neozelandés William Phillips, publicó un paper titulado “La relación entre el desempleo y la tasa de variación de los salarios monetarios en el Reino Unido, 1861-1957”, en el que estableció que durante el periodo estudiado se había producido una correlación negativa entre la tasa de desempleo y la variación de los salarios en la economía británica.

La hipótesis fue retomada en los sesenta, cuando después de encontrar patrones similares en otros países, dos economistas estadounidenses formados en la Universidad de Harvard, Paul Samuelson y Robert Solow, comprobaron que el trabajo de Phillips podía aplicarse a una gran variedad de casos históricos. De esta forma el vínculo entre inflación y desempleo quedó explicitado: cuando el desempleo era bajo, la inflación tendía a ser alta y, al contrario, en los periodos en que el desempleo era alto, la inflación tendía a ser baja.

¿Cómo “enfriar” la economía para ralentizar la espiral inflacionaria sin detener el virtuoso fenómeno de creación de empleo? ¿Cómo desarmar un proceso de peligrosos índices de aumentos de precio sin alterar el crecimiento económico? ¿Cómo lograr esta sintonía fina en una economía que arrastra problemas endémicos desde hace una década y que, además, acaba de atravesar una pandemia y enfrenta un endeudamiento histórico? Son muchas, y complejas, las respuestas que tiene que elaborar Guzmán.

Por lo pronto, el ministro fue contundente en Bariloche. “La receta simplista de bajar rápido la inflación generaría más inestabilidad y dañaría al país”, contraatacó Guzmán a los empresarios en su exposición dentro del majestuoso hotel de Bariloche.

Partiendo de Keynes, y sobre todo, siguiendo a Phillips, Guzmán deberá encontrar la salida. Porque un fantasma recorre la Argentina. Y no es la falta de trabajo, sino la licuación de los salarios que produce ese trabajo.

Se trata de un panorama sombrío que deja poco margen para celebrar en este Día del Trabajador.