Estoy llegando al hotel de un mitin demócrata realizado en el parque José Martí de la Pequeña Habana. Este típico barrio latino de Miami fue el lugar elegido por el candidato a diputado demócrata Luis García y el aspirante a gobernador del estado de la Florida, el demócrata Lim Davis, para hacer una de las últimas apariciones públicas antes de la crucial elección de pasado mañana, martes.
Los actos norteamericanos no son masivos. El grueso de los concurrentes son militantes que ven ingresar a los candidatos sin la euforia que se puede ver en Argentina, Uruguay o Brasil. No hay discursos extensos ni micros estacionados en los alrededores. Como muestra basta decir que Davis habló menos de diez minutos.
Militantes enfundados con remeras desde las que miran los candidatos van llegando a la plaza para el acto que les servirá de previa del que más esperan: en unas horas estará aquí para otro mitin el ex presidente Bill Clinton. Entre todos, resaltan los hispanos que parecen los más entusiastas. “Este es un tiempo de hermosa esperanza para los demócratas y para todo el pueblo norteamericano”, me dice uno de ellos.
Mirando con cierta distancia la pequeña multitud está Angel, un negro que vive en la calle, que llegó hace tres décadas de Cuba y que me cuenta que “se había ido (de Cuba) pero no tenía rencor”.
Davis marcha segundo en las encuestas, muy cerca de Charlie Crist, el republicano que aparece como favorito para la elección de este martes y que mañana recibirá el apoyo del ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani que vendrá aquí a participar de un acto. Pero tal vez eso no sea lo más importante.
Lo central es que este acto era imposible e impensable hace cuatro o cinco años: esta zona votaba en forma masiva al partido republicano al punto que eligió para que los gobierne a Jeb Bush, el hermano del presidente, quien corre el riesgo de perder su última elección antes de dejar el poder dentro de dos años.
El candidato demócrata comenzó su discurso con una frase que tomará todo su sentido el martes a la noche: “Es fantástico ser demócrata y amar la libertad hoy en Estados Unidos”. Aunque Florida es un distrito que les resulta adverso, se huele la victoria demócrata en la Cámara de Diputados.
Si se indaga en las razones de lo que puede pasar el martes, no hay voces disidentes. Periodistas, encuestadores, activistas y políticos con los que nos entrevistamos coinciden en hablar de la guerra en Irak. Un taxista, la vendedora, el mozo de un bar, cualquiera sea su color de piel o su origen étnico o cultural, coinciden en que la agenda de las elecciones legislativas (y a gobernador en 33 de los 50 estados norteamericanos) está signada por Irak y esto es así en todo el país.
Los analistas creen que los demócratas ganarán Diputados, pero aún no está claro si podrán arrebatar a los republicanos el control del Senado.
El factor Irak. Sergio Bendixen, uno de los principales encuestadores del Partido Demócrata, sostiene que en relación al voto hispano en la Florida la guerra es la principal razón de la previsible derrota republicana. “Irak, Irak, Irak”, me insistió. Y me explicó que son tres las razones que están enraizadas en las fuertes creencias del estadounidense medio. La primera y mas importante no son las mentiras de Bush sino el fracaso de las mentiras, y es que no toleran la falta de éxito; la segunda es el costo humano de soldados norteamericanos, y la tercera, la perdida de imagen ante el mundo causada por al guerra.
Sin embargo, en esa respuesta tan clara comienza la pregunta más compleja: ¿Qué de la guerra de Irak exaspera tanto a los estadounidenses? Una importante porción de la población no sólo le ha retirado la confianza a Bush, sino que ni siquiera soporta ver la imagen del presidente en la televisión, como me lo han referido algunas mujeres profesionales que ya han elegido votar a los demócratas.
La sensación de que Bush ha mentido es muy fuerte. En el origen del conflicto, está la duda del pueblo acerca de la efectiva presencia de armas de destrucción masiva, pero lo que más duele a los votantes es que el presidente afirme que van ganando cuando las imágenes que muestran los televisores es la diaria y continua muerte de los soldados estadounidenses.
El relato de historias de vidas de militares muertos es un tema dominante en la televisión en los últimos meses, lo que ha colaborado a exasperar la conciencia moral del estadounidense medio que apunta su indignación contra Bush. La voz presidencial recortada en el desastre de la guerra marca el punto en que la hipocresía del poder se convierte en agravio para la ciudadanía.
Bush, que ya no cuenta ni siquiera con el entusiasmo republicano, hace sus últimos esfuerzos intentando imponer la agenda económica. Pero parece poco y tarde, y por eso dedicó estas horas a una fuerte apelación al miedo y al terror.
La batalla religiosa. Según cuentan los diarios, el presidente Bush afirmó que la victoria de los demócratas equivaldría a un triunfo del terrorismo y a una derrota de Estados Unidos. Esta apelación no es inocente; ocurre que el escenario maniqueo de los norteamericanos o los terroristas le dio enormes ganancias en el pasado y le posibilitó una agenda conservadora de pérdidas de derechos matizado con religiosidad hipócrita.
El principal arma de los republicanos mas conservadores gira en relación a algunas cuestiones vinculadas al aborto y los casamientos entre gays propuesto en distintas enmiendas a las constituciones estaduales, que también se votan el martes. Como uno de los problemas mas grande de los republicanos es que la gente vaya a votar tratándose de una elección de mitad de mandato y en el período final de Bush, lo que intentan es una fuerte apelación a los votantes republicanos con temas que los seduzcan y los lleven a emitir su voto.
El presidente lleva tras de sí al sector mas conservador de los protestantes. Por su parte, los católicos, que se están convirtiendo en un sector cada vez más importante a través del voto hispano inmigrante, acompañan en forma mayoritaria a los demócratas. Esta misma tendencia es posible advertir en los judíos, que han sido en su mayoría demócratas a lo largo de la historia.
En Washington, distintos activistas demócratas ya hablan de la coalición de una nueva mayoría, que incluye a sectores interreligiosos importantes de cara a las elecciones presidenciales de 2008.
Aquí, en Florida, donde el voto hispano es importante y es uno de los pocos lugares donde han acompañado a los republicanos, pueden notarse, sin embargo, ya algunas quejas porque en los sectores vinculados a la inmigración hay un fuerte rechazo a la construcción del muro en la frontera con México. “Podemos construir una nueva mayoría como sucedió con Roosevelt y con Kennedy”, me dijo una mujer después de haber escuchado el breve discurso del candidato demócrata.
Esta elección puede marcar el inicio de una coalición interesante de cara a las elecciones presidenciales de 2008. Coalición que estaría caracterizada por al interreligiosidad y la interculturalidad, dado que, aún con intereses distintos, hombres y mujeres de distintas creencias religiosas, inmigrantes y provenientes de distintas culturas, blancos, hispanos y negros, podrían confluir en un voto que trate no de confrontar sino de dialogar acerca de las cuestiones más importantes de la sociedad estadounidense.
Por el contrario, las cuestiones morales complejas, planteadas desde la absoluta intolerancia, desde los sectores más ortodoxos de la derecha protestante podría ir perdiendo terreno, aunque es claro que esto tendría variaciones importantes de acuerdo a la cultura de cada estado.
No hay que creer, sin embargo, que el escenario entre demócratas y republicanos sea tan claro. En el sur, por ejemplo, algunos candidatos demócratas parecen republicanos. En Tennessee, el demócrata Harold Forj, que busca el escaño de otro demócrata, Bob Corker, es sumamente conservador y se opone al matrimonio entre homosexuales. En Pennsylvania otro dirigente de ese partido, Bob Casey, es un católico que se opone al aborto.
En un país donde el 90% de su población tiene creencias religiosas profundas, no seria malo empezar con un dialogo interreligoso que excluya las visiones más cerradas e intolerantes y en algunos casos llenas de hipocresías provenientes de sectores vinculados a Bush. Hipocresía que quedó demostrada en los escándalos sexuales que se abatieron sobre algunos legisladores republicanos.
Lo que queda claro hoy en Estados Unidos es que las sociedades pueden ser engañadas un tiempo pero no pueden serlo siempre, en forma permanente. El presidente Bush a partir del atentado a las Torres ensayó una política y la llevó a cabo con fuertes restricciones a las libertades civiles, que culminaron en estos días con la legitimación de métodos de interrogación de sospechosos de terrorismo que podrían ser calificados, sin ninguna duda, como tortura.
Sembró el miedo a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos como forma de lograr legitimación a una política de seguridad nacional y a una política de intervención en Oriente Medio. Este exceso de poder es lo que va a cuestionarse en las elecciones de pasado mañana. Hace dos años muchos estadounidenses libres amantes de los derechos civiles se preguntaban cómo era posible que el pueblo no se diera cuenta; hoy parece estar reaccionando al exceso de poder y a la mentira. Los hechos no pueden ser comparados con la Argentina de hoy ni en lo interno ni en lo externo; lo que sí puede claramente advertirse es que las sociedades lentamente van saliendo de la confusión, se les va develando, por la propia fuerza de la verdad, la mentira, la parodia, la prepotencia. Lo que ayer amaban hoy empiezan a despreciar.
El caso de Misiones también muestra en Argentina de qué modo las sociedades van reaccionando frente al exceso del poder. Quién quiera leer que lea. Mientras tanto, el Miami Herald publicó que se va a levantar un muro entre Argentina y Uruguay. Ya se sabe que el tema del muro está asociado a la iniciativa de Bush de poner un muro en la frontera con México, lo cual le valió el rechazo de los inmigrantes.
En enero de 2001, cuando investigábamos junto a Gustavo Gutiérrez el lavado de dinero en Argentina me toco estar en Washington el día de la asunción del presidente Bush. Seis años después, poder recorrer parte de Estados Unidos observando esta elección y encontrarnos en Nueva Orleans el martes a un año del huracán Katrina es una hermosa experiencia, sobre todo si Bush es derrotado por una tan buena causa como es el rechazo a sus mentiras y al despliegue de su violencia sobre Irak.
Con Clinton. Como toda la campaña demócrata, el acto del que Clinton fue la figura estelar se hizo en el Joseph Calep Auditorium, un lugar pequeño cercano al aeropuerto donde poco más de 150 personas se reunieron para escuchar los 10 minutos que el ex presidente dedicó a explicar su apoyo a los candidatos de su partido. Pero lo que más me sorprendió no estaba adentro sino en la puerta, donde me encontré con madres de los soldados muertos en Irak. Una de ellas, una simpática costarricense, Melida Arredondo, me muestra su método de protesta contra Bush: una camioneta con un cajón cubierto con la bandera de EE.UU. que representa a su hijo muerto en la guerra. “El gobierno recluta a las tropas entre los hijos de inmigrantes pobres”, me dice. Me cuenta que reza para que vuelva su otro hijo que aún está en combate.