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COLUMNISTAS / lecturas
viernes 24 agosto, 2018

Ensayo nocturno

Al principio, en los primeros años, el insomnio era efecto de los contrastes entre sombra y luz que se agitaban sobre la ventana-mirilla de vidrio esmerilado.

por Daniel Guebel

default Foto: CEDOC

Al principio, en los primeros años, el  insomnio era efecto de los contrastes entre sombra y luz que se agitaban sobre la ventana-mirilla de vidrio esmerilado. El terror a lo desconocido que aguardaba del lado de afuera, detrás de la puerta.  El demonio, con su tridente, fantasma cultivado por una señora de limpieza, evangelista, que me contaba los cuentos del cielo y del infierno y al final de cada cuento repetía como una moraleja: “Como vos no creés en Cristo, cuando mueras te vas a ir para abajo”. Por suerte, ahora, Francisco asegura que el infierno no es un ámbito físico sino un estado del alma. Pero al parecer el temblor y el temor de la condena eterna no me abandonaron del todo, porque el insomnio vuelve hasta convertirse en un hábito. Lo que ahora da su señal de comienzo es el terror al futuro próximo. La lectura de las catástrofes por venir (que pasan de la ecología a la economía, de la política a las nuevas poéticas) le abre la puerta al demonio del deseo de dormir y no poder hacerlo.

Frente a ese panorama carece de sentido abrazarnos a la almohada y cantarnos las viejas canciones infantiles. Como el desvelo nos atrapa  con un súbito sacudón, pasamos a la vigilia en un estado de sopor que no augura las mejores posibilidades. Antes, yo iba tambaleándome al living y prendía la televisión, buscando que la imagen idiota de las ventas de productos me adormeciera lo bastante, pero ahora la repetición al infinito de la violencia de los programas periodísticos y el griterío evangelista no ayuda a recuperar lo perdido. Así, lo mejor es estirar una mano al costado de la cama y agarrar un libro. Yo suelo leer novelas antes de dormirme, porque, si el autor está bien elegido, la música de la prosa me lleva a un estado de placer que augura lo mejor (aunque luego se vea interrumpido por el automatismo de la desgracia).  Y lo mismo hacía al despertarme en medio de la noche.

Pero luego, en la repetición del despertar, comprendí que, así como las novelas llevan a la promesa del buen dormir, es el ensayo lo que debe acompañar su interrupción, porque el sopor del despertar ingrato es antitético del placer vivido y no se recupera así como así, en esas malas condiciones. En cambio, el ensayo no exige el efecto inmediato de la buena prosa, sino que apela a la iluminación de la inteligencia. Y como la inteligencia es aquello que menos despierto está en ese despertar, el choque entre la que se percibe en lo leído y la falta que percibe en sí mismo quien lee insomne produce un choque. Leer ensayos semidormido, y en espera de la madrugada, cuando el regreso de la luz permite la disipación de los fantasmas, es apostar a la iluminación que produce la incomprensión cuando la inteligencia está corrida de lugar.


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