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Enseñando a odiar

06-11-2021-logo-perfil
. | Cedoc Perfil

Ya se ha hablado lo suficiente acerca del consumo feliz de la literatura: Borges le dedica un largo párrafo el asunto en Borges para millones, la película que Ricardo Wullicher filmó en 1978. La cita es un poco larga, y yo odio las citas y sobre todo las citas largas, así que voy a resumirla así: si no existe el placer obligatorio, ¿por qué debería existir la lectura obligatoria? El placer y la felicidad se buscan; la lectura es una de las formas de la felicidad, de modo que hay que leer mucho y buscar la felicidad personal, que es el único modo de leer. Borges más o menos dice eso.

Pero del mismo modo que sabiendo que Adán y Eva pecaron al comer una manzana en el Paraíso nada impidió que siguiéramos comiendo manzanas como si nada hubiera sucedido, no importa lo que Borges haya dicho, se sigue insistiendo en la lectura obligatoria en las escuelas. De lo que en muchos casos a fin de cuentas resulta un odio apasionado por la literatura (de acuerdo, de acuerdo, no faltará quien recuerde a su maestro de sexto grado que lo incitó a leer vaya uno a saber qué bodrio que marcó un hito en su vida como lector, un vago remedo de La sociedad de los poetas muertos, tal vez una de las peores películas del siglo XX y que peor influencia tuvo en los maestros del mundo entero: ningún maestro del mundo entero tuvo, tiene o tendrá a un guionista como Tom Schulman que le sople lo que debe decir. 

De modo que los maestros del mundo entero, solos, abandonados a sí mismos, náufragos rodeados de un mar asolado por tiburones hambrientos, deberían saciar el hambre de los alumnos con mala literatura, de manera que el resultado fuera un odio singular por lo que no vale la pena. Para ello Tom Schulman no hace falta, la tendencia natural del hombre es hacia lo malo y lo pecaminoso, nadie necesita un guionista para ello. Naturalmente, es decir con naturalidad, el maestro podría dar rienda suelta a sus propias intuiciones, proponer bibliografía nefasta que deje conformes a los progenitores del alumnado, y de ese modo lo que se lograría sería legiones de egresados que odiarían la mala literatura. Me parece una finalidad altísima, hacia la que deberían dirigirse todos los esfuerzos de todos los ministerios de Educación del globo.

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Sin embargo, con criterios dudosos, ministerios por un lado y maestros por el otro se sienten con la libertad de proponer lecturas edificantes, joyas de la literatura leídas en versiones abreviadas, con la idea errada de que así promueven en los bípedos implumes que asisten a las escuelas un auténtico amor por las letras. Quienes terminamos siendo lectores empedernidos lo fuimos no gracias a la escuela, sino a pesar de ella. Tal vez comprendimos demasiado temprano aquello que Borges nos decía desde la pantalla en 1978. Tal vez intuíamos –como aquellos que intuyen una traición, o la existencia de las ruinas de un templo ocultas por la selva, o la escopaestesia, esa rara sensación de estar siendo observados– que el tedio de leer el El Cid Campeador de María Teresa León debía necesariamente tener su correlato, o mejor dicho su contrario. Y así llegamos a libros que hubiésemos odiado de haber sido obligados a leerlos. 

El mundo es uno, indivisible, lleno de cosas para oír, de cosas para ver, de cosas para leer, de cosas para amar y odiar. De manera que no apruebo en absoluto la inclusión de buenos textos en los programas educativos. Hay que enseñar a odiar, a despreciar; hay que lograr que los alumnos miren hacia atrás y observen con revulsión lo que dejaron: la literatura es un bosque lleno de claros donde se respira el olor de los azahares, y donde acechan peligros y venenos, todas cosas con las que la escuela no debería meterse.