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Entre quizás y jamás

Las potencias lograron una negociación histórica con Teherán. Los costos del pacto de Ginebra. El pragmatismo de Hassan Rohani. El impacto en el tablero mundial. Las dudas, las presiones y el temor de Israel.

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A comienzos de los 50, el cantante Bobby Capó ensoñaba a su audiencia con el bolero Quizás, quizás, quizás. Una de las estrofas dice: “Así pasan los días / y yo desesperando / y tú, tú contestando: / ‘Quizás, quizás, quizás’”.

Con dicha canción de fondo, el Grupo 5+1 (Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido, China y Alemania), e Irán llegaron a un “acuerdo histórico” en Ginebra que lleva al “congelamiento” de las actividades atómicas persas durante seis meses. Obama dijo que habían “cortado los caminos más probables de Irán hacia una bomba”. El gobierno iraní asumió el compromiso de frenar el procesamiento de uranio enriquecido hasta el 20% y –a partir de ahora– sólo podrá hacerlo por debajo del 5%, lo que se corresponde con un uso civil. Adicionalmente, el de no seguir desarrollando las plantas nucleares de Fordo y Natanz, ni la de agua pesada de Arak –en construcción–.

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Bobby Capó se aclara la garganta: “Siempre que te pregunto / ¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? y ¿Dónde?, / tú siempre me respondes: ‘Quizás, quizás, quizás’”. Obama también entonó la suya y aseguró que si Irán no cumple “completamente” con sus compromisos, el país que preside volverá a gatillar las sanciones económicas y revocará las ayudas que fueron concedidas.

El 26 de noviembre, días después de la firma, el ministro de Exteriores de Irán, Javad Zarif, declaró que el texto del acuerdo ginebrino liberado por Washington “era inexacto”. El 27, ante legisladores, que la construcción de las instalaciones de Arak “continuaría”. Thomas Donnelly, un activo analista en asuntos militares neoconservador, proclama que los únicos garantes de la estabilidad global son el poder militar de los Estados Unidos y el intervencionismo. Bobby Capó, si viviera, cambiaría la letra del bolero, que repetiría: “Jamás, jamás, jamás”.

Con el celo de un tigre, Benjamin “Bibi” Netanyahu –primer ministro israelí– se hizo oír: “Lo que se ha acordado en Ginebra no es un acuerdo histórico sino un error histórico (...). Hoy el mundo se ha convertido en un lugar mucho más peligroso.” Cuando se trata de cuestiones que considera vinculadas con el nacimiento y la muerte de su patria (fuentes de donde los individuos nos procuramos nuestras sensaciones de amor y de duelo), el premier no tiene medias tintas.

Durante 2012, Israel se aprestó a lanzar una operación militar contra Irán, que Washington logró detener mediante una gran presión diplomática (y filtrando detalles sobre las vulnerabilidades de su capacidad militar). Aquí, en la sala donde suele reunirse semanalmente el Consejo de Ministros israelí, Bobby Capó musita: “Estás perdiendo el tiempo / pensando, pensando, / por lo que más tú quieras / ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuando?”.

Desde aquel entonces, Netanyahu ha peregrinado por las capitales europeas. Un post en un periódico israelí dice: “Bibi tapa con discursos su descrédito internacional”; “no es escuchado en el tablero de los ‘importantes’”; “debería actuar y hacer para su pueblo, que cada vez estamos peor”. Los más impiadosos siempre son de la familia.

Debido a su reacción, Netanyahu también fue criticado por Yitzhak Herzog, presidente del Partido Laborista y jefe de la oposición. “Es un acuerdo interino”, precisó. Fríamente apasionado, servidor de revanchas y devociones, el presidente Shimon Peres tocó la misma cuerda (aunque en otro registro) al manifestar que un acuerdo temporal merece que sus consecuencias sean juzgadas de acuerdo con los resultados en el terreno. Posiblemente por sus años de servicio a su país (a los 90 años, es el jefe de Estado más patriarcal del orbe), y por haber oteado el sillón del dentista celestial, subrayó que la opción diplomática es preferible.

Por su lado, el ministro de Exteriores británico, William Hague, dijo que el acuerdo demostraba que es posible trabajar con Irán, y que era bueno para el mundo, incluidos los países de Oriente Medio, para agregar, sin siquiera un resuello, que las preocupaciones que el acuerdo dejaba en Israel eran legítimas. Tras anunciarse el acuerdo de Ginebra se supo que, antes de las elecciones presidenciales de junio en Irán, la inteligencia israelí había detectado contactos secretos con Estados Unidos previos a que Obama informara a Netanyahu que negociaba con Teherán. A falta de WikiLeaks, siempre hay una “garganta” ansiosa por cumplir con su función anatómica.

Este tramo recién comienza; repasemos el cuadro general de situación. En el Oriente Cercano, varios protagonistas de peso comparten señorío regional. Dos teocracias islámicas rivales (por pertenecer a dos sectas irreconciliables): el Irán chiita y la Arabia Saudita sunita; una sola potencia nuclear integral: Israel; un pueblo errante en su propia tierra: el palestino; y una nación bifronte y freudiana, Turquía, que quiere –a la vez– ser europea, asiática, islámica, occidental, moderna, poderosa y democrática.
Siria, árabe y laica, pero de raigambre alauita-chiita, recibe apoyo militar decisivo de Teherán. Egipto, también árabe y laico, ve declinar su perenne preeminencia por culpa de la primavera musulmana y del invierno de Mubarak; con lo que solamente le queda aguantar el temporal aceptando el doble monitoreo de Washington y de Ryad, consolado por la caída anual del maná de dólares en ayuda militar.

Nada habrá de cambiar negativamente para Irán si sigue siendo un país nuclear sin bomba atómica. Habrá despojado –provisoriamente– a Israel de su principal argumento para predicar la opción militar. Adicionalmente, habrá permitido a Estados Unidos disminuir el riesgo de iniciar otro conflicto militar en un tablero en el que quedan registradas dos retiradas con magullones: Irak y Afganistán.

Observemos que la antigua Persia, en tanto que víctima, tiene razones para recordar que el desequilibrio de la zona se alteró a partir de 1948 y de 1952. La primera fecha marca el nacimiento del Estado de Israel y el incumplimiento británico de la promesa de crear en la Gran Siria un Hogar Nacional Arabe, hecha por sir Henry McMahon al jerife de La Meca y que era la contrapartida de la declaración Balfour a favor del pueblo errante judío; la segunda, el golpe de Estado británico-norteamericano contra el gobierno democrático persa de Mohamed Mossadegh, a raíz de la nacionalización de la compañía petrolera Anglo Iranian.
Sin duda, el poder de los cabilderos israelitas en el Congreso norteamericano se hará sentir con fuerza y el premier Netanyahu deberá atender la protesta del grupo religioso de la Knesset.
Pero la diplomacia, herramienta siempre oxidada y siempre utilizable, como lo acaba de recordar Shimon Peres, parece haber encontrado creyentes neófitos entre las potencias centrales del mundo, incluyendo a Alemania. Israel deberá encontrar en su libreto de inflexibilidades alguna armonía con la tendencia al diálogo que emana ahora de la Casa Blanca. Y mantener su lugar entre los grandes, lo que le sería menos trabajoso si aceptase incluir la negociación sobre Palestina.

En suma, el calibre de los actores, la dimensión de los problemas y la peligrosidad encarnada por todo crecimiento de los extremos no permiten mucha dilación para ampliar compromisos diplomáticos certeros.

La proximidad de fines e intereses entre Washington, Arabia Saudita, Turquía e Israel no debería configurar un cauce infranqueable con Teherán, Damasco y Bagdad (recordemos que Nouri al-Maliki y su partido son chiitas). Nada interesa más a Irán en lo inmediato que ser reconocido como potencia regional y recuperar sus divisas, para lo cual estaría dispuesto a jugar a favor de la estabilidad.

Lo firmado el sábado 23 podría ser votado como “no positivo” por los ayatolás extremos en Persia, roído por los activistas pro guerra en Tel Aviv y Washington, y desdeñado por los fogosos príncipes sauditas. Pero deja abierto un vaso comunicante inexistente antes.

Rusia, merced a su intervención al borde del abismo con Siria, ha cosechado una interlocución diplomática paritaria en el ruedo de los extrarregionales. Moscú ha regresado en Oriente Cercano a un palco avant-scène. Con abono.
Como se ha intentado mostrar, entre “quizás” y “jamás” vacila la suerte del mundo