La imagino risueña trepada a un árbol de pomelos. Así la encontré por primera vez, bajo el árbol de su casa de Don Bosco. No era un pomelo, creo que un pino, grande, histórico, y su perro amado, dando vueltas a nuestro alrededor. Griselda Gambaro, que acaba de terminar su vida, como quien concluye una novela, me contaba en un documental que hicimos juntas cómo había empezado a escribir. Su primer recuerdo, en sexto grado, composición tema: “El pomelo”. Había sacado la mejor calificación y el productor auspiciante del concurso escolar le entregó un cajón de frutas. Aunque en su casa la miraron raro –“yo leía mucho y parecía una haragana, también escribía de manera oculta”–, se pusieron contentos y tomaron todo el jugo.
Griselda comprendió desde hace tiempo que lo personal es político. “Tenía necesidad de escribir, vicio o virtud de pasarlo todo a la escritura, defenderme con la literatura, tomar y dar palabras.” No solo se tuvo que ir durante la dictadura, (Videla había prohibido su novela Ganarse la muerte, ¡por decreto!), sino que se las ingenió para volver antes de tiempo y estrenar en 1981 una obra contestataria y genial, La malasangre. “Todavía estaba la dictadura cuando volví de España, aunque muy deteriorada, mi obra llegó en un momento justo, la gente necesitaba ciertas palabras, La malasangre se las decía”. La obra sucede en tiempos de Rosas, aunque la historia es la misma de siempre. “Lo que quería contar no podía ocurrir en el presente, la hubieran prohibido, y yo quién sabe dónde estaría… El siglo pasado me permitía denunciar el poder, la autoridad desmedida”. El estreno fue interrumpido, pero nadie se levantó de las butacas.
Mientras me contaba la historia de su regreso, subimos las escaleras y me mostró la biblioteca, ordenada por nacionalidad, género, y un anaquel importante para “los autores y libros que quiero especialmente”. Ella era así, firmeza y cariño en un mismo gesto. Recuerdo que aquella tarde inolvidable hablamos de su novela Lo impenetrable, escrita para ganar el premio de novela erótica La Sonrisa Vertical. Sólo la originalidad del título lo valía.
Un silencio nos acompañaba en el recorrido de la casa, quizá el de la misma Griselda. Ella prefería quedarse en su cuarto a escribir, pocas veces salía, a un estreno, a visitar una amiga, a compartir algún viaje con su marido, el entrañable artista Juan Carlos Distéfano, fallecido en julio del 2026. Griselda se las arregló para alcanzarlo, decidida, como siempre. Los dos fallecieron este año, amor de artistas reales, afincados en sus obras y su casa.