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Grotesco y poder

06-11-2021-logo-perfil
. | Cedoc Perfil

En Youtube circulan videos del ex presidente ruso Boris Yeltsin borracho en apariciones públicas. Sus bailecitos se convirtieron en un clásico del grotesco en la política y, por qué no, de la humanización del poder. Una humanización que dista de ser positiva, ya que demuestra que el poder no impide que quien lo detenta llegue a ser un hazmerreír. Alguien podría decir que fue un clima de época: por esos años Clinton tenía sexo en la oficina y nuestro Carlos Saúl corría picadas en su Ferrari. 

Hace un año, la pandemia cedía el paso en las noticias a ese episodio tan inquietante como grotesco que fue la irrupción de tipos disfrazados con cuernos, pieles y dixie flags en el Capitolio, marcando, tal vez, el regreso de una moda. Las redes se llenaron de ironías del estilo “Menos mal que Estados Unidos era un país serio”. Lo que vino después, de la temblorosa mano de Joe Biden, puede resultar deprimente si se lee términos geopolíticos o económicos, pero menos triste que insólito si se lee en términos de imagen presidencial. Biden puteó públicamente a un periodista opositor, argumentando luego haber creído que su micrófono estaba apagado, reconociendo, en definitiva, estar hablando solo. Unos meses antes, había interrumpido una conferencia llamando a su mamá en un episodio confuso que sus defensores juzgaron de humorada y sus detractores de locura senil.  

Que ese tipo de cosas sucedan con Pepe Mujica diciendo hace unos años que CFK era una “vieja peor que el tuerto”, pensando que nadie lo oía, puede que no nos llame la atención porque marida muy bien con sus alpargatas y el nulo peso geopolítico de Uruguay. Pero que la potencia a la que miramos, adoramos y odiamos todo el tiempo esté cultivando el grotesco con metódica periodicidad, da para especular. Aunque quizás sea el resultado natural de un tiempo en que la definición de poder parece haberse disuelto en una nube de abstracciones.

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