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Hacia dónde va la economía

Más que del populismo, los inversores parecen desconfiar de la cultura económica argentina, sea con gobiernos populistas o de derecha, donde por un motivo o por otro sólo se disciplinan las cuentas fiscales después de una explosión.

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CINCO MINISTROS para lo que fue un ministerio: Dujovne, Caputo, Cabrera, Dietrich y Aranguren. | Cedoc Perfil

Brasil tiene la suerte de tener un presidente débil como Temer, que a cambio de no ir preso es capaz de aprobar todas las leyes impopulares que ningún político que quisiera ser votado se atrevería a promover. Leyes como la reforma laboral y la responsabilidad fiscal, que le devolverán a Brasil su competitividad tanto en el sector privado como en el estatal. Temer en Brasil cumple el papel de Duhalde: crear las condiciones para el crecimiento posterior. La Argentina está peor porque Macri no quiere o no puede hacer lo mismo.

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(Director de un fondo de inversión especializado en Latinoamérica)

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En Argentina: ¿estamos mal pero vamos bien? ¿Estamos mal y vamos hacia una explosión? ¿O estamos mal y no vamos a ninguna parte? Otras tres preguntas: ¿Después de las elecciones el Gobierno lanzará un paquete de medidas que le dará rumbo a la economía? ¿Después de las elecciones el Gobierno lanzará un paquete de medidas que profundizará la crisis? ¿O después de las elecciones el Gobierno no podrá conseguir que el peronismo dividido le apruebe nada en el Senado?

Obviamente, el Gobierno cree en la primera de ambas alternativas; la oposición, en la segunda, pero los inversores, en la tercera. Por eso no “llueven dólares” en Argentina y sí en Brasil, que –a pesar de su crisis– en 2016 recibió la séptima mayor inversión extranjera directa del mundo: 80 mil millones de dólares, trece veces más que Argentina con un producto bruto que no alcanza a ser cuatro veces mayor.

Al revés, la popularidad del presidente Temer (que ya bajó a sólo 5%) es diez veces menor que la de Macri. Pero aun así se duda de que pueda ganar las elecciones en la provincia de Buenos Aires y recibe “fuego amigo” desde dos perspectivas opuestas: quienes creen en el mercado y le reprochan no haber hecho lo que hizo Temer en Brasil, y quienes siendo más pragmáticos le reprochan haber instrumentado mal los cambios, con la consecuencia de aumentar el enfriamiento del consumo y las posibilidades electorales de Cristina Kirchner. 

El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, sostiene que, al contrario, la Argentina está mejor que Brasil y mejor que ella misma desde 2013, último año de viento de cola para Latinoamérica. Exhibe como prueba el crecimiento del producto bruto en el segundo trimestre de 2017, de 3,3% sobre 2016, lo que significa recuperar lo perdido y volver a los niveles totales de 2015 (pero la población aumentó estos dos años 2,6%).

Dujovne explica que este crecimiento, al no estar anabolizado por ningún tipo de práctica económica heterodoxa como el desagio en el Plan Austral de los años 80 o la convertibilidad con el dólar en los 90, es un crecimiento sustentable en el tiempo y no como en los planes anteriores, donde se crecía por pocos años para derivar en una crisis posterior. Agrega que como Brasil es nuestro principal socio comercial y hacia donde va la mayoría de las exportaciones elaboradas de Argentina, la reducción del producto bruto de Brasil en 2016, cercana al 4%, bajó automáticamente 1% el de Argentina y fue responsable por casi la mitad del 2,3% de la caída del producto bruto de Argentina en 2016. Y cuando Brasil mejore sumará mejoras a nuestra economía.

Pero los inversores internacionales y no pocos de los locales no le creen. Primero porque si en Brasil se aprobó una reforma laboral y en la Argentina no, bajarán los costos de fabricación de productos en Brasil, aumentando la productividad de las fábricas brasileñas sobre la de las nuestras, haciendo que sea cada vez más difícil vender productos argentinos en el Mercosur.

Una demostración es que el argumento de nuestro gobierno, sobre que los inversores esperan a ver que Cristina Kirchner no gane las elecciones de octubre para confirmar que el populismo esté definitivamente superado, no se compadece con que en Brasil invierten aun viendo que Lula está primero en las encuestas a nivel nacional y no de una provincia, aunque importante, como Buenos Aires.

Más que del populismo, los inversores parecen desconfiar de la cultura económica argentina, sea con gobiernos populistas o de derecha, donde por un motivo o por otro sólo se disciplinan las cuentas fiscales después de una explosión. En Brasil, Lula tuvo una economía ordenada y Dilma –a quien le tocó el ciclo de caída del precio de las materias primas– nunca imprimió dinero para financiarse, como sí lo hizo el kirchnerismo, y mantuvo la inflación siempre por debajo del 8% anual. 

Los inversores creen que Macri, como todo futbolero, quiere que lo aplauda la tribuna y también está atravesado por cierto eclecticismo de la cultura económica argentina. La relación con el precio del dólar es uno de los síntomas de nuestro folclore financiero.

En Argentina, por ser el más democrático de todos los países latinoamericanos, la dirección hacia dónde va su economía no la deciden las elites, como pudo ser en Chile, serlo hoy en Perú y por momentos en Brasil. Y las visiones sobre el funcionamiento de la economía son parte de los mitos y las creencias sociales.

Es probable que la Argentina no pueda por mucho tiempo ser un país “normal” en materia económica por el efecto que tienen en la conciencia colectiva varias hiperinflaciones, el default de 2002 y setenta años de un mayor protagonismo del Estado en la economía, que no sólo implementaron gobiernos peronistas sino también radicales y hasta las dictaduras militares.

Tampoco nos ven "condenados al éxito" ni a ser eternos. Híbridos en evolución moderada

Es probable que en 2019, gobierne Macri o un peronismo institucionalizado, la economía argentina vaya confluyendo hacia un híbrido sui géneris que represente mejor la iconoclasta cultura nacional. Con mejor técnica, aunque la misma alma.

La economía es cultura, la mayoría de los países asiáticos crece, trabaja y ahorra distinto que nosotros. Adam Smith era filósofo y se hizo economista para tratar de entender la sociedad y al ser humano. Casi veinte años antes de escribir su conocido libro La riqueza de las naciones, había escrito La teoría de los sentimientos morales, cuyas consecuencias económicas explica didácticamente el artículo del ex profesor de Sistemas Económicos Comparados de la UBA Ricardo Girardi, (e.perfil.com/alquimias-economicas).

Más que “condenados al éxito” (como decía Duhalde en 2002), estamos anclados en nuestras creencias, y tendremos que mejorarlas.