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Herodes de libros

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Libros | Unsplash | Ed Robertson

Mi amiga no me permite dar su nombre, pero sí contar su periplo. Con miles de seguidores en las redes, le sucedió lo que a muchos influencers: una editorial importante la convocó para publicar un libro. Trabajó en él en tiempo récord, pero antes de firmar contrato con quienes le hicieron la propuesta, quiso probar con editores independientes. En su mente, estos tipos que encabezan proyectos pequeños iban a ser más fáciles de tratar, más empeñados en vender, más diligentes al momento de promocionar lo suyo. En cambio, oscilaron entre pedirle –con los mejores modos del mundo– plata para autoeditarse y advertir que no tenían espalda para hacer difusión. “Lo importante para nosotros es llenar de títulos nuestro catálogo –la iluminó uno de ellos, despreocupado de entrada por concretar ventas–. Vivimos de otra cosa”.

Anímicamente desestabilizada ante la honestidad deprimente del editor, retomó el diálogo con quienes tuvieron la idea de publicarla en primer lugar. “También me pidieron que haga autodifusión. Además, iban a inflar los números de la tirada real porque dicen que conviene. Pero para mí es porque lavan guita”, me dijo mientras cerraba, en un estado persecutorio que parecía coquetear con la demencia, una reunión con otra editorial grande que, por fin, le presentaba lo que le parecía medianamente aceptable. 

Cuando las ventas se estancaron, la editorial le comunicó que el resto de los libros sería quemado

Se imprimió una cantidad exorbitante de ejemplares, y mi amiga logró vender varios miles gracias a la difusión que, de todos modos, terminó por gestionar ella, dada la inoperancia de quienes debían hacerlo en su lugar. Cuando las ventas se estancaron, la editorial le comunicó que el resto de los libros (los que decidieron imprimir pese a que iba a ser imposible vender tanto en el mercado argentino) sería quemado para “hacer lugar en el depósito”. 

“Dios da la vida y da la muerte”, dicen los textos sagrados de la tradición abrahámica, hoy más relegada que en los tiempos en que los libros eran quemados por oscurantistas o enemigos del saber. Quizás, esa idea históricamente circunscripta a la órbita de lo divino perviva en actores seculares, hoy transfigurados en dioses caprichosos, capaces de eliminar a fuego aquello que, tan solo un tiempo antes, juzgaron digno de ver la luz.