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COLUMNISTAS / PANORAMA / DOLAR
domingo 6 mayo, 2018

Historia interminable

La crisis cambiaria, como ocurre desde hace más de medio siglo, impacta más por su efecto político.

por Carlos De Angelis

ODISEA ARGENTINA Nicolás Dujovne Foto: Dibujo: Pablo Temes

Como un eco eterno que atraviesa la historia argentina, vuelve a tomar protagonismo la cuestión del dólar y las presiones devaluatorias sobre el peso, un tema que eriza y predispone negativamente a la sociedad. El dólar cumple en Argentina funciones económicas, pero también culturales, tanto en términos de reserva de valor, como en la fetichización del verde billete norteamericano, cuyo acceso permite a amplios sectores medios a sentirse parte del mundo, mientras que su desposesión les causa una gran desdicha.  

Te quiero, verde. La historia del país desde mediados del siglo XX muestra que la tensión cambiaria ha sido permanente. Desde el primer plan de estabilización de 1952, que indica las discusiones entre Alfredo Gómez Morales y un joven Antonio Cafiero debatiendo sobre la conveniencia de devaluar o no, hasta Federico Sturzenegger luchando para domar la divisa esta semana. En el medio quedaron frases como la del ministro de la dictadura Lorenzo Sigaut en 1981, que mientras devaluaba la moneda un 225% declaraba que “el que apuesta al dólar pierde”, o la de Duhalde en 2002, que apenas asumió hizo una promesa de imposible cumplimiento: “El que puso dólares recibirá dólares”, tras lo cual no pudo evitar la devaluación del 300% de la moneda y la pesificación forzosa de los depósitos en dólares.

Golondrinas. La posibilidad de un retiro masivo de los capitales golondrina, cuya función es valorizarse financieramente en distintos puntos del globo buscando alta rentabilidad con estabilidad cambiaria en cortos períodos de tiempo, había sido advertida con anterioridad tanto por economistas alineados con el Gobierno, como por sus detractores a derecha e izquierda. A la vulnerabilidad intrínseca de la política del Banco Central se le sumarían dos factores: la nueva obligación impositiva para inversores extranjeros –con tasas del 2,5 al 35%– y la subida de la tasa de interés en EE.UU., acelerando una crisis que podía esperarse para dentro de dos o tres años. La importante intervención del Banco Central liquidando reservas en dos meses por casi 8 mil millones de dólares, al tiempo que elevaba la tasa de interés, no logró impedir la suba del dólar, redondeando una devaluación de más del 12% en pocos días. Esta situación sumaría evidencias para generar una sensación de impotencia en la validez y utilidad de las herramientas clásicas.

La usina de rumores. Los días que precedieron a la tormenta no hicieron otra cosa que profundizar la crisis pues las internas palaciegas estuvieron al orden del día. En este sentido la divulgación de los gastos de “caja chica” del ministro de Economía, Nicolás Dujovne, sobre la contratación de vuelos privados, cenas opíparas, regadas con buenos vinos franceses y consumos varios –quizás comunes en las altas esferas del poder– no podrían encontrar peor momento para construir una imagen de que el Gobierno no se estaba ocupando de la gestión económica. Esta situación dio lugar a una explosión de rumores que en el siglo XXI tienen una propagación mucho más amplia y veloz que en tiempos precedentes. Que renuncian algunos ministros, que Dujovne es reemplazado por un economista con fuerte presencia en los medios, que se va el presidente del Banco Central, que están pensando en un Plan Bonex para evitar el desarme de las Lebacs, son solo algunos de los comentarios reales o inventados que circularon por esas horas, lo que generó un tsunami de intranquilidad.    
 

Más compleja que la situación cambiaria propiamente dicha suelen ser sus efectos políticos, que a veces funcionan con distinta velocidad. La historia también muestra que estas situaciones no solo se llevaron puestos ministros, sino que además producen una fuerte erosión en el capital político de los gobiernos, que suelen quedar debilitados frente a la opinión pública. Es una percepción muy negativa de que unos pocos inversionistas sin rostro pueden apostar contra el peso y resultar exitosos para desdicha del resto de la sociedad. Esto es más acuciante cuando sucede en un gobierno que se supone compuesto de expertos provenientes del corazón del mundo financiero.

El regreso de Mingo. Como si faltara algo en estos días, la vuelta a las pantallas televisivas del ex superministro Domingo Cavallo retrotrajo el pensamiento de los argentinos a la crisis de 2001. Hay que recordar que tras el fracaso del “gabinete de lujo” de Fernando de la Rúa –compuesto por economistas de primera línea– y el interregno de 15 días de Ricardo López Murphy, el segundo Cavallo sería convocado para desarmar la bomba de relojería de la convertibilidad del 1 peso/1 dólar. Asumiría un 20 de marzo y renunciaría el 20 de diciembre ya en pleno caos.  En aquel fatídico 2001, con la desocupación rondando el 20%, se vivía el momento de una inédita deflación, recesión mediante. La noticia de noviembre que el FMI no iba a prorrogar el vencimiento de deuda de 1.260 millones de dólares (una bicoca en relación con las cifras que se manejan hoy) generaba una convulsión, pues se ponía en tela de juicio la capacidad del país para pagar las obligaciones externas. La furiosa fuga de capitales a lo largo de 2001 de unos 20 mil millones de dólares llevaría a la imposición del corralito el 3 de diciembre, limitando el retiro de dinero a 250 pesos/dólares semanales.
 

El corralito significaría el principio del fin del gobierno del radical que no lograría terminar el año. Diez años después una corrida del orden de los 17 mil millones de dólares en apenas tres meses llevaría a Cristina Fernández de Kirchner a imponer el cepo cambiario que definiría en gran parte a su segunda presidencia.

15 de mayo. Con la decisión final de organizar una conferencia de prensa con un rehabilitado Nicolás Dujovne y el ministro de Finanzas, Luis Caputo, pareció primar el sentido común de contarle a la sociedad lo que estaba pasando. Lejos de esto, el tenor de los mensajes apuntaron a llevar certidumbre a los inversores, con el anuncio de medidas de corte ortodoxo. Las decisiones de llevar la tasa de interés por encima del 40%, la profundización de la reducción del déficit fiscal para esta año –del 3,2 al 2,7% del PBI– con la suspensión de la obra pública, motor económico en estos días, y la obligación de los bancos para liquidar parte de sus posiciones en dólares tiene un objetivo central: soportar el huracán del 15 de mayo próximo, cuando vencen 680 mil millones de pesos en Lebacs, una cifra que quita el aliento.

*Sociólogo (@cfdeangelis).

 


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