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Isla

Con la caída del sol, el tiempo se pone fresco y salimos a juntar ramas para hacer fuego. La asadora es Sonia. Ya la hemos visto otras veces hacer asado.

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Isla. | marta toledo

Cruzamos el río Paraná a mediodía, en lancha, desde Rosario hasta territorio entrerriano. El muchacho que nos lleva es el mismo que nos alquiló la casa para quedarnos esa noche. Vamos con Naty, Raquel, Sonia y Jandry. Es un día soleado y caluroso después de las lluvias del fin de semana. Estamos contentas, hicimos muchos planes para ese día y pico del que venimos hablando hace un par de meses.

Cuando la lancha levanta velocidad, el agua nos empapa la cara y la ropa. Es hermoso sentir el río tocándome. Como el nuestro es un matrimonio blanco, ya saben: no me meto nunca, soy atravesada por él espiritualmente, no hay acceso carnal entre nosotros, esa caricia húmeda y brusca y más tarde cuando me siente en el último escalón del muelle y meta los pies desnudos, será nuestro contacto más íntimo. 

También nos acompaña la perrita del muchacho, una bulldog francés bastante vieja: le pone la cara al viento y entrecierra los ojos, es muy simpática. La lancha atraca en el muelle y la perrita salta, arriba la espera su madre, más vieja aún. Se saludan como si hiciera años que no se ven aunque hace apenas un rato se despidieron. Bajamos las cosas: mochilas, cajas de comida y bebida, venimos pertrechadas como para una semana. Armamos una especie de pícnic con fiambres y pan; el asado, el plato fuerte, será a la noche. Nos sacamos la ropa de civiles y nos ponemos la de verano. La primera en tirarse de cabeza al río es Naty, la sigue Raquel, después Sonia. Jandry demora, pero al final también se mete. Las cuatro nadan, vuelven a subir, se tiran de nuevo. Yo las miro, les saco fotos, festejo sus juegos acuáticos. Un poco de envidia me dan, un poco, de nuevo, vuelvo a tener cinco años, a mirar cómo mi primo y mi hermano se divierten en el arroyo Caraballo y yo y mi miedo al agua, mirando siempre desde la orilla. Acá no hay orilla, del muelle directo a la profundidad marrón del agua. Cuando llegamos, justo salían los niños de la escuela que queda a pocos metros de las cabañas, algunos timoneaban su propio bote, pequeños capitanes de guardapolvo blanco. Otros subían a las embarcaciones conducidas por sus madres. A la mañana siguiente van a despertarnos muy temprano los versos de Aurora.

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En el monte tupido que se extiende en la otra orilla sobresalen los ceibos florecidos, rojos brillante como focos de incendio entre el verde; el dorado de las flores del espinillo; el chijete azul de algunos jacarandás. Los pájaros mismos refulgen en la tarde espléndida: saltan aquí y allá las cardenillas.

Con la caída del sol, el tiempo se pone fresco y salimos a juntar ramas para hacer fuego. La asadora es Sonia. Ya la hemos visto otras veces hacer asado, nunca la vimos escribiendo pero hay algo en su dedicación al asado que nos hace pensar que así es cuando escribe: ella y la carne que empieza a soltar chillidos suaves a medida que se calienta; ella y las brasas, sacar, poner, soplar; ella pasando la mano sobre la parrilla para medir la temperatura: Sonia y el asado (el poema) en su mundo propio.

Comemos casi a oscuras, comemos con hambre y con ganas porque está riquísimo y porque estamos juntas. Los vasos se llenan, el brindis se repite cada vez, las lenguas se sueltan. Nos tiramos el I Ching. El misterio de los exagramas leídos en voz alta fluye entre nosotras como la corriente del río tan cerca; fluye como un río tan antiguo como este.