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COLUMNISTAS / econOMISTA DE LA SEMANA
sábado 24 febrero, 2018

Jubilación para quienes realizan el trabajo doméstico

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Violeta Guitart / COEDITORA DE ECONOMIA FEMINI(S)TA

El trabajo doméstico requiere tiempo, es repetitivo y cansador. La limpieza se suele considerar como el estado natural en muchos hogares, y recién se nota que es un trabajo necesario cuando se deja de realizar en la cotidianeidad. En economía, su valor recién es tenido en cuenta cuando es tercerizado (por ejemplo, mediante la contratación de una trabajadora doméstica).

Históricamente, el trabajo doméstico ha sido impuesto a las mujeres como obligación, y la disposición de ellas a realizarlo es considerada un atributo de la personalidad femenina. Tareas como limpiar ventanas, limpiar el piso o cocinar se han considerado (y aún se consideran) expresiones de amor familiar, al punto que cuando una mujer se dedica exclusivamente a realizar el trabajo doméstico de su hogar, se dice que no trabaja. Es más, como menciona acertadamente Mona Chollet en su libro En casa, se suele decir que esa mujer tiene la suerte de no trabajar. Sin embargo, hay que cuestionar si esto es así.
Las luchas sociales históricamente han ignorado el tiempo que conllevan estas tareas. Un ejemplo de ello es su ausencia en las consignas de los reclamos por jornadas de 8 horas de trabajo, 8 de sueño y 8 de ocio.

Si bien la mujer está cada vez más inserta en el mercado laboral, este proceso no ha estado acompañado por un igual incremento en la participación de los varones en las tareas domésticas: según el Indec, en promedio ellas dedican casi el doble de tiempo a las tareas domésticas que ellos. Incluso si comparamos varones y mujeres que trabajan asalariadamente igual cantidad de horas, ellas dedican más tiempo a realizar trabajo doméstico.

Aunque las generaciones más jóvenes no han crecido con las mismas limitaciones sociales a las que estaban sujetas las mujeres de las generaciones pasadas, es erróneo considerar que la división sexual del trabajo ya no existe. De hecho, de acuerdo con un informe de Cippec escrito por Gimena De León, las adolescentes realizan más trabajo doméstico de forma intensiva que los adolescentes de la misma edad (8,9% versus 4,4%). Cuando analizamos específicamente el cuidado en jóvenes, encontramos que, de acuerdo con la Encuesta de Jóvenes que realizó el Indec en 2014, casi la mitad (48%) de las mujeres de menos de 29 años realiza tareas de cuidado versus el 24% en el caso de los hombres, valores que se incrementan cuando analizamos específicamente los hogares de ingresos bajos. En esa misma encuesta se analiza la situación de los famosos (y mal llamados) “ni-ni”, término utilizado para hacer referencia a los jóvenes que ni estudian ni trabajan. Cuando se analizan esos datos en profundidad, puede detectarse que el 95% de los “ni-ni” son mujeres que no trabajan y no estudian pero que cuidan la casa. Que las mujeres jóvenes asuman el rol de hacerse cargo de las tareas de cuidado repercute en que solo cuatro de cada diez mujeres de hasta 29 años tengan trabajo o estén buscándolo (su tasa de actividad es del 40% y la del total de la economía es del 58%). Y en caso de que deseen y dispongan de tiempo para participar del mercado laboral, su tasa de desempleo se encuentra en torno al 20% (la del resto de la economía es del 8%).

El trabajo doméstico históricamente ha recaído sobre las mujeres y las estadísticas parecen mostrar que, de no hacerse algo al respecto, seguirá así por muchos años más. Aunque el trabajo doméstico se encuentra invisibilizado, es fundamental para la reproducción de la sociedad. Sin embargo, cuando quienes han realizado este trabajo entran en edad de jubilarse, su situación es distinta a la del resto de los trabajadores, ya que no pueden acceder a una jubilación por no haber realizado aportes.

Ello explica por qué cuando se realizó la primera moratoria previsional, el 73% de las personas que accedieron a la jubilación eran mujeres. Y cuando se realizó la segunda, en el año 2014, nueve de cada diez personas que accedieron lo eran. La protección estatal a adultas/os mayores llegó al 97%. Antes de 2005, en cambio, solo el 65% de este segmento tenía jubilación.
La moratoria previsional fue eso, una moratoria y no una ley, por lo que su continuidad no estuvo garantizada. Por ello, es fundamental que exista una ley jubilatoria que contemple a quienes realizan el único trabajo que no se paga.

A su vez, quienes realizan el trabajo doméstico de forma remunerada también suelen ser excluidas del sistema previsional. Las trabajadoras domésticas constituyen el 20% de las trabajadoras argentinas, y es uno de los empleos peor pagados y con mayor precarización. El 76% de estas mujeres no puede hacer aportes por las condiciones de informalidad de esta rama, por lo que resulta muy difícil que puedan reunir los aportes necesarios para poder jubilarse. Sin ir más lejos, la informalidad en el servicio doméstico es moneda corriente al punto que, hace unas semanas, hubo un escándalo mediático por el hecho de que incluso la trabajadora doméstica del ministro de Trabajo, Jorge Triaca, estaba empleada en condiciones de informalidad.

La reforma previsional aprobada en diciembre de 2017 no contempla a las personas que, por no haber sido asalariadas o por haber sido empleadas en condiciones de informalidad, no han realizado aportes. Sí se ven contempladas en la Pensión Universal para el Adulto Mayor, la cual equivale al 80% de una jubilación mínima y eleva a 65 años la edad para jubilarse. El monto otorgado para los pensionados se encuentra muy por debajo del salario mínimo, vital y móvil, y de la canasta básica, dejando a estas personas directamente en condiciones de pobreza.

Los avances científicos han permitido que la vida sea cada vez más larga, por lo que cada vez la población llegará a una edad más avanzada. Las personas mayores no han logrado el apoyo político necesario para poder hacer valer sus derechos; sin embargo, cada vez serán más y, si el sistema jubilatorio sigue funcionando así, serán cada vez más pobres y con menos posibilidades de ser económicamente independientes. Urge que el Estado considere seriamente las necesidades de este sector de la población, que es cada vez mayor y que ha trabajado para que la sociedad pueda seguir funcionando. Hacerlo de esta manera ayudaría a saldar una gran deuda de la democracia.

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