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La agresividad ¿es adolescente?

Sabemos que el ser humano configura su personalidad en contacto con otros y toma diversos adultos significativos para él como modelos para su paso a la adultez, que comienza a efectivizarse en la adolescencia. Los jóvenes necesitan modelos para el desarrollo de su personalidad. En un sentido diferente, también es en esta etapa que, en su intento de diferenciación de la adultez, ellos suelen desafiar a sus mayores a través de la adquisición de comportamientos propios y distintos o por medio de una escalada que los lleva a subir la apuesta, acentuando aún más las características modeladas.

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Sabemos que el ser humano configura su personalidad en contacto con otros y toma diversos adultos significativos para él como modelos para su paso a la adultez, que comienza a efectivizarse en la adolescencia. Los jóvenes necesitan modelos para el desarrollo de su personalidad. En un sentido diferente, también es en esta etapa que, en su intento de diferenciación de la adultez, ellos suelen desafiar a sus mayores a través de la adquisición de comportamientos propios y distintos o por medio de una escalada que los lleva a subir la apuesta, acentuando aún más las características modeladas.
Si la cultura de los adolescentes muestra señales de crispación y de agresividad, ¿qué nos hace pensar a nosotros, ya adultos, que podemos desafiar los límites e incumplir todas las normas sin que eso afecte a los jóvenes? ¿Por qué una sociedad colmada de agresividad va a generar una juventud dócil y pacífica, sin atisbos de nuestra propia autocrítica?
Si las diferencias se resuelven según la ley de la selva y las leyes formales se desconocen en la práctica con argumentos acomodaticios, cambiantes y falaces, ¿tenemos derecho a sorprendernos cuando notamos tales defectos en la juventud?
Por supuesto, es muy alarmante el nivel de agresividad en la adolescencia, y nunca debería justificarse, pero la preocupación, a menudo hipócrita, debería dejar lugar a una acción comprometida, a partir del ejemplo, en todos los estamentos sociales, comenzando por la familia, pero abarcando los educadores, los funcionarios, los dirigentes, los medios de comunicación y los modelos expuestos en general.
Ya el filósofo E. Kant planteaba que deberíamos tratar a los demás como nos gusta que nos traten a nosotros y que nuestra conducta deberíamos evaluarla a la luz de su generalización en una sociedad. Es decir, si todos actuaran como nosotros, ¿qué efectos sociales tendría?
Entonces, la preocupación sirve sólo si da lugar a la reflexión y una autocrítica que deriven en actitudes comprometidas y positivas que les muestren el camino a nuestros jóvenes a partir del ejemplo. Lo demás sólo serán palabras vacías e inconducentes.

*Médico psiquiatra.