COLUMNISTAS

La crisis que faltaba

Entre las contradictorias conclusiones que dejó el Festival de Cine de Mar del Plata, hubo una indudable: el público disminuyó apreciablemente con respecto a las ediciones anteriores.

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Entre las contradictorias conclusiones que dejó el Festival de Cine de Mar del Plata, hubo una indudable: el público disminuyó apreciablemente con respecto a las ediciones anteriores. Algunos miembros de la organización atribuían la merma al cambio de fecha (en los últimos años, el festival se hacía en marzo), a la falta de difusión adecuada o a la escasa colaboración de las autoridades provinciales y municipales. Sin embargo, es interesante mencionar algunos hechos concomitantes. Un par de semanas atrás se realizó el Festifreak, un pequeño y simpático festival que tiene lugar todos los años en La Plata. Allí también el público fue mucho menor que en otras ocasiones. Pero en Córdoba ocurrió lo mismo durante la muestra itinerante del Bafici que se realizó hace dos meses. Si en la capital cordobesa el público parece darle la espalda al cine de los festivales, lo mismo ocurre en las sierras, donde nuestro amigo Roger Koza padeció desde principios del año una declinación sistemática en la concurrencia de su refinado cineclub. Y, para terminar esta gira en la Ciudad de Buenos Aires, habría que agregar que hasta el público de la Sala Lugones bajó de manera considerable esta temporada.

Hay un par de razones a mano para explicar la declinación de la audiencia del cine llamado independiente o de arte. Una es la situación económica de un país en el que la incertidumbre va generando recesión y viceversa, lo que hace que ni el humor ni el bolsillo estén para salidas culturales. Sin embargo, las estadísticas del cine comercial no difieren sustancialmente de la de otros años a pesar del aumento de las entradas. Por otro lado, el público se agolpa para participar de otras actividades, tales como el Festival de Literatura o La Noche de los Museos.

Hay también una explicación tecnológica: la nueva generación alimenta su apetito de ver otro cine mediante la circulación de DVDs y las descargas de películas en Internet (ambas gratuitas e ilegales). Eso explicaría que en Mar del Plata la proporción de jubilados (es decir de los espectadores menos entrenados en el uso de computadoras) haya sido mayor que otras veces. Sin embargo, no es lógico pensar que la proliferación de la cinefilia privada haga desaparecer la pública de un año a otro. Para reforzar la sospecha de que el fenómeno es más profundo, miremos un poco hacia otras latitudes. El festival más importante de toda América del Norte es el de Toronto. Convertido con el tiempo en una corporación (el Toronto Film Group) y alentado por el movimiento de fondos alrededor del festival, los canadienses se lanzaron a construir el Lightbox, una sede propia que combinará salas de cine y departamentos de lujo por un valor de 200 millones de dólares. Pero la recaudación se detuvo en 150 y no avanza. Al mismo tiempo, se rumorea que en su edición 2008 el festival perdió dinero por primera vez en su historia. Mientras tanto, Venecia, otro gigante, ve desaparecer sus actividades de mercado frente a las del recientemente inventado y mediocre Festival de Roma. Volviendo a Mar del Plata, la ridícula presencia de la UIA en el cierre viene a confirmar la idea que sobrevuela esta nota: que perdidos entre el arte y la industria, los festivales empiezan a no ser útiles en ninguna de sus dos vertientes y a no tener claro cuál es su sentido. En los últimos años, sirvieron para sustituir a las salas de estreno en la exhibición de cine alternativo. El retroceso actual permite sospechar algo más grave: que el cine independiente, formateado y coproducido para reunir el arte y el negocio, ha logrado establecerse como mercancía en detrimento de su interés estético. Pero como mercancía tampoco da las ganancias suficientes, lo que se refleja en las dificultades que empiezan a sufrir los festivales.