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La crónica donde la crónica no está

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Es sabido que en el mundo anglosajón aplican una regla según la cual las crónicas periodísticas siempre deben comenzar respondiendo a las cinco “w”: what, who, where, when y why. Pero en el periodismo argentino a las cinco “w” reglamentarias se le agrega una sexta: la w de weather report, la previsión del tiempo. ¿No se dieron cuenta? Es cuando el cronista argentino se calza la piel de Hemingway y comienza siempre con la previsión del tiempo, al estilo: “Era una noche oscura y tempestuosa”. Como ocurre con todo lo que empieza a aburrirnos, me parece que demasiada gente se está ocupando de lo mismo. Eso no sería nada si no fuera porque la mayoría está haciendo lo mismo de la misma manera. No me refiero al método, que en cualquier caso es casi inmodificable, sino al hecho de que muchas crónicas que leo parecen escritas por la misma persona. Por lo pronto todos parecen respetar la regla de las seis “w”, y eso ya indica algo. Indica que lo que cunde es la infección del taller literario, que lleva a cierta gente a creer que las cosas deben hacerse de un determinado modo y sólo de ese modo. Y que si no están hechas de ese modo, están mal. Aburre.

Pero hay más. El peor mal del que adolece la crónica es que el cronista va a buscarla donde la crónica efectivamente está. En cuyo caso no se entiende para qué va a buscarla. Estoy siendo confuso. Si tengo la idea de escribir una crónica acerca de un pueblo perdido en el Litoral argentino donde sus habitantes se nutren con una dieta basada en ratas, por ejemplo, hacen ver al sujeto que se traslada al lugar del hecho como un sucedáneo del Hombre de Hojalata, sólo que en vez de faltarle el corazón lo que le faltaría es el cerebro. Porque hasta la mente más débil podría imaginar una larga serie de anécdotas, acontecimientos, fricciones y coincidencias a partir de la sola idea de un pueblo cuyos habitantes se alimentan de ratas. Ir a ver, molestar a la gente con preguntas, tomar notas, desgrabar, para finalmente escribir, cuando en realidad lo único que hubiese hecho falta es quedarse donde se está y escribir, saltándose los pasos intermedios, me resulta tan aburrido como ver una película de la que ya conozco el final.

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Tengo debilidad por la crónica donde no hay crónica. Para lo cual sí es fundamental ir, ver, molestar a la gente con preguntas, tomar notas y desgrabar. Por ejemplo, hay una crónica de David Foster Wallace en el libro Hablemos de langostas titulada La vista desde la casa de la señora Thompson. Foster Wallace, el 12 de septiembre de 2001, se muestra bastante escéptico ante las muestras de patriotismo de sus propios vecinos, que pusieron banderas en sus jardines, ventanas, garajes y otros lugares insospechados. Pero la crónica se centra más que nada en los primeros momentos del trágico 11/9 vistos a través del televisor de la señora Thompson, vecina de Foster Wallace, junto con otros miembros de la comunidad. Las reacciones de cada uno ante el ataque, la impresión que les causa ver cómo se estrellan los aviones contra las Torres Gemelas, los roles que asume cada uno... Foster Wallace confronta lo que ve y escucha con su propio distanciamiento profesional. Creo que ésa es la labor de un cronista: encontrar la historia donde aparentemente no hay historia.