“No importa quién eres, cuánto te hayas entrenado o lo duro que puedas llegar a ser. Cuando estás en el lugar equivocado y en el momento menos
indicado, te va a tocar…”
John Reilly, en el papel del sargento Storm en “La delgada línea roja” (1998), dirigida por Terrence Malick.
Conocí a Sergio Palma cuando era una promesa del boxeo y nos hicimos amigos enseguida. Los dos teníamos veintipico; él era campeón argentino y yo, redactor de Siete Días, algo que, para mi candorosa fantasía, casi me ponía a su altura. A los dos nos gustaba la música, así que mientras yo pifiaba acordes de Spinetta, él cantaba sus propios temas, y una linda versión de Padre, de Patxi Andión.
Aprendíamos mucho uno del otro. Teníamos intereses comunes: él quería escribir como yo, algo que para mí no tenía mérito alguno porque me salía así nomás, sin esfuerzo ni entrenamiento; y yo soñaba con subir a un ring y tener, al menos, la décima parte de la técnica, la potencia y el corazón que a él le sobraban.
Un día, antes de viajar a Comodoro Rivadavia para pelear, lo chicaneé con su rival. “Este es fácil, ¿eh? No pega”, le dije, señalando su magro porcentaje de nocauts.
—¿No pega? Je. ¡Todos pegan! Y te duele, aunque no puedan noquearte. Una noche peleé con uno que no pegaba, como decís vos. Le ganaba fácil, con lujos. Tanto me confié que me comí una contra terrible. ¡Boom! Me despertó el golpe de mi espalda contra la lona. Me levanté con más vergüenza que bronca y la gané. Pero esa noche aprendí algo. No hay que confiarse, no hay que subestimar. Definí, si sabés y podés. Sé serio.
—¿Y qué pasa cuando te tiran? ¿No dudás de vos mismo, de todo?
—Caer no es grave. El rival es tu espejo, puede hacerte lo mismo que vos a él. El problema es cuando metés tu mano hasta el codo y el tipo ni se mueve. Una, dos, tres veces, y nada. Eso sí es bravo. Pensás: uy, ¿y éste de qué está hecho? ¿Y si ahora me emboca? Hay que estar bien de la cabeza para superar ese segundo de incertidumbre…
Recordé esa charla viendo a River, de local y por la Libertadores, jugar contra Juan Aurich, club peruano con nombre de partenaire para engordar récords.
Durante 85 minutos, River fue aquel Palma. Se abusaron de la ingenuidad, la lentitud, el desorden del rival; metieron un gol, erraron mil y abollaron los tres caños del arco. Pero cuando un partido así está por terminar, un sudor frío paraliza al público y contagia a los jugadores. La Ley de Murphy sobrevuela, fatal: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Y salió mal. Pudo terminar 4, 5, 6 a 0, pero empataron 1 a 1. Ni los peruanos lo creían.
Tengo cierta culpa por no haberle dedicado una columna a River en su mejor momento, desde que asumió Gallardo hasta poco antes de las semifinales de la Sudamericana, cuando dejaron afuera a Boca. Daba gusto verlos jugar. Eran los mejores, lejos.
Gallardo es un buen técnico; joven y sensato. No se subió al caballo cuando todos incluían a su equipo en el Olimpo, ni se desesperó cuando las cosas empezaron a no salir tan bien. Declive que unos atribuyeron al cansancio, otros a cierta previsibilidad táctica y una minoría –en la que me incluyo– a una prudente estrategia para regular esfuerzos y enfrentar la seguidilla de partidos con un plantel corto.
El pico de la crisis llegó cuando hubo que decidir: un bicampeonato local que tenían casi en el bolsillo, o jugarse la chance mano a mano con Boca y echarlo de la copa. Nadie dudó.
Esa elección definió todo. River entregó el torneo local –que Racing se llevó al galope–, y se dieron el gusto. Chau Boca. Infinito placer que tuvo, creo, un costo demasiado alto. Los eliminaron, sí; pero jugando a otra cosa. Cerrados, ásperos, con pierna fuerte, especulando.
Un estilo que Gallardo, en su época de fuoriclasse, no le toleró a Mostaza Merlo, el Luis XVI de los entrenadores nativos: una estatua en la corte del Racing 2001; guillotina pedida por los jacobinos de River 2006; de Central 2009 –Equi González–, Racing 2013 –Camoranesi– y Colón 2015 –Mago Ramírez–. Paradojas.
Volver a las fuentes después del éxtasis copero no fue sencillo. Le ganaron la Recopa Sudamericana a lo que quedó del San Lorenzo campeón, pero ahí nomás, sin lucir. Un síntoma que pocos advirtieron. Más visible y doloroso, pese a tratarse de una copita de verano, fue comerse cinco con el Boca de Arruabarrena que, encima, sumaba futbolistas buenos, muy buenos y marketineros, como para acaparar la atención mediática.
Más Ley de Murphy: River empata con cualquiera, Boca golea poniendo a cualquiera. Too much.
Gallardo deberá trabajar mucho en lo anímico, porque su equipo perdió la confianza. Se lo ve tenso, atado, con dudas, estresado, al límite, y con racha de lesionados. Nadie se olvida de jugar, así que habrá que ajustar línea por línea. Reinventarse. Y hacer un último intento para que Teo vuelva a ser el jugador que se empeña en no ser. Exaspera.
No será fácil; sufrirá, pero creo –deseo– que River clasificará a octavos. Y si se da un choque prematuro con Boca, mejor. Sería un partido parejo, de resultado incierto. A nivel doméstico, Boca es el gran cuco, pero habrá que verlo frente a equipos de similar poderío. Es el favorito, situación que a River no debería preocuparle. Al contrario. Nada mejor que ir de punto a esos duelos de 180 minutos, donde la obligación de ganar pesa como la roca que Sísifo lleva en sus hombros hasta la cima, una y otra vez.
¿Y si pierdo?, piensan unos y otros. Nada. A levantarse y pelearla. Como Palma aún hoy, con su dignidad y su bastón. Como Alí, de prohibido por decirle no a Vietnam “porque ningún vietcong me llamó fucking nigger” a campeón y mito. Como tantos luchadores admirables, irrepetibles, fieles a una idea; como Alfonsín, que por suerte no puede ver lo que han hecho de su partido.
Gente con convicciones; de esa que, por desgracia, vemos cada vez menos en la tapa de los diarios.