martes 05 de julio de 2022
COLUMNISTAS UN TIEMPO NUEVO

La democracia horizontal

Si un político quiere llegar a las nuevas generaciones debe comprender su mundo. Los valores de los jóvenes no son eternos y menos los políticos. Suponer que los de antes eran mejores, porque oían a los Intillimani o cantaban la Internacional Comunista es absurdo. Intentar atraer a los jóvenes hedonistas de la actualidad con canciones que celebran la muerte es un disparate. Quieren ser felices, no sacrificarse por una utopía. Para quienes mantienen antiguos valores esto es desconcertante. Desean que sus hijos digan que quieren morir por una idea, cuidándose de que eso no suceda, como ellos mismos lo hicieron. No está claro que los valores violentos del siglo pasado sean mejores que la búsqueda de placer de los nuevos electores.

11-06-2022 23:55

En Nueva Sociedad, el libro que acabamos de publicar, empezamos haciendo algunas reflexiones acerca de cómo nuestras actitudes políticas dependen tanto de cómo nos educamos los primeros años de la vida. En varias investigaciones que realizamos, encontramos que los electores que vivieron en familias marcadamente machistas y fueron víctimas de la violencia familiar, tienden a votar por candidatos autoritarios.

También la discriminación en contra de las mujeres fue una fuente de autoritarismo en las sociedades tradicionales. En la China clásica, llevó a que las mujeres de una región inventaran un idioma para escapar a las normas machistas con que los hombres pretendían mantenerlas al margen de la cultura.  

En ese entonces las mujeres no podían aprender a leer la escritura tradicional del país, el Nan Shu, lo que arruinaba su desarrollo intelectual. Obstaculizar el acceso de las mujeres a los estudios fue una forma de segregación que se practicó en muchas sociedades, incluidas las latinoamericanas.

Impedidas de aprender la escritura oficial, las chinas de Hunan inventaron el Nü Shu, un sistema silábico fonético con cerca de setecientos caracteres, que solo ellas sabían descifrar. Los escritos se bordaban en tela, se tallaban en adornos, se escribían en papel. Los ideogramas chinos fueron siempre obras de arte, pero estos caracteres estilizados y secretos reflejaban además, la delicadeza del espíritu femenino y desafiaban a una sociedad en la que solo los hombres podían aprender a leer y escribir.

Nü Shu significa “escritura para mujeres”. Pasó inadvertido porque parecía solo un conjunto de trazos ornamentales sobre marcos de cuadros, alhajeros, y otros objetos femeninos, pero esos ideogramas fueron la herramienta privilegiada para comunicarse privadamente entre hermanas, madres y amigas.

La escritura creó nuevas costumbres y códigos sociales en Hunan. Con frecuencia los textos Nü Shu se rompían después de leerlos o se quemaban en el funeral de su autora. Madres y tías desarrollaron la tradición de las Cartas del tercer día (sān cháo sh), un libro con poemas personales escrito en Nü Shu que se entregaba a la esposa el tercer día después de la boda en expresión de cariño.

Aunque formó parte de la sociedad femenina china desde el siglo III d.C., el  Nü Shu no se conoció públicamente hasta 1983 cuando se superaron los estragos de la Revolución Cultural que pretendió destruir todo vestigio de la cultura tradicional china, incluidos textos, monumentos y escrituras sagradas. Los Guardias rojos destruyeron casi todos los textos escritos en Nü Shu.

Mundo patas arriba

Felizmente quedaron algunos y la última mujer que conocía el Nü Shu, Yang Huangyi, comunicó los secretos de esta escritura a la Universidad de Qinghua antes de su muerte en septiembre del 2004. En la actualidad, el Nü Shu se ha convertido en un atractivo turístico de Jianyong, ciudad natal del idioma. Hay clases instructivas, exposiciones de textos típicos y se venden Cartas del tercer día.

Durante siglos el Nü Shu se transmitió en secreto, de generación en generación, solo entre mujeres. Ahora se escribe en forma abierta. Es una de los logros de las mujeres chinas en su lucha por ocupar un nuevo lugar en la sociedad.

Las reglas del poder y la familia. Los seres humanos construimos socialmente la realidad. A diferencia del potro que domina su entorno desde que nace, los humanos construimos la realidad durante un prolongado período de tiempo en el que dependemos de nuestros padres. Conocemos el mundo que nos construyen otros, en los primeros años de nuestra vida. Padres, familiares, maestros, ponen los límites de lo real y lo irreal a partir de su experiencia vital. 

Unos creen en dioses, otros en aparecidos, otros en la santería. Los loas del vudú existen o no, según nos criemos los primeros años en Haití o en otro sitio. Lo mismo ocurre con el Mahdi Oculto que gobierna Irán, o con la Virgen de Guadalupe. Un gato negro para los occidentales es una amenaza, en Japón ahuyenta a la mala suerte.  

Mientras otros mamíferos saben desde que nacen que la hierba es hierba, que hay animales peligrosos y que ciertas cosas son útiles para la vida, los humanos nacemos ignorantes, aprendemos el sentido de las cosas que nos enseñan otros. 

Un niño que nace en una familia islámica no tiene las mismas actitudes hacia la violencia que otro nacido en la cultura nórdica. Nadie es violento porque escoge racionalmente entre vivir en paz o agredir a los otros. En La personalidad autoritaria de Teodoro Adorno encontramos una exposición profunda acerca de las relaciones entre psicología, cultura, valores y creencias que contribuyen a la formación de la personalidad autoritaria. Adorno usa conceptos como el sectarismo, la misoginia, el racismo, el machismo, la homofobia, la xenofobia, para construir “factores” que explican la conformación de la personalidad autoritaria. 

El modelo colapsó

Crisis de la familia tradicional. El niño actual se acostumbra a una realidad fugaz, que cambia todo el tiempo, que normalmente incorpora nuevos elementos. Esto es de alguna manera subversivo porque lo que aprende debilita la autoridad paterna. Los maestros “saben más” que sus padres biológicos y le transmiten conocimientos que cuestionan el monopolio del saber y la autoridad absoluta de los progenitores. 

El padre del pasado, dueño de la verdad, cedió su lugar a un padre más horizontal. En nuestra infancia cuando no sabíamos algo le preguntábamos a nuestro padre y aceptábamos lo que él decía como verdad. Actualmente cuando el nieto hace una pregunta al abuelo, chequea la información con Dios. Toma el teléfono, se conecta con Google y dice: “no es así abuelo, el Google dice otra cosa.”

A partir del 2007 las distancias se agudizaron, cambiaron las actitudes de los latinoamericanos. Sacerdotes, intelectuales, padres y maestros perdieron autoridad por el imperio de la red y la creación de comunidades horizontales unidas. La crisis de la familia como transmisora de valores se debilitó también por la cantidad de información que existe en la red, que se encuentra al alcance de cualquier niño, que genera conversaciones que no pudimos tener en nuestra infancia. 

Otro tanto ocurre con las relaciones de pareja que muchas veces, no tienen en su horizonte al matrimonio, dejando obsoleta la discusión sobre el divorcio. Si la relación con las personas y las cosas que nos rodean es tan efímera, ¿por qué los electores habrían de mantener relaciones permanentes con una ideología o con un partido? ¿No sería lógico que en ese ámbito tenga la misma liviandad con la que se desenvuelve en todo lo que hace?

El nuevo elector, socializado de esa manera, no busca valores permanentes, ni líderes mesiánicos. En el siglo pasado se respetaba la autenticidad del militante consecuente que nunca cambiaba de ideología y terminaba en la miseria. César Vallejo, el gran poeta peruano, fue un modelo ético cuando moría de hambre en París porque “se desayunaba con comunismo”. 

Hoy no se admira al que es pobre. Quienes predican la pobreza tienen todos los lujos

Actualmente no se admira al que muere de hambre o es pobre. Si alguien toma la actitud de Vallejo pueden encerrarlo en una casa de enfermos mentales. Quienes predican la pobreza lo hacen apoltronados en palacios rodeados de todos los lujos. Tienen un negocio lucrativo: el pobrismo. La gente común admira al que tiene éxito, aunque en el camino haya cambiado su forma de pensar las veces que haya sido necesario.

Nuestra sociedad lúdica rechaza el sufrimiento. No se admira a los que padecen, sino a los que gozan de la vida. Incluso cuando jóvenes católicos organizan procesiones o hacen encuentros en el Vaticano, unen la piedad con la búsqueda de placer. En las grandes peregrinaciones los chicos rezan, pero también buscan novias, bailan y tienen ocasión de practicar sexo. Actualmente es raro que alguien se azote o use silicios. 

Cuando los jóvenes llegan a la adolescencia, incluso antes, se identifican con grupos de amigos que sustituyen mucho a la familia biológica. La pertenencia a bandas de rock, tribus urbanas, pandillas, grupos de admiradores de youtubers, y otros en los que viven las rebeldías propias de esa etapa de la vida, es fundamental para la transmisión de valores e informaciones que están en la base de sus actitudes políticas. 

La influencia de esos grupos agranda el divorcio de las nuevas generaciones con la política tradicional a la que sienten ajena, corrupta. Los líderes de la contracultura pueden apoyar a un candidato estrafalario, sin posibilidades de triunfo, pero no a uno que pueda ganar las elecciones y tenga un programa de cambio. Esto es válido tanto para los youtubers como para la mayoría de artistas y famosos que generalmente son liberales que no apoyan al cambio real.

El nuevo elector no busca líderes sobrenaturales y quiere que los dirigentes sean como él

Si un político quiere llegar a las nuevas generaciones debe comprender su mundo. Los valores de los jóvenes no son eternos y menos los políticos. Suponer que los de antes eran mejores, porque oían a los Intillimani o cantaban la Internacional Comunista es absurdo. Intentar atraer a los jóvenes hedonistas de la actualidad con canciones que celebran la muerte es un disparate. Quieren ser felices, no sacrificarse por una utopía. 

Para quienes mantienen antiguos valores esto es desconcertante. Quisieran que sus hijos digan que quieren morir por una idea, cuidándose de que eso no suceda, como ellos mismos lo hicieron. No está claro que los valores violentos del siglo pasado sean mejores que la búsqueda de placer de los nuevos electores. 

Para entender a los otros hay que comprender las diferencias, dialogar, comprender. Si el candidato quería 

atraer votos de jóvenes, era bueno que comparta el gusto por el rock o que al menos lo respete. Le pedimos que vaya a unos conciertos y compre unos discos que sensibilicen su oído. Para sentir el rock metálico hay que educarse, como lo hacemos para disfrutar de la música de Stravinsky. 

El nuevo elector no busca líderes sobrenaturales. Quiere que los dirigentes sean “como él”, padres que comprenden, que comparten sus valores, angustias, inquietudes. La democracia es cada vez más horizontal. 

* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.