miércoles 28 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS ECONOMISTA DE LA SEMANA

La economía de 2022 es una moneda al aire

17-09-2021 23:55

Las PASO están precipitando definiciones no solo sobre el rumbo de la economía, sino también sobre el equipo a cargo de timonear estos tiempos de tormenta. Luego del revés del domingo pasado, el Ejecutivo buscó imprimir gestión en el interregno hasta las elecciones de noviembre presentando el nuevo proyecto de Ley de Hidrocarburos, el proyecto de Presupuesto 2022 y dejando trascender que el acuerdo con el FMI estaba cerca. Pero en el frente oficialista no hay consenso para semejantes definiciones. Asistimos a una puja de poder condicionada por una economía con muy escaso margen de maniobra y la necesidad de alcanzar un acuerdo cumplible con el Fondo Monetario Internacional.

El punto de partida es crítico. El oficialismo tiene que presentar un equipo de gobierno capaz de alcanzar los acuerdos básicos para transitar los próximos dos años en un equilibrio de filo de navaja. Con una inflación en torno de 50% y una situación social delicada, un nuevo salto de tipo de cambio que derive en una aceleración inflacionaria sería lapidario. De nada serviría una política fiscal expansiva en una economía a falsa escuadra. Gran parte de la aceleración inflacionaria poscuarentena tuvo que ver con los desequilibrios que generó financiar los gastos asociados a la pandemia con emisión monetaria. No aprendemos de la experiencia. A esta altura, y luego del resultado de las elecciones, el Gobierno debería tener claro que es más progresivo bajar la inflación que expandir el gasto, por lo menos en estos niveles. En este sentido, garantizar el equilibrio externo es condición necesaria. 

Además, en los próximos dos años de mandato un acuerdo con el FMI podría condicionar al Gobierno a acumular reservas para eventualmente atender compromisos con acreedores externos. La magnitud y velocidad del ajuste estarán contenidos dentro del acuerdo y se reflejan en dos objetivos puntuales: i) resultado fiscal y ii) acumulación de reservas. Lo que está claro es que con este nivel de tipo de cambio (oficial) y brecha cambiaria, acumular reservas es imposible. 

El consumo de alimentos cayó en agosto en el AMBA

Si bien la macro siempre puede ser forzada un poco más de lo que los números anticipan, lo cierto es que no hay un camino posible para mejorar sustancialmente el poder adquisitivo de los argentinos por la sencilla razón de que no hay reservas internacionales para soportar un mayor atraso en el tipo de cambio. 

La apuesta oficial de utilizar el ancla de tipo de cambio para bajar la inflación desde marzo pasado no generó pérdida significativa en la competitividad porque los precios de exportación fueron extremadamente favorables, una situación excepcional que muy difícilmente se repita el año próximo. A pesar de este viento a favor y de la mejora en el nivel de actividad económica por la reapertura de actividades, la jugada no alcanzó para mejorar el poder adquisitivo del salario. El problema para la coalición oficialista es que ya el ritmo de pérdida de reservas no da más margen para que el tipo de cambio corra por detrás de la inflación. Menos con una economía en expansión.

De acuerdo con el propio FMI, luego de las elecciones el Gobierno tendrá que hacerse cargo de la corrección de los desequilibrios que estuvo generando en los últimos meses. En particular, en un documento publicado a principio de agosto, señala que la Argentina deberá corregir su tipo de cambio real multilateral en torno al 20%. El FMI siempre pide más de lo que consigue. 

Sabemos además que la corrección debería ocurrir el año que viene, porque en 2023 hay elecciones y el Gobierno querrá llegar mejor parado. A la vez, debería suceder a lo largo del primer trimestre del año, dando espacio para evitar un conflicto con el agro que demore las liquidaciones a partir del segundo semestre y aprovechar al máximo el contexto de precios internacionales elevados que permite aumentar la recaudación por comercio exterior. 

El BCRA contuvo al dólar en otra jornada caliente

¿Cuáles son las implicancias del ajuste? Teniendo en cuenta los factores que afectan a la inflación, la suba del tipo de cambio entre diciembre y marzo debería ser significativa, si asumimos que finalmente se negocia una mejora del tipo de cambio real. Un escenario diametralmente opuesto al que se presenta en el Presupuesto en el que el tipo de cambio sigue perdiendo frente a la inflación. Una corrección de esta magnitud y tan concentrada en, al menos cuatro meses, no es posible sin un fuerte acompañamiento de tasa de interés o estar dispuestos a seguir castigando las reservas internacionales. Con este nivel de importaciones, y sin corrección de tasa de interés necesaria, se perderían entre US$ 2.500 y US$ 4 mil millones entre diciembre y marzo. Una dinámica insostenible si a fines de este año el BCRA cuenta con US$ 3 mil millones en reservas netas como proyectamos. 

No casualmente el mercado apuesta en este sentido; cerca de la mitad de las colocaciones en la última licitación fueron instrumentos atados al tipo de cambio oficial y los bonos a tasa fija con vencimiento en enero de 2022 están corrigiendo al alza la tasa de interés. El consenso de los economistas captado en el Relevamiento de Expectativas de Mercado que elabora el Banco Central no deja tan claro el momento del año en que ocurriría el salto, pero sí refleja una aceleración del tipo de cambio desde 1,6% mensual en octubre hasta un promedio de 4% desde diciembre.

De más está remarcar que cualquier aceleración del tipo de cambio se traduce en nueva presión política cuando la suba en los alimentos deteriore aún más el ingreso de las familias. También vale remarcar que no hay forma de que la Argentina pague los vencimientos por casi US$ 20 mil millones con el FMI en 2022 si no lograse llegar a un acuerdo.

Con todos estos elementos en la ecuación el Gobierno deberá definir un equipo de gestión capaz de contener la presión de un frente oficialista que cruje, con buen diálogo con los organismos internacionales de crédito y los mercados financieros, con capacidad de generar consensos básicos en el Congreso para aprobar el presupuesto y el acuerdo con el FMI y contener la presión social de un proceso de ajuste que aún no termina. Las expresiones de deseo con épica expansiva se diluyen en las restricciones que genera la propia realidad. Tal vez la impotencia frente a este diagnóstico compartido sea la que genera tal magnitud de crisis en el espacio oficialista.