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La industria de la memoria

Deberíamos preguntarnos cuándo esta preocupación se convirtió en un asunto de mercado

Tabarovsky
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Les bienveillantes (Las benevolentes) acaba de ganar el Premio Goncourt de novela en Francia. Su autor, Jonathan Littell, es norteamericano, pero escribió el libro en francés. No es la primera vez que ocurre: el ruso Andrei Makine también ganó el mismo premio con una novela escrita en francés. Sin contar el caso de Beckett, que ganó el Premio Nobel escribiendo tanto en inglés como en francés. Además del genial Copi, entre nosotros el argentino Héctor Bianciotti también cambió de lengua: abandonó un castellano deudor de las peores novelas de Mujica Lainez y lo reemplazó por un francés sobreactuado, cuya única influencia reconocible es el diccionario de sinónimos Larousse.
No leí las 912 páginas de Les bienveillantes, así que no sé si la novela es buena o no. Pero las notas de prensa, de allí y de acá, dan cuenta de la trama (no nos olvidemos que para el periodismo cultural y para los jurados de los premios, algo absolutamente nimio y secundario como la trama tiene una importancia central). Según parece, se trata de las confesiones de un oficial de las SS, que le permiten al narrador “una reconstrucción bastante minuciosa del exterminio y de la transformación de un intelectual refinado en un técnico del horror” (según Stefano Bucci, del Corriere della Sera).
Es decir: otra novela francesa sobre el tema de la memoria. La cultura francesa de las últimas décadas parece atrapada en su propio laberinto de memoria y olvido, recuerdo y desmemoria. No pasa una semana, mejor dicho, un día, sin que de Francia nos lleguen novelas, ensayos, películas, canciones, discursos, poemas, proclamas, biografías, autobiografías, veredictos, artículos de prensa, cuadernos de notas, diarios íntimos, documentales, programas de televisión, confesiones, filosofías, y epitafios, sobre la ocupación nazi, la colaboración, la resistencia (o la ausencia de ella), y el lugar de una sociedad frente a su pasado más terrible.
Un pensamiento crítico debería preguntarse en qué momento esta preocupación legítima se convirtió en un asunto de mercado. Porque de eso se trata: del momento en que una reflexión aguda sobre la historia, sobre la ética y sobre la memoria se transformó en una industria, en un lugar común, en la moneda de cambio trivial del lazo social.
Ocurre que durante cuarenta años en Francia casi no se habló del tema (estaba forcluido, para decirlo en términos franceses). Durante toda la posguerra y hasta el triunfo del socialismo en 1981, gobernó la derecha (populista y resistente al nazismo a lo De Gaulle, burocrática a lo Pompidou, liberal y corrupta a lo Giscard d’Estaing), y recién en los ’80 se abrió el debate social sobre el pasado (por cierto, no gracias a Mitterrand, él también antiguo colaboracionista devenido resistente de última hora; pero sí como producto del cambio cultural sobre el que se apoyó su triunfo). Desde la aparición política de figuras como Serge Klarsfeld, de la asociación de hijos de deportados judíos, hasta filmes como Shoah de Claude Lanzmann, pasando por la irrupción en la escena filosófica de la cuestión del Otro, del Rostro, de la tensión entre escritura y memoria, es decir, del éxito tardío y definitivo de pensadores como Derrida o Levinas, esos años fueron los de un cimbronazo contra muchos de los temas tabú del pasado francés.
En esos años, los “lugares de la memoria” pasaron a ser uno de los temas clave del urbanismo, la conservadora y agonizante noción de museo recobró un segundo aliento, y todo pensamien-
to de izquierda que se preciara debía incluir una reflexión sobre la memoria (siendo que hasta entonces el pensamiento de izquierda expresaba, ante todo, un augurio sobre el futuro).
Treinta años después, en Francia la memoria parece haberse vuelto un producto del souvenir cultural, un párrafo humanista del servicio de prensa de las grandes editoriales. Un producto de exportación como el vino de Bordeaux, la música electrónica melancólica, la y la camiseta de Zidane. Mientras tanto, en los suburbios de París, la cosa está que arde.