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La libertad en peligro

16-4-2023-Logo Perfil
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Para los amantes de la libertad (debe haberlos, pese a todo) ha de haber resultado terrible escuchar esa frase tremenda, la más opuesta, la más adversa, la más hostil para la noción de libertad: la que concluye (¡y concluye antes de empezar!) que “no hay alternativa”. No hay modo de que la libertad no se dañe con una visión de esa índole, ahí donde la libertad se basa ni más ni menos que en la posibilidad de elegir (aun bajo la forma extrema y paradójica que concibió Jean-Paul Sartre, la que plantea que estamos condenados a elegir).

Ahí donde “no hay alternativa”, no hay elección posible, y ahí donde no hay elección posible, no hay auténtica libertad. Hay lo contrario: inducción forzosa, imposición inapelable, determinismo (pero no el determinismo de lo inexorable, el que establece que “no hay nada que hacer”, sino el determinismo de la obligatoriedad, el que dice: “solo es posible hacer esto, y ninguna otra cosa que esto, y no hay forma de negarse a hacerlo”).

Por eso infiero que los amantes de la libertad han de haberse sentido, como me sentí yo, dolidos, contrariados, compungidos, preocupados, al escuchar de boca del Presidente ese drástico “no hay alternativa” (¡y escucharlo repetido!), la lisa y llana eliminación de la libertad, al ver la forma en que se la hería de muerte y se la dejaba de lado. Para el amante de la libertad, siempre hay alternativas, no se resigna a la falta de opción. Y si un determinado paradigma, en un punto determinado, llega a una instancia así y no deja alternativa, habrá que darlo por agotado y promover un paradigma distinto, uno que sí habilite alternativas, uno que resulte, él mismo, una alternativa.

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¿No hay alternativa? Entonces no hay libertad. Libertad en un sentido cabal, libertad en un sentido genuino. Queda apenas esa versión engañosa, restringida por un economicismo reductivo y falaz, que promueve la especulación perniciosa de los que siempre sacan tajada, que beneficia a los que tienen más, que perjudica a los que tienen menos. O descarga la crueldad impasible de su ajuste sobre la maestra de una escuela pública, por ejemplo, o sobre el enfermero de un hospital público, pues pertenecen a las fuerzas del mal, a saber, el Estado, antes que sobre un empresario chupasangre, acaparador y mezquino, por ejemplo, pues pertenece a las fuerzas del bien, esto es, al sector privado. O bien esa versión baladí, la que prospera en la adolescencia, hecha de gestos nimios de una rebeldía de aspavientos y vociferación. O bien esa variante extraña, insostenible pero vigente, que asocia malamente la libertad con la represión, su antagonista primordial, y se entretiene en la contemplación perversa del show de la violencia estatal (porque el Estado, en tales casos, ¡les encanta!), el aplastamiento por coerción de las luchas por la libertad en sus formas esenciales y primigenias (luchas por la equidad, luchas por la igualdad), castigadas a palazos o a balazos.

Alguien se ve obligado a cambiar los planes para su cena del día, porque va al supermercado a comprar y tropieza con la sinceridad impiadosa de los poderosos formadores de precios. Alguien se ve obligado a cambiar los planes para sus vacaciones en enero, porque a su sueldo de trabajador le han vuelto a encajar un impuesto (eso sí, con repugnancia, con ganas de cortarse una mano). ¿Qué habrá sido entonces, en casos así, del respeto irrestricto por el proyecto de vida del otro? Hay vidas de tanta aflicción que los proyectos se miden en plazos cortos: van de la tarde a la noche, van de un mes al mes siguiente. Y aun así, se atascan, se frustran, se complican, se ven ferozmente amenazados bajo una atrofia de la libertad.

Nos invitan a sufrir. Algunos aceptan, gustosos. Otros adhieren y respaldan, porque no son ellos los que van a sufrir más, o no son ellos los que van a sufrir. La idea es la de todo imaginario mesiánico: el que exige un sacrificio para que haya una redención. Funciona bien en el universo de las creencias religiosas, y tanto más en quien las afronta uncido por un trance místico. En el plano de la realidad social, sin embargo, en el reino de este mundo, es dolorosamente fácil comprobar una y otra vez que los que van al sacrificio suelen ser más o menos los mismos siempre, y los que se salvan, que no son ellos, suelen ser siempre los mismos también.