COLUMNISTAS
Conclusiones

La mano negra

Pocas columnas, de las que vengo escribiendo en este persistente periódico a lo largo de los años, me requirieron tanto simulacro de producción intelectual previa. Inventé, cambié y di vuelta frases, pensé y olvidé argumentos, ejemplos y contraejemplos, taché y corregí mentalmente muchísimo más que aquello con lo que el sufrido y simplificado lector se encontrará, pero a fin de cuentas no tuve, no tengo más remedio que empezar con mi frase de cabecera favorita, la que encontré como epígrafe de “Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero”, obra delirante y cervantina del genial sacerdote anglicano Lawrence Sterne. El epígrafe reza: “Lo que perturba a los hombres no son las cosas en sí, sino las opiniones sobre las cosas”, pertenece al griego Epícteto (55-135 d. C.).

La frase volvió a mi mente no por efecto de las últimas declaraciones de la tan adorable como imperdonable Lilia Lemoine (los motivos son distintos) sino a causa del efecto resaca de la catarata interpretativa post Mundial. No se escapa a ningún argentino que el seleccionado local culminó su período ascendente con el triunfo del 2022, y que a partir de entonces comenzó una lenta pero perceptible declinación que nos permitía imaginar la doble coronación menos a causa de méritos propios del conjunto que a la intervención milagrosa del hoy por hoy mejor jugador del siglo XXI. Y los milagros venían ocurriendo, sustancialmente a causa de las piernas casi cuarentonas de Messi, y también por un movimiento reactivo comparable al del guapo que se enciende cuando le mojan la oreja, como ocurrió partido tras partido hasta el de la final. La idea de que “nuestra” final aconteció contra la selección inglesa es prueba de resignación y testimonio del modo inextricable en que se combinan lo real y lo imaginario, cosa que eventualmente podría derivar alguna vez en una consecuencia real: por ejemplo, que Inglaterra devuelva las Malvinas porque Licha Martínez agitó la sábana reivindicativa. Pero lo que ocurrió fue el movimiento opuesto: montones de argentinos creyeron que no habíamos ganado el Mundial porque la FIFA nos castigó. En resumen: la paranoia es tan individual como colectiva, y como enfermedad del psiquismo es la más interesante porque combina una suerte de elementos diversos, muchas veces inconexos entre sí (como un paraguas y un inodoro), que de golpe la mente resuelve sinópticamente en un resultado superior, en un eureka.

Así, no fue que la selección española, sin ser la última de las maravillas, jugó mejor que la nuestra, sino que se combinaron el FBI, la FIFA, Trump, Tapia, un expulsado, jugadores que llegaron lesionados y que se cayeron en la final, Messi sospechosamente quieto, las presuntas amenazas a familiares, foules cobrados a los nuestros y no a los otros, y todo dio por resultado algo que a nuestro temperamento vindicativo le resultó mucho más satisfactorio que el Mundial mismo: ser víctimas de una conspiración y no responsables de nuestros actos. La memoria de Maradona como héroe e ideólogo nacional. Por supuesto, ahora la FIFA pretende sancionar a los jugadores de la sábana malvinera. Conclusión: mejor si la mano negra existe.

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