COLUMNISTAS
Simone de Beauvoir, a 100 aos de su nacimiento

La mujer ilustrada

Hoy se la lee poco, se la aprecia menos y resulta difícil revivir el deslumbramiento provocado por la pareja que componía con Jean-Paul Sartre hacia mediados del siglo pasado. La sombra de Sartre, de hecho, la favoreció pero, a la vez, obstaculizó la valoración de sus méritos propios. No obstante, y a pesar de sus menores recursos, y gracias al esfuerzo y a una disciplinada voluntad, supo administrar bien su talento frente a la genialidad a veces desbordada del filósofo. Un retrato reivindicativo de la escritora e intelectual, por el sociólogo argentino.

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Simone de Beauvoir cultivó diversos géneros pero fue poco considerada como autora de ficción; debe rescatarse, sin embargo, La invitada (1943). Había aconsejado a Sartre que introdujese en su novela filosófica La náusea un poco de aquel suspenso de la novela policial que tanto les gustaba a ambos. Asimismo, La invitada fue una acertada mezcla de filosofía y novela policial: escrita bajo la advocación de Hegel –cada conciencia persigue la muerte de la otra–, en esos personajes que vivían traicionándose recíprocamente hay ecos de Dashiell Hammett.
Pocos han reparado –Sonia Kraus es una excepción– en que su pensamiento filosófico, aunque no del todo desarrollado, era original y en parte independiente. Había logrado una síntesis entre Sartre y Maurice Merleau-Ponty. El concepto de ambigüedad esbozado en Por una moral de la ambigüedad (1947) derivaba de Merleau-Ponty y no de Sartre. Incluso, De Beauvoir criticaba la idea de libertad del primer Sartre por ser una concepción estoica según la cual sólo tenía importancia lo que dependía de uno mismo y por lo tanto todo hombre sería siempre libre en cualquier circunstancia. De esta concepción podían deducirse actitudes reaccionarias ya que si todo el mundo fuera libre no habría que preocuparse de nadie y cada uno podría confinarse en su vida interior. Años después recordaba esas disidencias con Sartre: “Discutíamos mucho sobre El ser y la nada, yo me oponía a algunas de sus ideas (…) hablaba de la libertad como si fuera total en igual grado para todo el mundo o al menos que siempre era posible ejercer la propia libertad. Yo en cambio insistía en el hecho de que existen situaciones en las que no puede ejercerse la libertad o ésta no es más que una mistificación. Sartre convino en ello y en lo sucesivo confirió mucha importancia a la situación en la que se halla el ser humano”.
Esta crítica a la idea sartreana de la libertad estaba inspirada en el último capítulo de Fenomenología de la percepción de Merleau-Ponty, donde éste advertía que la libertad absoluta de Sartre tenía en cuenta las condiciones de la posibilidad pero no las de la realidad. El nominalismo solipsista de la insularidad de las conciencias del primer Sartre lo reemplazaba De Beauvoir por la intersubjetividad merleaupontiana, después también adoptada por el segundo Sartre. En Crítica de la razón dialéctica, parecería que su autor había prestado atención a los reparos de sus dos amigos. En los primeros años de Les temps modernes, De Beauvoir formaba con Sartre y Merleau-Ponty el trío central del grupo existencialista, luego destinado a romperse por disidencias políticas.

La crítica social. El segundo sexo (1949), hito de la literatura feminista, fue además un aporte insoslayable a las ciencias sociales y un clásico de la literatura del siglo XX. Obras como ésta y La vejez (1970) permitieron a Martin Walzer sostener que era mejor crítica social que el propio Sartre. Aquí también es importante su propia concepción de la libertad y la mayor importancia otorgada a la realidad exterior al hombre que le permitieron analizar la condición femenina y la vejez con abundancia de datos sociales, económicos, políticos y biológicos, ausentes con frecuencia en Sartre. En De Beauvoir hay un mayor grado de rigor científico, más destacable en una época en que las ciencias sociales recién comenzaban a desarrollarse. Aunque tampoco faltan en algunos momentos las vaguedades y verbosidad, esta obra logró permanecer vigente después del eclipse del existencialismo.
En la medida en que un libro influye en los grandes acontecimientos sociales, puede decirse que El segundo sexo contribuyó a la transformación de la condición femenina ocurrida décadas más tarde de su publicación. El movimiento feminista que surgió en los años 60 la consideró su pionera y ella misma se hizo una militante del feminismo desde 1971, cuando firmó el manifiesto de las 343 mujeres que declaraban haber abortado.
Los planteos de esa obra eran insólitos para esa época y siguen siendo audaces aún hoy: cuestionaba instituciones sagradas como la familia tradicional y la maternidad, defendía el amor libre y consideraba el lesbianismo como una alternativa sexual. Abogaba por el control de la natalidad y la despenalización del aborto, reivindicaciones todavía pendientes.
Su feminismo teórico fue heredero de la tradición ilustrada, al igual que el existencialismo francés sartreano, opuesto al existencialismo alemán heideggeriano, heredero del romanticismo antiilustrado. La influencia de esta última línea de pensamiento daría origen al relativismo cultural del feminismo radicalizado que acentuaba la singularidad, la excepcionalidad de la mujer enfatizando el derecho a la autodeterminación de una comunidad femenina distinta y opuesta al varón. Contra esa visión diferencialista, De Beauvoir defendía el igualitarismo, centrado en la igualdad y no en las diferencias entre varón y mujer: “Pienso que la mujer liberada será tan creadora como el varón. Pero que no aportará valores nuevos. Creer lo contrario es creer que existe una naturaleza femenina, algo que siempre he negado. Las diferencias que existen entre el varón y la mujer no son más importantes que las diferencias individuales que puede haber entre mujeres o entre varones”.
El ultrafeminismo coincidía, aunque con distinto signo, con el esencialismo de la visión machista que exaltaba las virtudes peculiares de la mujer para mejor negar su igualdad con los varones. De Beauvoir consideraba, en cambio, que los valores universales no debían ser rechazados por el hecho de haber sido históricamente patrimonio masculino. Por el contrario, sólo apropiándose de los mismos se derrotaría el patriarcalismo. La mujer libre “acepta los valores masculinos: se enorgullece de pensar, emprender acciones, trabajar, crear en los mismos términos que los varones; en vez de menospreciarlos, se declara su igual”, como escribió en El segundo sexo.

Contra el culto a los héroes. Una muerte muy dulce (1964) fue criticada por usar la agonía de su madre para hacer un libro. Sin embargo, permitió identificarse afectivamente a los lectores que pasaban por trances similares. Más atacado aún fue La ceremonia de los adioses (1981), por haber osado mostrar con toda crudeza la decrepitud de Sartre. Ese fue, por el contrario, un mérito al socavar el mito y el culto de los héroes intelectuales y transgredir el tabú de los intocables, mostrando a Sartre como un hombre común con las flaquezas físicas e intelectuales de todos los seres humanos.
Del mismo modo, la publicación de cartas y diarios íntimos, así como de los testimonios de allegados, las novelas en clave, las autobiografías y biografías provocarían escándalo en los pacatos, pero lejos de desilusionar por la revelación de pequeñas maldades nos hacen verlos más parecidos a los seres comunes. La proyección del “modelo de la pareja ideal” volvía lejanos e inaccesibles a todos aquellos que jamás lograrían ese ideal; al descubrirse el engaño, se diluyó la proyección pero se hizo más cercana la identificación. Como en las cortes provenzales, el amor era, al fin, una invención literaria.