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La nueva popularidad

Influencers 20240210
Fama, popularidad, influencer | Unsplash | George Pagan III

Con sus innegables horrores a cuestas, la vieja televisión era un factor aglutinante de lo que algunos llaman tejido social. Lo era principalmente a través de sus figuras, capaces de alcanzar el reconocimiento masivo de las grandes estrellas de cine. Los capocómicos, las heroínas y galanes de telenovela, los conductores de eternos programas de concursos o de análisis político, podían jactarse de formar parte de la cultura popular, de ser, como se dice con toda la demagogia posible, parte de la vida de la gente.

Con internet, la proliferación de los productos de nicho complace a públicos particulares y sus figuras, en general más cerca de la órbita influencer que de cualquier otra, tienen una popularidad que talla en un marco específico fuera del cual se desvanece. Alguien puede tener 500 mil seguidores en Twitter y TikTok, ser un streamer que convoca a miles de interlocutores o llevar adelante un canal de YouTube con más de un millón de suscriptores, sin que eso signifique ser masivamente reconocido y, mucho menos, masivamente amado.

Un tulipán o una casa

Salvo excepciones que todos conocemos, el “famoso” va renunciando a ser lo que era. El de la tele ya no es tanto un profesional que conduce o actúa en un programa, dejando huella en la memoria, como alguien que tiene los 15 minutos de Warhol por haber protagonizado algún hecho relativamente extraordinario que, en general, no alcanza para suscitar la admiración imperecedera con la que contaban sus antecesores. El famoso de internet, por su lado, rara vez alcanza una popularidad que le valga saludos en la calle, aluviones de molestos paparazis o pedidos de autógrafos a mansalva; sabe que opera en un campo de acción restrictivo en todas las áreas en las que la vieja televisión era magnánima. Incluso el cine, que sigue generando figuras cuyo reconocimiento es equivalente al de un deportista de elite o al de una estrella pop, se inclina a parcelar su caudal de celebridades, a partir de nuevas variables de mercado. Con las series de relevancia internacional, el fenómeno es parecido porque, de acuerdo al tema que traten, suscitarán la atención de grupos de público diferidos.

Con sus innegables horrores a cuestas, la vieja televisión sostuvo, mediante producciones nacionales de gran alcance, una suerte de jet set propio, capaz de convocar a personas de todo tipo, a lo largo de varias generaciones. Pese a haber sido criticada por fomentar la estupidez, alejar a las familias del diálogo y a las masas de los libros, la vieja televisión podía jactarse, por más boba que fuese, de establecer un código común y transversal que circulaba entre millones de personas. Es difícil encontrar en nuestra era de emprendedurismo mediático y fragmentación cultural algo con aquella potencia. Lo popular, en el sentido de “lo que pertenece al pueblo”, se va desdibujando. ¡Los consumos culturales serán individualistas o no serán! parecen gritar estos tiempos; total, al pueblo ¡le quedan cada vez menos pertenencias!