COLUMNISTAS

La peor especie

En 1926, Joseph Roth viajó a la Unión Soviética como corresponsal del Frankfurter Zeitung. Cuenta Soma Morgernstern, su compañero de redacción, que se trataba de un periódico muy moderno. No había un jefe de redacción y estaba dirigido por un comité de editores que se reunía diariamente a las ocho de la mañana. Las reglas de estilo prohibían la expresión “como es sabido”, la publicación de entrevistas o hablar de “fuentes autorizadas”. Cuando algún colaborador joven lo intentaba, sus jefes le respondían: “Nada es autorizado. ¡Nómbrense las fuentes o deséchense!”. Sería interesante que algún diario actual probara con esos principios periodísticos, pero soy pesimista al respecto.

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En 1926, Joseph Roth viajó a la Unión Soviética como corresponsal del Frankfurter Zeitung. Cuenta Soma Morgernstern, su compañero de redacción, que se trataba de un periódico muy moderno. No había un jefe de redacción y estaba dirigido por un comité de editores que se reunía diariamente a las ocho de la mañana. Las reglas de estilo prohibían la expresión “como es sabido”, la publicación de entrevistas o hablar de “fuentes autorizadas”. Cuando algún colaborador joven lo intentaba, sus jefes le respondían: “Nada es autorizado. ¡Nómbrense las fuentes o deséchense!”. Sería interesante que algún diario actual probara con esos principios periodísticos, pero soy pesimista al respecto.

Roth tampoco volvió muy optimista de su periplo soviético, como se advierte en Viaje a Rusia, el libro que reúne sus crónicas y se acaba de publicar en castellano. A la ida era un simpatizante de la Revolución. A la vuelta se había convertido en monárquico, lo que provocó un sarcasmo de Walter Benjamin (que coincidió con Roth en Moscú) sobre el “pensamiento de aquellos que viajan aquí como políticos con irisaciones rojizo-rosadas bajo el signo de una oposición de izquierda y de un tonto optimismo”.

Sin embargo, las irisaciones del pensamiento de Roth eran de otros colores, como se puede ver en otro libro fundamental sobre el escritor: Lejos de dónde, de Claudio Magris. Allí, el autor habla de El profeta mudo, la novela que Roth escribió a la vuelta de su viaje y está basada libremente en la figura de Trotski. Aunque laico y tolerante, dice Magris, Roth no es un socialista moderado sino una figura mucho más compleja, heredera de la tradición judeo-oriental, alguien para quien “no existe presente y no existe futuro porque no existe la posibilidad de incidir de alguna manera en la historia”.

La idea de Roth sobre la Revolución está explicada en una conferencia que pronunció a su llegada a Fráncfort en enero de 1927, con el título “Sobre el aburguesamiento de la Revolución rusa”. Allí comienza diciendo: “Me esforzaré en demostrarles esta tarde que la burguesía es inmortal. La más cruel de las revoluciones, la bolchevique, no ha podido aniquilarla. Pero aun hay más: esa cruel revolución bolchevique ha creado sus propios burgueses”. A Roth le parece una broma de la historia que se pueda hablar de un burgués bolchevique, pero sus observaciones sobre el terreno lo llevan a sostener que tal cosa no es imposible. La Rusia de 1926, apenas muerto Lenin y antes de que Stalin se consolide en el poder, le parece un país en el que una nueva burocracia ha logrado que la población viva con “la espalda doblada”, humillada frente a una propaganda oficial que sume al país en la mentira. “Una contemplación del mundo cautiva de la ideología produce informes provincianos, estrechos de miras y, además, falsos.”

Algún eco de esa frase resuena en un país vecino, donde un gobierno puede alucinar un golpe de Estado y lograr que sus partidarios repitan la tontería al unísono. Pero esos partidarios –y ésa es una gran observación de Roth– no son sólo las masas inarticuladas sino, sobre todo, los miembros de un partido que se integra con gente como aquel miembro de la juventud comunista que le confesó: “Tengo que ingresar en el Partido porque quiero viajar al extranjero con un estipendio estatal”. Roth remata la idea con esta frase demoledora: “No existe un tipo peor que el revolucionario pequeñoburgués, el trepa, el burócrata arribista”. Ese burócrata es el que “hace como si se gobernara en clave socialista, como si se preparara, realmente, el advenimiento del socialismo”.

Parece raro hablar del arribista como una figura esencial de la política, pero a veces pienso en un personaje que conozco, funcionario del país vecino, del que fuentes autorizadas aseguran que no está dispuesto a claudicar. Es sabido que nunca entregará sus ideas, ni su chofer, ni su pileta de natación.