En una mesa de discusión reciente en la sede de la Universidad de Bologna en Buenos Aires, el profesor Gianfranco Pasquino señalaba que el proceso político italiano posterior a la Segunda Guerra Mundial mostraba dos etapas sucesivas diferenciadas en cuanto a la articulación del sistema de partidos.
En la primera –que se prolonga hasta los años ochenta– hay un bipartidismo dominante, con un eje en la Democracia Cristiana y otro en el Partido Comunista.
En la segunda etapa, que se precipita entre fines de los ochenta y comienzos de los noventa, se produce la crisis de este sistema bipartidista, siendo el llamado “mani pulite” el desencadenante del mismo.
Pero también el fracaso del comunismo deja al PC italiano sin entidad ni sentido, y entonces la Democracia Cristiana, aglutinada para enfrentarlo, deja también de tener su sentido.
En la segunda etapa hay una reconstitución del sistema de partidos a través de coaliciones, cuyo eje es la figura de Silvio Berlusconi.
Este ha logrado constituir un sólido bloque social, siendo la expresión italiana de lo que suele llamarse en el mundo “neoconservadorismo”, que en el caso italiano tiene su particularidades, dado que en el fenómeno político que representa Berlusconi hay elementos típicos de populismo, ausentes en al versión anglosajona.
Suma por un lado a una base de tipo regional, que es la Liga Lombarda; por otro lado a su propio partido, que se ha consolidado como fuerza nacional en todo el país; y a ellos se suman sectores que en otro momento se asumieron como neofascistas. Sectores empresarios importantes forman parte de este bloque, que tiene a su favor el emporio de medios de comunicación que responde al actual primer ministro.
Frente a Berlusconi se han sucedido distintos intentos de organizar una coalición de centro-izquierda, de los cuales el más reciente es el Partido Democrático de Veltroni. Pero estos intentos han fracasado sistemáticamente.
El Bloque Social del centro-izquierda no tiene la misma cohesión que el de Berlusconi. En tanto y en cuanto no logre dividirlo, no es fácil que el centro-izquierda llegue al poder y, de lograrlo, que pueda gobernar.
Hasta acá, esta brevísima descripción del proceso político italiano muestra que el sólido bipartidismo italiano correspondió en la Argentina al predominio militar en la política. En este período tienen lugar cuatro golpes militares en la Argentina y es un líder político —que es también militar profesional— como Juan Domingo Perón, quien domina la política.
Los partidos son extremadamente débiles, a diferencia de lo que sucede en esos años en Italia. El bipartidismo radical-peronista no tiene anclajes ideológicos claros y además el primero sufre constantes divisiones que lo debilitan, y el segundo la proscripción que le impide votar en varias oportunidades.
La crisis del sistema de partidos italiano coincide en el tiempo con la democratización argentina, que se inicia sobre el final del bipartidismo italiano.
Es así como en los años ochenta, sectores del radicalismo como la llamada Coordinadora y del peronismo como la Renovación, veían en el bipartidismo político italiano y su vinculación con el mundo de los negocios, un modelo a imitar.
El peronismo ha sido un eje dominante en la política argentina de los últimos veinte años, como Berlusconi lo ha sido en la italiana. Pero mientras el primero no ha tenido un anclaje ideológico definido, deambulando de Menem a Kirchner, el segundo ha tenido una posición ideológica definida, que ha mostrado firmeza en el sistema político italiano. Y el no peronismo en la Argentina en los últimos tiempos ha mostrado la misma dificultad para gobernar que el centro-izquierda en Italia.
Las coincidencias en materia de cultura política entre Italia y Argentina son importantes y ellas pueden encontrar explicación en el fuerte flujo migratorio de esta nacionalidad que ha tenido el país.
Que casi un tercio del PBI italiano esté en negro es una evidente semejanza. También lo es el personalismo en la política. Berlusconi podría ser un personaje de la política argentina, pero difícilmente de la chilena o la uruguaya. Pero hay dos diferencias importantes.
La primera es que, pese a las dificultades que hoy enfrenta la economía italiana, el resultado de la democracia en este campo ha sido aceptable. El país hoy está mucho mejor que sesenta años atrás.
La otra es que Italia tiene la contención de Europa y su sistema institucional y económico representado por la Unión Europea, el Parlamento Europeo, el Banco Central Europeo, el euro y otros instrumentos. Ello da estabilidad a la situación del país, más allá de sus reiteradas crisis políticas.
La Argentina no tiene un marco de contención regional similar y ello potencia los efectos de las crisis políticas y económicas que el país sufre reiteradamente, como parece suceder nuevamente ahora.
La construcción de un sistema de partidos o por lo menos de sólidas coaliciones políticas, quizás sea la agenda común que Italia y Argentina tienen por delante.
* Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.
La política en Italia y la Argentina
En una mesa de discusión reciente en la sede de la Universidad de Bologna en Buenos Aires, el profesor Gianfranco Pasquino señalaba que el proceso político italiano posterior a la Segunda Guerra Mundial mostraba dos etapas sucesivas diferenciadas en cuanto a la articulación del sistema de partidos.