Los emperadores romanos solían proveer de entretenimiento a sus súbditos. En la Argentina actual, el Gobierno comparte ese rasgo generoso y les ofrece a los ciudadanos el Fútbol para Todos, aunque sus planes recreativos son mucho más amplios. Aquí en San Clemente no pasa una semana sin que se ofrezca un concierto gratuito. El otro día tocaron tres bandas: Paquete de Tres, Sapo Atómico y Papas ni Pidamos –más números de acompañamiento– por cuenta de la Presidencia de la Nación, que trajo un gigante camión-escenario frente al que se armó una pequeña platea.
Es cierto que en los espectáculos romanos se mataban animales y cristianos, pero no se repartía publicidad como la que me obsequió a la salida de la playa la delegación que acompañaba a los músicos. Recibí, al menos, cinco piezas gráficas, incluyendo un libro enorme del Ministerio de Desarrollo Social que un uniformado repartidor de panfletos me entregó con la aclaración de que allí iba a encontrar “la obra del Gobierno que los medios concentrados no quieren que el pueblo se entere”. También me regalaron el número de la revista Nuestra cultura que edita la Secretaría de Cultura, cuya nota de tapa es “La patria, a la mesa” y cuyo sumario se parece al suplemento que editaba cierto diario hace dos décadas –tal vez sea aun más sosa y aburrida– e incluye una doble página central titulada “¡Gracias, Néstor!”
No pienso quejarme de que el Gobierno haga propaganda electoral con nuestro dinero. Al contrario, quiero celebrar la creación de trabajo que generan estos servicios gratuitos. Cachets para los músicos, salarios para repartidores de volantes, choferes, redactores, fotógrafos y editores; ventas para las empresas proveedoras de sillas, de equipos de audio y de camiones, para las imprentas a las que se adjudica un material tan noble y voluminoso. Esta es una de las bases de la redistribución de la riqueza que propone el modelo K. Es cierto que hay pocos opositores en la cadena comercial y laboral, pero es lo de menos.
*Periodista y escritor.