miércoles 10 de agosto de 2022
COLUMNISTAS opinion

La trampa

20-02-2022 01:53

La caverna argentina es una precuela de la caverna de Platón. En la nuestra todavía no llegó la hora de poner en duda si existe alguna realidad alternativa a la que se nos proyecta a diario frente a la pared. Recién estamos en la instancia en la que un sector pretende demostrarle al otro, que sus sombras son la verdad y no las suyas. Es la lucha entre el universo cerrado, perfecto e irreal de unos, versus el universo fantástico de los demás.

Atrapados. A mediados de los 70 se estrenó en los cines un clásico de Milos Forman, que en castellano se llamó Atrapado sin salida, basado en el libro de Ken Kesey Alguien voló sobre el nido del cuco. El título original se refiere a una rima infantil: “Había tres gansos en la bandada, uno voló al este, uno voló al oeste y uno voló hacia el nido del cuco”. “The cuckoo’s nest” significaría, vulgarmente, casa de locos.

La película conmocionó a la Argentina de aquellos años que se parecía mucho a un país de locos. Y es una vuelta de tuerca a la alegoría de Platón: un personaje interpretado con genialidad por Jack Nicholson llegaba a un manicomio y le develaba a todos que eran prisioneros de falsos relatos. También era una metáfora acerca de que siempre hay una decisión personal sobre hacia dónde volar, sobre el destino de cada uno.

En términos institucionales, el país actual es infinitamente mejor que el de aquellos tiempos violentos. En términos económicos no. Tampoco varió demasiado en cuanto a la existencia de grandes relatos ficcionales que dividen a la sociedad entre buenos y malos. Una guerra de sombras en donde el eje cotidiano de la conversación social sigue centrado en alimentar la veracidad del relato propio y en negar la existencia del otro.

La caverna argentina es una precuela de la caverna de Platón. Aquí aún no se plantea si hay una realidad alternativa

Plantear a la economía y a la política como una lucha entre el Bien y el Mal es funcional a la construcción de esta caverna nacional y al enfrentamiento tribal de sombras versus sombras. Pero impide entender que la economía y la política son las herramientas legítimas que usan sectores con intereses en pugna para argumentar, intentar imponerse sobre los otros o, al menos, negociar de la mejor forma posible con ellos.

Si cualquier iniciativa del otro fuera producto de la maldad y la corrupción, entonces no serviría el diálogo. En cambio, si se aceptara que el otro puede perseguir objetivos distintos, aunque no intrínsecamente malignos, la negociación sería posible.

Y si se aceptara, además, que podría existir alguna dosis de altruismo (de que más allá de defender intereses sectoriales, a los unos y los otros los podría guiar la búsqueda de un beneficio colectivo), el diálogo sería más sencillo.

La mutua estigmatización también es un símbolo de degradación intelectual. Como cuando se comienza y termina cada debate con la palabra corrupción para evitar la complejidad de explicaciones más profundas.

Lo decimos desde un diario y una editorial especializada en investigar la corrupción de todos los gobiernos: que ese sea el fondo de cualquier discusión pública, indica cierto nivel de frivolidad general.

Malditos. La polémica en torno al acuerdo con el Fondo Monetario y al déficit fiscal, renovó las confrontaciones más extremas.

Los dirigentes y los medios de la grieta centran sus argumentos en la satanización del otro. En lugar de explicar que se trata de posiciones distintas que responden a intereses en pugna, en general legítimos, simplifican hasta que duele.

Esta semana, por ejemplo, sobre la problemática de los planes sociales, desde las élites de los núcleos más agrietados, se escucharon soluciones tan elaboradas como éstas: “Los piqueteros a laburar”, “Que el Gobierno deje de alimentar vagos”, “Que en lugar de pagarle al FMI, el Gobierno le dé comida al pueblo”.

Las soluciones siempre son obvias y sencillas. En este caso, todo se solucionaría con que unos decidan trabajar o con que el Gobierno reparta o deje de repartir ayuda social.

Pero es una trampa del inconsciente social: si todos están motivados por la maldad o una forma de corrupción, la  salida está lejos.

Según el Observatorio de la UCA, hay 22 millones de personas que reciben algún tipo de asistencia social. Casi la mitad de la población, en línea con la cantidad de pobres.

El problema de fondo no son los que prefieren un plan a un trabajo o los punteros que viven de esa red. El problema es la imposibilidad de acordar un modelo de crecimiento que permita, paulatinamente, la incorporación de esos millones a un mercado laboral formal.

Desatanizar. El gasto en la burocracia estatal es otro de los temas que volvió al foco del debate por las tratativas con el Fondo. En los últimos veinte años se pasó de 2,2 millones de empleados estatales a 3,6 millones. Así, el empleo público trepó más del 60%, mientras que en ese lapso la población creció un 25%.

A su vez, en estas dos décadas la cantidad de jubilados y pensionados subió un 106%, pasó de 3,3 millones a 6,8 millones.

Estos mayores costos del Estado implicaron un doble desafío: subir los impuestos generales para pagar esa mayor estructura y, aun así, incrementar el déficit fiscal.

Está claro que el déficit crónico es una patología de cualquier sistema económico, pero cuando los especialistas de la polarización aportan respuestas simples y de resolución rápida, eluden que detrás de cada décima de déficit hay intereses y miles de personas en el medio.

No solo se trata de decir “se debe hacer esto”, sino de aproximar alternativas compatibles con la realidad.

Desatanizar los conflictos implica entender que lo que está en juego son intereses económicos y hasta la propia idiosincrasia de cada sector.

Es razonable el planteo de disminuir la cantidad de planes sociales y de empleos estatales para ordenar las cuentas, bajar impuestos y generar un circuito productivo virtuoso. Pero suponer que los millones de personas que se opondrían a ello por verse en riesgo son el Mal, es una conclusión facilista que imposibilita la solución.

Hoy, la mayoría de los análisis traducen los intereses en pugna como intereses malignos: Guzmán debe ceder más o menos ante el Fondo (el FMI también defiende sus intereses, que no son solo los de Estados Unidos, sino de todos sus miembros, incluyendo a Rusia y China), subir o bajar retenciones, acelerar o no la devaluación, cerrar o abrir la economía. Incluso las causas judiciales contra políticos están atravesadas por la misma lógica, en la que lo justo es únicamente lo que confirma los sesgos de cada sector.

Desconfianza. La desconfianza entre las élites inevitablemente derrama desconfianza. El último sondeo de Latinobarómetro (un clásico en el continente que encuesta a 20.200 personas cara a cara y 1.200 online en 18 países) muestra que el nivel de desconfianza interpersonal llega al 90% en América Latina (en la Argentina, solo el 15% dice tener confianza en el otro), frente al 49% en Europa central y el 28% en los países nórdicos.

La desconfianza derrama hacia abajo y devuelve hacia arriba.

Los políticos y medios de la grieta simplifican hasta que duele, porque las complejidades los exceden

En la última década, el estudio registra que la cercanía hacia los partidos políticos descendió del 45% al 29%. En el país, apenas el 27% confía en sus representaciones políticas.

Ver la realidad en blanco y negro le simplifica la vida a los dirigentes y comunicadores de la grieta. Pero cuanto más se siga debatiendo sobre las sombras más lejos estará la salida de la caverna.

En una de las escenas más recordadas del film de Forman, el personaje de Nicholson intenta levantar un pesado carro para arrojarlo contra las ventanas del neuropsiquiátrico y permitir que los pacientes se escapen. Apenas lo pudo mover, pero ante la burla de los internos, su respuesta fue: “Al menos lo intenté”.

Quizá haya llegado el momento de intentarlo.