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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 1 septiembre, 2019

La vida nueva

¿Cómo escribir en primera persona del singular sin denotar el sexo? Acevedo se esfuerza por evitar la encrucijada.

por Quintín

default Foto: CEDOC
domingo 1 septiembre, 2019

Termino de leer Late un corazón, un libro de I Acevedo que acaba de publicar la editorial Rosa Iceberg y me invade cierta sensación de perplejidad. De Inés Acevedo había leído Una idea genial (2013) y Quédate conmigo (2017), dos novelas llenas de encanto, de inventiva y de frescura. La suya me pareció entonces una escritura libre, ingenua, profunda, singular. Desde esa época, la vida de la autora pasó por algunos avatares: tuvo un hijo, se hizo lesbiana y, hace alrededor de un año, decidió dejar de ser mujer para convertirse en trans. Ahora, aunque no ha asumido una identidad como hombre (proceso que en el caso Paul B. Preciado implicó un paso intermedio por una situación de género fluida), viste con ropas masculinas y firma como I Acevedo, donde “I”, sin punto, no es una inicial sino la señal de su mutación.

Del nuevo libro me sorprendieron dos cosas. La primera es la dificultad con la que se encuentra Acevedo cuando decide escribir desde su identidad posfemenina. No todos los capítulos están escritos desde allí, ya que la mayoría es anterior al 10 de septiembre de 2018, cuando decidió transicionar, según cuenta en el primer texto del libro, leído en Casa Brandon en octubre de 2018 (casi toda la obra reunida en el libro proviene de textos preparados especialmente para lecturas públicas). ¿Cómo se escribe en primera persona del singular sin usar palabras que denoten el sexo? Da la impresión de que Acevedo se esfuerza por evitar la encrucijada y una sola vez desliza un “disfrutar de que estoy viva”. Acevedo emplea el lenguaje inclusivo para los plurales, pero no sé si se sentiría cómoda con un “disfrutar de que estoy vive”. Es decir que, aunque parece perfecta para eso, la abolición del género gramatical del lenguaje inclusivo no resulta el camino lingüístico para quien abandona un sexo convencional.

La otra sorpresa provino de una radicalización política que desconocía. Acevedo habla de la “infamia de este gobierno”, se declara como una sobreviviente del “statu quo neoliberal y heterocispatriarcal”, incurre en una curiosa xenofobia antioccidental (“Europa es la escoria del mundo”) y proclama la integración entre vida y obra: “Entender que la literatura puede anticiparse al presente cambiando nuestra vida y cuál es el contenido profundamente político que esa relación implica. Antes, escribía para entender lo que pensaba. Ahora soy una persona más seria. He transicionado. [...] Siento que, como a toda guerrilla, la pelearemos en nuestro terreno, movides por el motor de un derecho inalienable, que es el de practicar la literatura pensada como futuro. ¡Venceremos!” Fuera de las ocasionales arengas, la escritura de Acevedo se sigue caracterizando por la intimidad, la inventiva, la fragilidad, el humor y la recursividad en torno a la creación literaria. Pero la prosa también se volvió militante, parte de un paquete ideológico integral que hace pensar en la entrega a la revolución de los poetas soviéticos o de los narradores argentinos de los 70. En ese contexto, la renuncia de Acevedo a su identidad sexual originaria aparece menos como un viaje individual que como el sacrificio más extremo que hoy puede hacerse en el altar de la comunidad y la utopía. Hay algo profundamente religioso en la conversión de Acevedo, nuestra Juana de Arco.


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